(Cortesía de J. L. J.)
Zapo, con lágrimas en los ojos.- ¿No son ingratos estos etarras, Ruba? Les di mi amor, mi comprensión, mi ternura, olvidé lo que han hecho desde hace tantos años, qué digo, les he premiado todos, todos sus trágicos accidentes, he pateado a las víctimas… Pero no tienen pizca de comprensión ni de paciencia, lo quieren todo ya, de un golpe, aquí te pillo, aquí te mato… Como si uno pudiera entregarse así, por completo, a la vista de todo el mundo, como si no tuviera una honra que defender y no anduviera por ahí el memo de los discursitos dando la vara… Pero retírate un momento, que aquí llega ese tipo.
Rajoy.- Veo que has llorado, Zapito.
Zapo.- Ha sido una mota de polvo…
Rajoy.- A mí no me engañas, Zapo. Tú sufres. Sufres por la faena que te han hecho tus malas amistades. Y mira que te lo advertí: ese idilio no podía funcionar. ¡Te abandonarán! ¡Te abandonarán a las primeras de cambio! Recuerda que te lo dije. Pero también te dije que cuando eso ocurriera, cuando llegara tu hora mala, había de ser mi pañuelo el que te secase la cara. (Saca un pañuelo del bolsillo, lo mira y se lo vuelve a meter. Rebusca en otro bolsillo y saca otro más limpio, con un corazón bordado en una esquina). Este, este pañuelo, Zapo, prenda de mi ternura y mi lealtad. Yo no te fallaré… (Acerca el pañuelo a los ojos de Zapo).
Zapo.- ¡Quita de ahí, tío plasta! ¡Mira que llamo a la vicepresi!
Rajoy.- Eres duro y cruel, Zapo. Me desdeñas a pesar de todas las faenas que te han hecho tus… amigos, los de la ETA. ¿Por qué eres así, Zapo? ¿Qué loca pasión han encendido De Juana, Otegui y Ternera en tu víscera cordial…?
Zapo.- ¡Pero si acabo de meter en el trullo a dos de esos…!
Rajoy.- Por puro despecho, Zapo, se te nota demasiado. En el fondo les sigues queriendo. Si no, demuéstramelo. Di, en mi presencia y bien alto: ¡Odio a ETA y a todos sus hombres!… Y mujeres, puedes añadir, no hay inconveniente.
Zapo.- (Para sí) Pero, ¿qué he hecho yo para tener que aguantar a este tío? ¿Qué puedo hacer para que se largue de una vez y me deje en paz? (En voz alta): ¡Pues claro que sí, Mariano, claro que detesto a la ETA, y hasta sus trágicos accidentes y sus fulanos y fulanas tan equivocados, que quizá se enmienden, nunca hay que desesperar…! Pero ¿qué digo? ¡Los odio, los odio, los odio! ¡Si me han dejado sin el premio Nobel, no te digo más, Mariano…! Mariano, en serio, a partir de ahora, los dos juntos contra esos tipos. ¡Sin piedad!
Rajoy.- (Exultante) ¡Ah, mi Zapo, ya sabía yo que los buenos sentimientos terminarían entrando en ese corazón tan duro!
Zapo.- ¡No, no, el pañuelo no!
Rajoy.- No te preocupes, Zapo, ya no hace falta. Lo sacaba para sonarme, porque ahora soy yo quien no puede contener las lágrimas.
Zapo.- ¡Pues hale, hale! Ya hemos llegado a un acuerdo productivo, y puede decirse que ahora el país irá como una seda. Tú procura no fastidiarme demasiado en las Cortes, ¿eh?, que a veces no hay quien te aguante.(Le despide con unas palmaditas en los hombros)
Rajoy. – (Sale cantando) “Yo te seré siempre fiel, pues para mí quiero en flor, ese clavel…”
Zapo.- (Desde la puerta) ¡No, no, Mariano, por lo que más quieras, no, que tengo a los niños durmiendo! (Mariano no deja de cantar y su voz se aleja. Sale Rubalcaba del interior).
Zapo.- ¿Has oído, Ruba? ¿Has conocido en toda tu vida a un solemne parecido?
Ruba.- Sí, uno. Pero de eso hace ya muchos años…
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Ciencia, ciencismo y franquismo
Nuestro buen y ya casi viejo amigo, el señor Robredo, ha salido al paso de mi comentario de antier sobre el franquismo, en su nuevo blog Tabula Rasa. En su derecho está, aunque ese derecho no convierte en buena su réplica. Cree el señor Robredo que por ser ciencista, que sin duda lo es, ya es científico o posee, al menos, espíritu científico, lo cual resulta más dudoso. Así, sin la menor cautela, nos asegura que los estudios de Gregory S. Paul sobre la “disfuncionalidad” moral en las sociedades religiosas y ateas son serios, científicos. Como indicación de prudencia yo le indicaba que el autor podía haber concluido igualmente que las sociedades más blancas son menos “disfuncionales” que las más oscuras, porque la cosa coincide, y ¿por qué achacarlo a la religión, en lugar de a la raza? ¿Hay alguna razón especial? Ninguna, salvo que Paul y su creyente Robredo sienten poco afecto por la religión y ponen su “ciencia” al servicio de su ateísmo. Robredo no ha entendido la alusión e imagina que yo supongo que Paul estudiaba lo de la raza. Quería decir que su estudio tiene tanto valor cuando concluye sobre la religión como podría tenerlo concluyendo sobre la raza (o sobre el número de coches por cien habitantes, o sobre la calidad de los maquillajes femeninos, pues esas diferencias también existen entre unas sociedades y otras, y podrían asociarse con la moralidad o con cualquier otra cosa). Es decir, poco valor, excepto para los crédulos bien dispuestos.
Una persona de espíritu científico sabe que la sociología y afines son ciencias sólo en grado moderado, y que las supercherías en ese medio proliferan. Algunas se hicieron famosas, como los estudios “científicos” de la antropóloga Margaret Mead para justificar sus prejuicios feministas; pero la historia de la propaganda comunista, nazi, atea, ecologista, feminista, etc., etc., está repleta de tales estudios “científicos” con muchas cifras y mucha investigación de campo que siempre confirma las conclusiones… previas. Ya, para empezar, no existen sociedades ateas o sociedades religiosas. Existen sociedades con mayor o menor número de ateos, con mayor o menor creatividad científica, con mayor o menor ciencismo, con mayor o menor prosperidad, etc., pero es imposible, o al menos muy difícil decidir en qué medida la moral depende de tal o cual variable. Pero un creyente, y el señor Robredo lo es, a su modo, siempre busca aquellos datos, reales o supuestos, que fortalezcan sus prejuicios.
El parco espíritu científico del señor Robredo se revela asimismo en su ignorancia –que no muestra interés en superar– sobre el franquismo. Los datos que he ofrecido están en su mayoría en los estudios del Banco de Bilbao y en las estadísticas del INE, en general fiables y aceptadas por los economistas y demás estudiosos, que siempre pudieron contrastar su metodología. En su voluntaria ignorancia, nuestro amigo Robredo compara su credibilidad con la de las estadísticas soviéticas. Nada más acientífico. Las cifras de la URSS se establecían con fines de propaganda, y nadie podía contrastar la realidad de ellas fuera del partido. Por ello gran parte de las estadísticas retrospectivas posteriores a la caída del muro de Berlín no pueden ir mucho más allá de estimaciones, con un grado de error considerable. Pasa un poco como ahora mismo con las estadísticas chinas (otro totalitarismo ateo y muy ciencista), que cualquier persona seria toma con alguna prudencia, mientras dejan con la boca abierta a tantos otros.
También me atribuye mi contradictor palabras que no he dicho, como que “El Edén franquista empezó a estropearse después de la década de los sesenta”. Este truco lo ha empleado en otras ocasiones, y tampoco revela un criterio científico muy sólido.
La argumentación acientífica de nuestro buen amigo se corona con el “argumento de la gracieta”, tan carpetovetónico, y así titula su disquisición: “Chesterton en el Edén”. Los datos reales (del franquismo, en este caso) quedan de ese modo eliminados sin más, entre el guiño y el codazo de compadres: “¡El Edén franquista!, con eso está todo dicho”. En fin, ¡ciencia en su esplendor!
Como digo, Robredo se suelta sobre el franquismo con los tópicos más tópicos de la propaganda progre: “Un régimen herméticamente clausurado”, un país “recién levantado de un conflicto fratricida alimentado históricamente (también) por la intransigencia religiosa, sin asomo de libertad política y con una parte de la población en el exilio”. Mire usted, no estuvo nunca herméticamente clausurado, ni siquiera en los tiempos del bloqueo y el maquis, y llegó a ser reconocido por la ONU y por todos los países del mundo… menos aquellos con los que el franquismo no quiso establecer relaciones (URSS e Israel), y salvo México, que tenía sus buenas razones para evitar un reconocimiento que habría llevado a aclarar las cuentas de los tesoros robados por la izquierda y trasladados allí. El “sin asomo de libertad política” es otra expresión perfectamente acientífica, meramente propagandística, muy usada, precisamente, por las izquierdas antidemocráticas. El franquismo fue una dictadura, pero no todas son iguales, y en él siempre hubo mucha más libertad, incluso en los años 40, que en los regímenes ateos.
Y sobre lo del conflicto “alimentado (también) por la intolerancia religiosa”, mire usted, amigo, en la república la intolerancia provino de los elementos anticatólicos, antirreligiosos, casi todos ateos y ciencistas, y perdón por el modo de señalar. Y comenzó con las quemas de templos, bibliotecas, centros de enseñanza, formación profesional, laboratorios, etc. Y con el cierre de centros de considerable prestigio, entre ellos la universidad de Deusto, donde usted ha estudiado, según veo. En ningún momento contestó la Iglesia con violencia a aquella brutal intolerancia, de la que jamás se ha arrepentido la izquierda atea y ciencista: a las primeras de cambio se le ve la sonrisilla y el codazo cómplice: ¡Si es que aquellos jodidos curas eran tan intolerantes…! ¡Se lo merecieron, qué coño!
Bueno, señor Robredo, espero comprenda usted que el ciencismo es a la ciencia lo que el comunismo al obrero, el feminismo a la mujer o el ecologismo a la ecología. Nada que ver, o incluso lo contrario. ¿Se va percatando usted?