Diarios. Blog de Arcadi Espada: http://www.arcadi.espasa.com
Draft Telegraf (I) La Corta Atalaya de Riotinto es un teatro griego, sólo que faction. El escenario es un charco azul y tinto, que parece profundo. Los bancales de viñas, las explotaciones mineras a cielo abierto y las gradas de los teatros clásicos comparten la misma forma sustancial. La atalaya está cerrada al público. Es sorprendente porque no creo que haya una arquitectura comparable. La prohibición obliga a un rodeo por el bosque, a evitar al guarda y a dar algunos saltos excitantes. El paraje, abandonado y batido por el viento, tiene poco que ver, sin embargo, con el exabrupto romántico. La razón está explicada en un cartel a la entrada del pueblo: “Riotinto, un paisaje hecho a mano”. Aunque en el fondo todos los paisajes estén hechos así, la diferencia es que aquí aún se ve la mano. Sucede lo mismo en el Club Inglés de Bellavista. Alfonso va descorriendo cortinajes y abriendo portones brillantes y macizos del club de invierno, ahora en barbecho. En el salón de las mujeres hay un cuadrado del parquet estropeado, que permite observar con toda precisión los metacarpianos. El cuadrado debe de medir diez por diez y está formado por una docena de tablillas de un centímetro de grosor que los carpinteros esculpían una a una. El salón tiene unos veinte metros cuadrados. En cada metro habrá unas mil doscientas tablillas y en la habitación un total de veinticuatro mil. Hay varias habitaciones con ese suelo, entre ellas la reservada a los hombres, que llaman mejonli. Respecto al manuscrito me concentro sobre las quince páginas que narran su vuelta al salón de peluquería. En el espejo el autocar diario, atestado de muertos inminentes.
Draf Telegraf (II) En el Santa Bárbara se alojan cada año, desde hace cinco o seis, investigadores de la Nasa. Principalmente, biólogos y matemáticos. Preguntado el inconmensurable Sandro: –¿Y cómo son? –Raros. –Es lo que se esperaba, ¿no? –Más raros. Raros con avaricia. Los científicos trabajan en el proyecto Marte que estudia las condiciones de la vida en el planeta. Lo más parecido a Marte que hay en este mundo es la Peña del Hierro, donde nace el Tinto. A mediodía, detenido el viento, el lago de la explotación minera ofrece un aspecto radical: es imposible distinguir entre las rocas y su reflejo. La profundidad del charco supera los treinta metros. Y el grado de acidez deshace cualquier proyecto. Al menos eso se creía hasta hace unos quince años. Una investigación pionera de la Universidad Autónoma de Madrid probó la evidencia de microorganismos. En el charco se desarrolla una vida inverosímil, pero muy controlada. La temperatura, por ejemplo. Diversos agentes empeñados la mantienen, estrictamente, entre los 15 y los 17 grados. Fuera de ese margen acecha la catástrofe. La Peña del Hierro describe concentradamente el panorama general. Si hay algún lugar que merece ser declarado Patrimonio de la Humanidad es la cuenca minera de Riotinto. Desconozco las labores burocráticas que se hayan hecho en este sentido, aunque me temo que son nulas. Pero tampoco conozco un lugar donde el propio concepto de Humanidad se exprese de una manera más plástica y sobrecogedora que en la cuenca minera de Ríotinto. La obstinación de la vida surge a cada paso y en cada grieta. En el camino del ferrocarril, una adelfa exuberante, explosiva, corona, como si estuviese en ribera, una negra montaña de escoria. Luego, en Los Frailes, en el lecho del Tinto, el viajero advierte que el hierro huele como la sangre. No es Lorca. Es el doctor Echevarne. El manuscrito dice que lanzados los piojos al fuego explotaban como petarditos. A la noche, en Bellavista, oigo ese ruido en las pantallas violáceas donde caen los insectos.