La mayor parte de los ataques a extranjeros son en zonas masificadas, no en los circuitos exclusivos de aventureros
Ángel Villarino
roma- Una mañana de noviembre de 1997, el impresionante templo de la reina Hatshepsut se convirtió en un infierno de metralla. Un grupo de integristas islámicos atacó a los turistas que paseaban entre las ruinas, descargando la munición de siete kalashnikov, granadas de percusión, bombas de fabricación casera e incluso dos minas anticarro. Los extranjeros, en su mayoría suizos y japoneses, vieron cómo algunos de sus propios guías disparaban contra ellos, convirtiendo en una pesadilla una de las zonas más hermosas y visitadas del sur de Egipto (Luxor).
En el que fue el primer gran ataque terrorista contra la industria del ocio murieron 67 personas, de las cuales 57 eran extranjeros. Otras 85 resultaron heridas. El saldo puso de rodillas el desarrollo turístico del país y de toda la región, que nunca se ha recuperado plenamente del trauma. Ha pasado una década desde aquella mañana y los ataques contra el turismo se han repetido en Egipto y se han extendido a lo largo y ancho del planeta, alcanzando nuevas latitudes en el Sudeste Asiático.
Antes de trazar un mapa de los lugares donde las vacaciones pueden convertirse en una tragedia, es necesario hacer una consideración previa: las metrópolis occidentales, como Londres, Madrid o Nueva York, siguen siendo el objetivo principal de los grupos yihadistas y, al menos estadísticamente, es más fácil verse envuelto en un atentado visitando una capital europea que viajando por destinos exóticos.
Establecida la premisa, sí es cierto que algunos grupos terroristas se lanzan contra el turismo occidental y que algunas zonas son especialmente sensibles. Los terroristas atacan el turismo con distintos objetivos: lo hacen, por ejemplo, para asfixiar la economía de países donde el Gobierno persigue el fundamentalismo. El caso más evidente sigue siendo Egipto.
Algunos diplomáticos europeos denuncian que el turismo de «nueva generación», que ofrece destinos arriesgados, circuitos «de autor» e incursiones en zonas inexploradas, aumenta las dificultades de las Fuerzas de Seguridad a la hora de poner a salvo a los visitantes extranjeros. La búsqueda de exclusividad y aventuras lleva a muchos grupos fuera de los destinos clásicos y de las zonas consideradas «seguras» por los gobiernos locales y las embajadas occidentales. Así, existen en toda Europa agencias especializadas en los viajes de riesgo, con itinerarios pensados para disparar la adrenalina. El caso del dramático ataque de Yemen es de manual.
Pese a todo, y según la opinión de expertos y operadores turísticos consultados por este diario, dichos ataques suelen ser una excepción y la mayor parte de los atentados se producen en las zonas frecuentadas por el turismo clásico. «Los riesgos del turismo de aventura suelen ser otros: accidentes, delincuencia… Lo que busca el terrorismo es golpear la industria turística y para ello hay que matar en las zonas masificadas, no en los circuitos donde sólo llegan unos pocos», explica Marco Mori, jefe de expediciones de Arcio, una agencia italiana especializada en viajes de aventura.
«Zonas calientes»
En países como Argelia, Tailandia, Mauritania o Jordania hay zonas donde las embajadas desaconsejan internarse, a pesar de lo cual existen circuitos turísticos activos desde hace años y sólo en contadas ocasiones ha habido ataques o secuestros. En otros de los destinos tristemente célebres por los atentados recientes -Indonesia, Turquía o el propio Egipto- existen estructuras turísticas consolidadas, además de que la mayor presencia policial y las medidas antiterroristas han incrementado mucho tras las últimas oleadas de atentados.
Los gobiernos más azotados por el terrorismo aseguran que si los occidentales dejan de viajar a las «zonas calientes», sucumben a la voluntad de los fundamentalistas. «Si el turismo deja de llegar, si dejan a la población abocada a la pobreza, si consiguen que perdamos uno de nuestros principales recursos económicos, estamos condenados y su mensaje radical tendrá más fuerza», explica a LA RAZÓN el embajador de Egipto en Roma, Helmi Bedei.