España es una merienda de negros

Julio 8, 2007

Álvarez de Miranda

Archivado en: General, Rajoy, Zapatero — África @ 6:07 am

JON

JUARISTI

LLEGA San Fermín, y yo me había prometido evocar, tras el primer encierro, la figura de Ángel Álvarez de Miranda, de cuyo fallecimiento se cumple el cincuentenario. No lo conocí (soy de la generación y del gremio de su hijo, Pedro, con quien coincidí cuando ambos éramos jóvenes penenes, en los ya lejanos días del Seminario Menéndez Pidal). Alavés de 1915, don Ángel fue coetáneo y amigo de Julio Caro Baroja. Plantas de lujo en la vegetación del páramo. Álvarez de Miranda no tuvo tiempo de crear escuela. Murió al poco de obtener la cátedra de Historia de las Religiones en la Universidad de Madrid. Don Julio, que le sobrevivió casi cuarenta años, fue un maverick de la Historia y de las ciencias humanas, reacio a organizar cohortes de discípulos. A uno, la vida no quiso retenerlo; al otro, la universidad no supo conservarlo. Elegirlos como maestros suponía optar por la intemperie académica, pero también condenarse a la libertad intelectual, lo que, si al principio resulta angustioso, con el paso de los años se aprecia como un don magnífico.

Ángel Álvarez de Miranda dejó tras sí un parco legado escrito. Tuvo la suerte, como observó Caro Baroja, de contar con una mujer animosa e inteligente que ordenó sus papeles, los inéditos y los ya publicados, y consiguió darles cauce editorial. Cultura Hispánica sacó a la luz un tomo de Obras en 1959, sólo dos años después de su muerte. En 1962 apareció, bajo el sello de Taurus, Ritos y juegos del toro, extracto de su tesis doctoral -Miti e riti del toro nel Mediterraneo-, defendida en la Universidad de Roma, traducida al español por Consuelo de la Gándara, su viuda, y preparada para la publicación por ésta y José María Blázquez, uno de los escasos y afortunados discípulos directos de Álvarez de Miranda, y hoy día la máxima e indiscutida autoridad en las culturas y religiones de la España Antigua. Como otros muchos de mi edad, yo descubrí en mis años universitarios la obra de don Ángel a través de La metáfora y el mito, un deslumbrante ensayo sobre la poesía de García Lorca, publicado asimismo por Taurus en 1963.

Sin saberlo ni pretenderlo, Álvarez de Miranda se situaba, en su análisis del significado profundo de la poesía lorquiana, en la línea de la ambiciosa exégesis de la lírica del modernismo que emprendían por entonces algunos críticos como Northrop Frye o J. M. Cohen, que llegaría a dominar los estudios literarios en el mundo universitario de lengua inglesa durante más de veinte años, antes de la irrupción del estructuralismo y otros ismos posteriores de muy discutible solvencia. Para Cohen, por ejemplo, la poesía posterior al romanticismo, tras la destrucción de los dos grandes códigos culturales que aseguraron hasta entonces la comunicación literaria -la tradición bíblica y la tradición clásica-, se ve obligada a crear de la nada sus propios universos míticos o a intentar reconstruir, a partir de los restos dispersos de las tradiciones perdidas, antiguas cosmovisiones religiosas. Esto es precisamente lo que Álvarez de Miranda vio en la poesía de García Lorca: la tentativa de recuperar, mediante imágenes aparentemente misteriosas y oníricas que remitían a un mundo de erotismo y muerte, una primitiva religión mediterránea de la fertilidad. Así, reconocía en metáforas como «la luna bajó a la fragua/ con su polisón de nardos» un trasunto de las representaciones arcaicas de las diosas y sacerdotisas cretenses. Caro Baroja, desde su temperamento escéptico, valoraba y respetaba la dimensión cristiana y las hondas preocupaciones religiosas de su amigo, tan fecundas a la hora de iluminar aspectos de problemas históricos y culturales que ambos trataban de desentrañar.

Álvarez de Miranda fue uno de los mejores exponentes de la renovación de la universidad española en los años cincuenta, bajo el ministerio de Ruiz Jiménez, aunque murió cuando su labor humanística apenas comenzaba. Biblioteca Nueva rescató hace nueve años su estudio sobre los ritos y juegos taurinos, pero no ha obtenido aún el reconocimiento que se le debe, y que este cincuentenario de su desaparición debería propiciar.

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