España es una merienda de negros

Julio 27, 2007

Muchas preguntas y poca concreción

Archivado en: General, Rajoy — África @ 1:40 pm

BALANCE TRIUNFALISTA ANTES DE LAS VACACIONES

La comparecencia de Zapatero este viernes ha dejado casi todas las preguntas en el aire. Ha evitado dar respuestas concretas y se ha escudado en circunloquios. El mensaje que quería dar estaba claro y en eso se ha empeñado: “Este es un gran país”, “La economía sigue creciendo como nunca”, “Los datos del paro son históricos ” o “Los éxitos contra ETA son evidentes”. Estas han sido algunas de las frases que ha deslizado durante su intervención inicial y a las que luego ha recurrido en el turno de preguntas.

(Libertad Digital) De la actitud del PSE en Álava, con su estrategia de “con todos menos con el PP”, dijo que siempre ha sido “positiva y constructiva”. El responsable de que el PNV, tercer partido en votos, controle la Diputación la tiene, según el presidente, el PP. Según su visión, ha sido el partido más votado, el PP, el que “no ha tenido un gran interés en concertar”. Y sobre el hecho de que el diputado general sea un peneuvista que tacha a la Guardia Civil de “torturadora”, Zapatero apuntó que es “exageración valorar que un gobierno del PNV es un punto de riesgo; para nada”.

Navarra: ni una cosa ni la otra

Al insistirle en las negociaciones para la composición del Gobierno de la comunidad floral de Navarra, Zapatero señaló que desde la perspectiva del PSOE y de su administración, la actitud que debe prevalecer es “trabajar por la cohesión”, labor que “exige dialogar y tener entendimientos con aquellos que no piensan como tu”. Destacó que los grupos políticos están trabajando en beneficio de la convivencia y de la unidad territorial. Ninguna novedad, por tanto.

Zapatero aseguró que el PSN “va a tomar la decisión que más contribuya a la convivencia y a la sensatez”. El avance actual, dijo, radica en que hay un diálogo entre partidos “sin insultos y sin que se esté traicionando a nadie; eso ya es positivo”. Sin embargo, enseguida aclaró que para llegar a acuerdos sobre la composición del Ejecutivo autonómico “debemos de tener coincidencias” y “entendimientos”. Confiado y tras negar que se sienta al margen de las negociaciones, adelantó que en poco tiempo “tendremos la conformación del Gobierno de la comunidad floral de Navarra” aunque “resta una fase del diálogo”.

Sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía, evitó esta vez la crítica directa a la Iglesia. Insistió en su mismo discurso de que las leyes emanan del Parlamento, “es como se establecen los principios democráticos. Educación para la Ciudadanía es una asignatura que fomenta los mejores valores de la convivencia democrática: los derechos fundamentales, la libertad, el pluralismo, la tolerancia, el valor de la familia, la solidaridad… es una asignatura para tener mejores ciudadanos, un objetivo que se han planteado las mejores y más grandes democracias que conocemos. La ley, lógicamente, tiene que cumplirse”.

Silencio sobre el secuestro de “El Jueves”

Respecto a la polémica desatada por la portada sobre los Príncipes en la revista “El Jueves”, el presidente negó que vaya a impulsar reformas sobre las disposiciones legales que competen al “secuestro” de una publicación. Tras subrayar que no valora las actuaciones de los órganos judiciales para mantener la independencia del Poder Judicial, resaltó la “tarea institucional” del Príncipe. “Por lo tanto, puedo decir con conocimiento, sin exageraciones, que cumple con una gran responsabilidad y dignidad su tarea como heredero”.

En materia de política exterior, dijo que para el final de la legislatura su Gobierno se implicará en las celebraciones por el bicentenario de la independencia de varios países iberoamericanos, impulsando, además y por su importancia, las relaciones entre América Latina y la Unión Europea. Felipe González, nombrado embajador plenipotenciario y extraordinario, tendrá un papel destacado. Los otros dos temas centrales serán, anunció, África –”por el compromiso ético con la inmigración”– y la construcción de la nueva UE tras la aprobación del nuevo tratado bajo la Presidencia de turno de Portugal.

Condecoraciones y nombramientos en el último Consejo de Ministros antes del verano

Archivado en: General, Rajoy — África @ 1:38 pm

El Consejo de Ministros condecoró este viernes con la Gran Cruz de Carlos III al padre de la Constitución Gabriel Cisneros, así como a los ex ministros Jordi Sevilla, Carmen Calvo y María Antonia Trujillo, y concedió a Jesús de Polanco la Gran Cruz de Isabel la Católica. Además, el Gobierno ha nombrado a Felipe González embajador para el bicentenario de las independencias de Hispanoamérica.

L D (Agencias) El Consejo de Ministros aprobó dos reales decretos por los que concede, a título póstumo, la Gran Cruz de Carlos III a Gabriel Cisneros, fallecido esta madrugada, y la Gran Cruz de Isabel la Católica al empresario Jesús de Polanco, fallecido el pasado sábado. Además, aprobó otros tres reales decretos que reconocen con la Gran Cruz de Carlos III la labor de los tres ministros que salieron del gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero el pasado 6 de julio.

El Gobierno concedió esta distinción asimismo a la viuda del ex presidente mexicano Lázaro Cárdenas, Amalia Alejandra Solórzano. El reglamento de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III establece que esta Orden premia a los que hayan prestado “eminentes y extraordinarios servicios a la Nación”.

El jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció que el Consejo de Ministros ha nombrado al ex presidente del Gobierno Felipe González embajador plenipotenciario y extraordinario para la celebración del bicentenario de la independencia de las repúblicas hispanoamericanas. En una rueda de prensa celebrada tras la reunión del Consejo de Ministros, en la que Zapatero hizo balance del primer semestre del año, el presidente del Gobierno destacó la “importante tarea” que tendrá por delante Felipe González en esta conmemoración.

Para Zapatero, el ex presidente del Gobierno “tiene todas las cualidades para hacer una aportación determinante” con la mirada puesta en 2010, fecha en la que, según explicó, comenzará a celebrarse el segundo centenario de las independencias de las repúblicas hispanoamericanas. Zapatero señaló que el Ejecutivo espera que esta efeméride contribuya a abrir “una nueva etapa” y a dar “un impulso más” a las “ya muy intensas y positivas relaciones entre España e Hispanoamérica en el ámbito cultural, social, económico y político”.

Además, explicó que España va a “acompañar” a las naciones hispanoamericanas en esta conmemoración, y recordó que ya existe una comisión interministerial creada con este objetivo, presidida por la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega.

Preguntado por ciertos rumores que apuntaban la posibilidad de que el ex ministro de Justicia Juan Fernando López Aguilar podía haber sido nombrado embajador en Francia por el Consejo de Ministros celebrado hoy, Zapatero aseguró que era “la primera vez” que lo escuchaba. “Tanto me extraña, que no lo había oído ni como rumor”, apostilló.

Zapatero considera “bastante razonable” que el jefe de los espías dé una rueda de prensa

Archivado en: General, Rajoy — África @ 1:37 pm

El presidente del Gobierno ha hecho balance de la legislatura al término del último Consejo de Ministros antes del parón estival. Tras dibujar un panorama idílico en su intervención inicial, se tuvo que enfrentar a las preguntas: apagón en Barcelona, imposición de un “catecismo progresista”, secuestro de “El Jueves”, división del PSN, estrategia de “con todos menos con el PP” en Álava… Entonces, ha recurrido a afirmaciones vagas para no concretar demasiado. Tampoco sobre esa “bastante razonable” rueda de prensa del jefe del CNI.

(Libertad Digital) Fueron muchas las preguntas que le hicieron a Zapatero, pero el presidente esquivó casi todas ellas. Cuando le preguntaron por qué el Gobierno autoriza una rueda de prensa del jefe del CNI antes de que comparezca en el Congreso, donde hace dos años que no aparece, el jefe del Ejecutivo salió por la tangente:

“El CNI ha realizado una investigación que puso de manifiesto comportamientos delictivos y cumple con su obligación al poner el caso a disposición de la Justicia. A partir de ahí es un hecho publico y la transparencia de llevar la denuncia a la opinión pública es un comportamiento bastante razonable en democracia. Si no se hubiera dicho nada y hubiera salido la información de la Justicia se diría que por qué el CNI o el Gobierno no ha informado. Estoy casi seguro”.

De la esperada comparecencia de Alberto Saiz en el Congreso ni una palabra pese a que la pregunta era muy explícita. Tampoco lo hizo poco después, cuando le preguntaron si entraba en sus planes cambiar al responsable del CNI:

“Tenemos unos servicios de información que prestan una tarea de gran valía, son reconocidos por su prestigio en lo que representa la comunidad internacional de la inteligencia. El que un centro como el CNI ponga a disposición de la Justicia a alguien que presuntamente se ha comportado de manera desleal y presuntamente delictiva es señal de eficacia y garantía en la confianza hacia nuestros servicios secretos. Es evidente que en un centro donde trabajan miles de personas en una tarea tan singular ha habido siempre algún miembro que falla y no se comporta de manera responsable”.

Luego aclaró que en su próximo encuentro con Putin no pondrá sobre la mesa la compra por parte de Rusia de información al agente doble ahora detenido. “No va a haber ni con Putin ni con ningún otro presidente ningún elemento de las conversaciones sobre lo que representa una acción que se dirige contra un ex miembro del CNI de muestro país, simplemente contra él”.

El extremismo pierde fuelle

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POR DIEGO MERRY DEL VAL

LOS musulmanes están cada vez más hartos de Osama bin Laden, pero perciben a Estados Unidos como una amenaza creciente para su propia seguridad, según la encuesta internacional realizada por el Pew Institute Global Attitudes y que destaca The Times en su portada. La conclusión del sondeo, llevado a cabo en varios países de mayoría musulmana, muestra que sus habitantes dan la espalda a las «dos partes» en la llamada «guerra global contra el terrorismo», según destaca el diario británico. La mala noticia para Washington sería su escaso progreso en la «batalla para ganar los corazones y las mentes». Sin embargo, algunos de los datos del estudio son espectacularmente positivos, como el que indica una drástica disminución en el apoyo a los actos terroristas (en Jordania, por ejemplo, del 56 al 20 por ciento, y en el Líbano, del 20 a tan sólo el 1 por ciento).

El New York Times destaca la parte de la encuesta del Pew Institute dedicada a las perspectivas económicas y sociales en los países subsaharianos. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, una mayoría de la población cree que la situación está mejorando, considera que vive mejor ahora que hace cinco años y es optimista respecto al futuro. Costa de Marfil, Tanzania y Uganda son excepciones en este llamativo estado de opinión. El sida y la corrupción de los gobiernos son en todo caso las dos principales preocupaciones para los africanos.

La Paradoja de Finulah

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:30 am

POR RAFAEL L. BARDAJÍ

Dícese de la creciente colaboración entre las fuerzas de la FINUL e Hizbolah, el grupo terrorista creado en el Líbano por Irán allá por 1982, causante de la guerra del año pasado con Israel y para cuyo desarme se desplegó hace nueve meses un nuevo contingente bajo la ONU.

Mientras que en Nueva York, en la sede de las Naciones Unidas, Londres y París redactan un borrador de resolución que condene el tráfico de armas a través de la frontera Siria hacia Hizbolah -exigiendo que Damasco e Irán respeten el embargo internacional adoptado por la resolución 1701-, las tropas sobre el terreno se acercan a Hizbolah tanto para pedirle información como garantías para su propia seguridad.

La semana pasada se publicaba en el Líbano que patrullas españolas iban acompañadas de militantes armados de Hizbolah en funciones de escolta. Hasta la fecha nadie en el Ministerio de Defensa español ni en la ONU ha desmentido la noticia.

No deja de ser paradójico que quienes tenían que ser desarmados pasen a ser los guardianes de los encargados de desarmarlos, pero es que la misión de la FINUL está llena de paradojas. Por ejemplo, sus integrantes pueden patrullar por el campo, caminos y carreteras, pero no en los pueblos y ciudades que es, precisamente, donde Hizbuláh esconde sus misiles y armas.

La FINUL ha sufrido dos ataques en el último mes, el coche bomba donde murieron seis soldados del Ejército español, y una trampa bomba contra unos soldados de Fidji. Su vuelco hacia Hizbolah en busca de ayuda para esclarecer los hechos y para evitar que se repitan no sólo pone de relieve la falta de inteligencia y el desconocimiento del terreno donde se opera. También un grave error estratégico, venderse al enemigo.

Más valdría que nuestros militares viajaran a Tel Aviv y aprendieran de quienes más saben de lo que se cuece en el Sur del Líbano. Depender de la buena voluntad de Hizbolah y de sus servicios significa, de hecho, renunciar a la misión para la que se ha ido. Y por la que, no lo olvidemos, se muere.

El topo

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:29 am

POR MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO

HAN detenido a un espía del que se sospecha que era un topo.

Hay quien cree que todos los topos son ciegos, pero hay un topo común que tiene los ojos muy pequeños y que quizás algo ve porque también hay algo de luz y de oscuridad en los intersticios de la tierra; y hay un topo que sí es ciego, Talpa caeca, ya que tiene los ojos tapados por una membrana. Pero el rasgo más distintivo de un topo no son sus ojos, ni su piel negra como la pizarra y suave como el terciopelo, ni su tamaño de ratón. Lo que distingue a un topo son sus manos. Tiene el topo unas patas anteriores desproporcionadamente grandes, unas manos que son como remos con los que avanza infatigable abriendo galerías igual que si navegara.

Cada vez hay más topos en la tierra porque cada vez se trabaja y se rotura menos. Por aquí venía un señor, q.e.p.d., que los cazaba. Además de cazar topos, anticipaba el tiempo, porque el día que aparecía con las trampas en la mano y el paraguas en la espalda colgado del cuello de la camisa, llovía seguro. Llevaba muy bien las cuentas. Seis euros por topo. Cuando regresábamos, tras unos días fuera, me encontraba el buzón lleno de cartas y, en la entrada, ensartados en una vara de avellano, los topos. Más topos en verano y primavera. Los topos se mueven más cuando se empieza a calentar el suelo con el sol de los días largos, y dejan sobre el césped unos terrones desmenuzados, y como entonces el aire está lleno de semillas, germina en esos montoncitos una hierba muy tierna a una cierta altura, como una chepa verde de la tierra que hubiera levantado el topo con las manos.

Las manos que hay que mirar para demostrar que el espía es un topo.

Los ministros y el jefe también echan el cierre

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:28 am

POR YOLANDA GÓMEZ

Los ministros, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, están ya preparando las maletas para sus «merecidas» (en unos casos más que en otros) vacaciones. Pero eso sí, antes de marcharse, el presidente no quiere perder la oportunidad de hacer una actuación estelar y no ha dudado, incluso, en cambiar la ya tradicional rueda de prensa del vicepresidente económico, Pedro Solbes, del último consejo de ministros antes de las vacaciones de verano, para explicar las líneas básicas de los Presupuestos y las nuevas previsiones de crecimiento, empleo y la marcha de la economía en general. Y es que hoy no será Solbes, sino Zapatero, el que explicará las nuevas previsiones de crecimiento y la bien que va nuestra economía.

Y es que desde que otras cosas no le van tan bien al Gobierno, el presidente no duda en aprovechar la publicación de cualquier dato económico, si es bueno, claro, (mañana salen las cifras de empleo del primer semestre), o la mejora en las previsiones (el Consejo de Ministros elevará su estimación de crecimiento económico para el ejercicio) para ser él mismo quien los lance a bombo y platillo, de modo que el famoso «España va bien» de Aznar, se le haya quedado más que corto para definir la actual situación económica del país.

Pero lo cierto es que yo mantengo, con todos los respetos, eso sí, que nuestro presidente es un poco gafe y basta que haya decidido quedarse el protagonismo de los buenos datos económicos, para que algo comience a ir mal. En este caso ha sido la Bolsa. Ayer cayó más de un 2,6% y es muy probable que hoy continúe el batacazo, teniendo en cuenta que Nueva York tuvo también un mal comportamiento. Y es que ayer cayó todo, o casi todo, lo que significa que los miles de españoles que tienen invertidos ahorros en Bolsa son hoy, justo en vísperas de las vacaciones, un poco más pobres. Y además, la gasolina está más cara y nos costará más llenar el depósito, y los tipos de interés han subido y pagamos más por la hipoteca. No sé si los ánimos del sufrido ciudadano están para muchos mensajes triunfalistas.

El cerebro del CNI

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:27 am

POR CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS

El director del CNI quiso tener un gesto autocrítico ante los periodistas, al reconocer el carácter insólito que suponía el hecho de que una institución, opaca por naturaleza, pudiera llegar a convocar una rueda de prensa. Pero no fueron ni esto ni la confusión creada por la detención del espía traidor los únicos motivos, para mi sorpresa. Para mí, el misterio residía en la personalidad de quien daba la rueda de prensa: Alberto Saiz. Porque ¿quién es, como profesional, este alto funcionario? ¿cuál es su cualificación para tal cargo? ¿por qué fue elegido para un trabajo tan alejado de los conocimientos de un ingeniero de Montes, sin duda inteligente y buen burócrata en una Comunidad tan ajena a las relaciones internacionales como Castilla-La Mancha? ¿Es normal que dirija el CNI quien no habla idiomas y no ha viajado al «extranjero» más que como turista accidental?

Todos los conocimientos de Alberto Saiz sobre el endiablado mundo de eso que llamamos el espionaje podían ser, en 2004, los de un lector de novelas de John le Carré. Es posible que, como a mí, le hayan llegado a conmover más los problemas sentimentales de Smiley que las intrigas internacionales.

Así que, aparte del enigma que supone la personalidad del espía traidor que denunció Saiz, no resulta menos intrigante la carrera de este chico de Cuenca, hijo de un industrial y hostelera, buen ingeniero de Montes, director general de los antiguos servicios del Icona y consejero de Industria.

Por supuesto, yo no explicaría la rareza del caso de Alberto Saiz a partir de su parentesco con José Bono. Ciertamente, sus mujeres respectivas son primas pero si ese hecho no fue determinante para que Alberto Saiz ganara sus oposiciones e hiciera su carrera política ¿cómo podría justificar el tránsito de los Montes al llano de las intrigas más complicadas y perversas entre las naciones?

Lo que me llamó la atención de la rueda de prensa fue poder comprobar que el responsable de una institución tan particular como es el CNI esté en manos de alguien que jamás habría podido ser recomendado por el más estrafalario de los cazatalentos.

Atrapados en parte de la historia

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:26 am

POR GERMÁN YANKE

Seguramente es cierto que la transformación de España estos últimos años se ha llevado a cabo con una velocidad inusitada. Y con una profundidad digna de mención ya que afecta tanto al desarrollo económico (que si está tan vinculado a la construcción como algunos afirman afecta también a otro cambio, el del paisaje) como a las costumbres cotidianas. No parece, sin embargo, que se pueda vivir, al menos en la política, sin algunas referencias históricas y los dos grandes referentes ideológicos de esta España que muda tan vertiginosamente tienen las suyas.

Para el socialismo español contemporáneo -que se ha convertido en algo más gubernamental que en un proyecto intelectual- el referente resulta ser la Segunda República. El presidente Rodríguez Zapatero no ha tenido reparo en señalar que la República fue el momento en el que los españoles vivimos -o vivieron- con más libertad, algo que, ciertamente, no resiste el menor análisis crítico. Fue una experiencia trágica, y no sólo porque terminara con un levantamiento militar y una guerra. Lo fue porque demostró que, al menos en aquel momento, no sabíamos apañárnoslas con la libertad, nos empachábamos de su retórica y la destruíamos a diario. Pero eso es lo de menos, lo que se precisa y se busca es un icono. El de la República tiene además, en una monarquía (un modelo que, se quiera o no, se vincula con la derecha), un morbo complementario planteado como un juego hasta que se pregunta sobre su significado. Entonces se recurre al «republicanismo» como concepto político sin que ningún teórico del socialismo gubernamental -ni incluso el fundador del término- acierte a definirlo con una cierta seriedad.

Para la derecha española actual -que dejó de ser un proyecto gubernamental sin haber pretendido subsistir como realidad intelectual- el paradigma histórico es la Transición. No sólo las referencias son constantes en el debate político (sobre todo en lo que se ha dado en llamar eufemísticamente la «reforma territorial», aunque se amplía hasta el infinito), sino que se ha convertido en el fundamento de la crítica a la izquierda gobernante: la madre de todos los males sería, precisamente, haber terminado con el espíritu de la Transición.

Tradición popperiana La Historia siempre está presente. En los periodos más activos desde un punto de vista intelectual es considerada como la tradición popperiana: una suerte de texto que se reescribe de modo tan crítico como escéptico ante las grandes y dogmáticas verdades. Por el contrario, en los periodos bajos e intrascendentes del debate ideológico, siempre hay un momento histórico que se diviniza. La República de los socialistas tiene poco que ver con lo que realmente ocurrió a partir de 1931. La Transición de la derecha es otro mito que, además, conocemos más de cerca. No propongo negar de un plumazo sus virtudes, como los de la República, sino evitar su divinización y no convertir en ejemplo para el presente y el futuro lo que se hizo, a menudo, de tan mala manera porque «no se pudo hacer de otro modo en aquellas complicadas circunstancias». Un país que se ufana de que un grupito le haya redactado una Constitución en un restaurante, de noche y de prisa para evitar las dificultades del debate abierto, tendría que tomarse su pasado reciente con un poco de pudor.

Así que, mientras unos elevan el altar de la República olvidando que representa la incapacidad para una convivencia efectiva, otros alzan el de la Transición dejando a un lado que, en el fondo, representa la incapacidad, que ya no es tan coyuntural, para dotarnos de una verdadera democracia respetuosa con la división de poderes. Habrá muchos resortes en estas afinidades electivas pero, seguramente, entre los que buscan en la República un modelo, no estará ajeno el sueño de que los cambios institucionales no tienen por qué ser incompatibles con la exclusión de la derecha. Y, entre los que sólo ven en la Transición un ejemplo, la complacencia de cómo se puede sortear el debate político sin ser tachados de inmovilistas y reaccionarios.

Ante las generales Ahora que los partidos políticos comienzan a preparar sus programas de cara a las elecciones del próximo año no sería inútil, quizá, que los socialistas -sin echar sin más la culpa a los demás- reflexionaran acerca de por qué terminó la República como terminó, y los populares -sin sentirse del todo incapaces para superar sus complejos- pensaran por qué la Transición se ha revelado, a la postre, insuficiente. Es mejor la democracia que la República y peor la Transición que la democracia. Si se quiere un consenso para asegurar el conveniente disenso ideológico, no me parece un mal principio.

Todos contra David Cameron

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:25 am

POR CRISTINA PALOMARES

UN buen día de mediados de mayo, David Cameron, el líder de los conservadores británicos, se levantó con el pie izquierdo. La mala suerte parece que todavía le persigue.

Desde que en diciembre de 2005 ganara por goleada el liderazgo del partido, David Cameron había logrado devolver la confianza a su electorado. Tras la «quema» de tres líderes conservadores (William Hague, Ian Duncan Smith y Michael Howard) a manos del imbatible Tony Blair, Cameron llegaba a la dirección del partido en un momento dulce para los conservadores. Tony Blair se iría pronto y dejaría al huraño de Gordon Brown. Todo apuntaba a que su juventud (Cameron tiene 41 años) y energía arrolladora iban a causarle más de una noche de insomnio a Brown. Cameron le había dado la vuelta a las encuestas hasta el punto de contar con posibilidades reales de desbancar al Gobierno laborista. Sin embargo, esa tendencia parece haber revertido.

A pesar del accidentado comienzo del Gobierno Brown con los fallidos atentados terroristas de Londres, la crisis diplomática con Rusia y las críticas iniciales a su gestión en las recientes inundaciones, los laboristas parecen haber ganado terreno. Lo dicen los sondeos de opinión. Los conservadores han liderado las tendencias de voto durante más de un año seguido por primera vez desde los tiempos de Margaret Thatcher. En marzo de este año, los conservadores conseguían el 39 por ciento de intención de voto frente a un 32 por ciento de los laboristas todavía con Tony Blair como líder. Cameron estaba radiante. Sin embargo, el pasado sábado, el «Sunday Times» anunciaba un vuelco en dicha tendencia. Los conservadores bajaban a un 33 por ciento mientras que los laboristas subían a un 40.

Se pueden hacer varias lecturas: o que Blair era realmente un obstáculo para la victoria de su partido; o que Brown no lo está haciendo del todo mal; o que Cameron está errando en su estrategia política. O un poco de todo.

Cameron es lo que podríamos llamar un tory del siglo XXI. Simpático, cercano y tolerante, Cameron se presentó a su electorado como un «modernizador». El Tony Blair de la derecha británica en estilo y estrategia. Cameron apuesta por un conservadurismo compasivo y moderno que incluya la reforma de los servicios públicos, la protección de las familias y la lucha contra la pobreza global. Pero a esta ensalada le faltaba el elemento verde y, con gracia y acierto, ha logrado colocar en la agenda política un tema actual que interesa y preocupa tanto a urbanitas progresistas como a los tories tradicionales de las zonas rurales: el cambio climático, piedra angular en el programa conservador con potencial para atraer votos de sectores opuestos de la población. Así, mientras que dichos tories sienten los efectos del cambio climático como algo propio, los urbanitas progresistas perciben el interés de los tories por este tema como un signo de progreso y modernización del partido. Todo un éxito.

No obstante, parece que últimamente la estrategia de Cameron está fallando hasta el punto de eclipsar los buenos resultados que su partido alcanzó en las elecciones regionales y municipales de principios de mayo. El famoso día que se levantó con el pie izquierdo Cameron decidió quitar de un plumazo de su propuesta electoral las llamadas «escuelas de gramática», uno de los pilares de la política conservadora desde hace años, para apoyar las «academias de ciudad» propuestas por los laboristas. Sin necesidad de aburrirles con detalles técnicos, les diré que la medida no pasó desapercibida para muchísimos militantes conservadores, que se opusieron públicamente a tan inesperado cambio de programa. La ola de críticas aún no ha cesado.

El 19 de julio se celebraban elecciones extraordinarias en los distritos de Sedgefield en County Durham (antiguo distrito de Blair) y de Ealing Southall en el oeste de Londres, y con ellas se confirmaba el error de la estrategia de Cameron. Tradicionalmente se dice que quien gana este tipo de elecciones «entre elecciones» gana las generales. Es cierto que, de haber ganado, más que un triunfo se hubiera considerado un milagro, ya que ambos distritos son antiguos feudos laboristas. Pero lo que los militantes conservadores no perdonan a su líder es que ignorara a candidatos locales de Ealing Southall y eligiera a un rico donante del Partido Laborista como candidato conservador, que logró un vergonzoso tercer puesto.

Por si esto no hubiera sido suficiente, llegaron las lluvias y con ellas las inundaciones más catastróficas que se recuerdan en el Reino Unido en décadas. Muchas de las ciudades más afectadas están gobernadas por los conservadores. David Cameron ha recorrido algunas zonas y hablado con muchos damnificados y servicios de emergencia. Nadie le puede reprochar falta de interés y preocupación. Pero algo tenía que hacer mal. En medio del temporal se fue a Ruanda. Y, como llueve sobre mojado, muchos conservadores ya han criticado el viaje de Cameron como innecesario, mientras la población británica, sus votantes, sufren las terribles consecuencias de las inundaciones.

Ni la presencia de un árbol en su nuevo logo de partido ni la ausencia de Blair parecen garantizar la victoria a Cameron. Pero los conservadores no se pueden permitir perder unas generales por cuarta vez consecutiva; generales que se esperan para el próximo año. La pérdida de intención de voto ha irritado a muchos tories y se ha hablado incluso de la intentona por parte de varios diputados de presentar una moción de no confianza contra su líder. Los conservadores necesitan de una buena estrategia para acabar con la hegemonía de los laboristas, pero la de «Todos contra Cameron» no es, desde luego, la más acertada.

Viejos y nuevos tíos Gilito

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:24 am

POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO

Desde que sabemos que el monstruo del lago Ness -como el Dios de Zaratustra- ha muerto, y teniendo en cuenta que no tenemos (por ahora) ningún Caudillo de España que capture atunes de 200 kilos (como hacía aquel gallego y celebraba unánime la prensa), los dos ingredientes imprescindibles de las modernas páginas veraniegas han pasado a ser el sexo y el dinero, por ese orden. Fíjense, por ejemplo, en la calenturienta sección «40º» de este diario correspondiente al pasado miércoles: estoy seguro de que las fotos de doña Jennifer López y de la espatarrada actriz Marie Baeumer que en ella se publicaron (y que elevaron la temperatura del papel hasta los 451 grados Fahrenheit) adornan desde entonces diversos talleres de reparación de automóviles y cabinas de camiones de largo recorrido, dos de los ámbitos en los que, tradicionalmente, más se aprecian esa clase de iconos.

En cuando al dinero, qué quieren que les diga. En mi caso, y según decía Marx (Groucho, faltaría más), lo único que he hecho en la vida es proseguir con obstinación mi camino desde la nada a la más absoluta miseria. Mi principal intento de salirme de él fue cuando lo de la burbuja informática: cegado por una culposa ambición de matriz mariocondiana, compré «terras» (en lugar de tierra urbanizable) y acabé comiéndomelas sin patatas (bueno, lo hizo Telefónica por mí). Pero ese no es el caso de muchos españolitos. Leo en ABC que este país nuestro cuenta con 157.800 ricos que poseen más de un millón de dólares (activos financieros aparte), lo que no está nada mal, a pesar de la actual chuchurriez de la divisa imperial. Y entre estos compatriotas existen bastantes «capitanes de la industria» y las finanzas. Uno, por ejemplo, acaba de adquirir el 5 por ciento del BBVA por la fruslería de 3.200 millones de euros, y eso que empezó de carpintero. Y otro, que inició su carrera vendiendo batas de boatiné por los minifundios del noroeste, ahí lo tienen ahora, en el octavo lugar entre las grandes fortunas del mundo: todo un periplo desde Busdongo de Arbas (León) hasta el paraíso de papel de Forbes.

Por cierto que la célebre revista me informa de que ya hay, distribuidos a lo largo de nuestro sufrido planeta, 946 «billonarios», es decir, personas que cuentan con fortunas superiores a los 1.000 millones de dólares. Y que cada año hay más y son más ricos. Y, tranquilos, no es que me vaya a poner en plan Abimael Guzmán (el de «Sendero Luminoso»), ni a herir las exquisitas sensibilidades de mis (improbables) lectores, pero ayer, mientras almorzaba (esas cosas siempre las da la tele a la hora de comer) se me volvieron a atragantar los gnocchi mientras contemplaba a un bebé de Darfour intentando succionar algo de una teta vacía. Qué mundo, coño.

Los ricos de hoy siguen siendo seres diferentes a nosotros, como le explicaba Hemingway a Scott Fitzgerald, cuyo personaje Jay Gatsby, por cierto, figura en octavo lugar en la lista de las más acaudaladas criaturas de ficción, que también elabora Forbes. El cuarto en esa nómina -el primero es Santa Claus- es el entrañable tío Gilito, que nació el mismo año que yo y fue creado (por el magnífico Carl Barks) según el molde de Ebenezer Scrooge, el supertacaño de Canción de Navidad, de Dickens. Claro que el verdadero modelo en el que se inspiró el dibujante fue el magnate Andrew Carnegie (1835-1919), un tiburón de los años gloriosos del capitalismo supersalvaje y desregulado. De tío Gilito recuerdo su sótano repleto de monedas de oro y billetes verdes sobre los que el viejo se lanzaba como un saltador desde el trampolín. Paul Getty solía decir que si uno podía contar el dinero que tenía es que no era verdaderamente rico. Eso es lo que les pasa a los auténticos tíos Gilito. A los de antes y a los de ahora.

Iglesia y desconfianza

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:23 am

POR M. MARTÍN FERRAND

LA Iglesia Católica y las compañías multinacionales, ex aequo, ocupan el último lugar de la tabla que, según un estudio de la Fundación BBVA, marca el nivel de confianza que las instituciones merecen a los ciudadanos españoles. Incluso podría tratarse de una redundancia porque católico no es otra cosa que universal y, al margen de cuestiones de fe, la Iglesia es una multinacional, la decana de todas ellas, con las características de personal, reglamento y operatividad que son comunes entre las verdaderamente grandes y duraderas. Tan escaso es el nivel de confianza que, aquí y ahora, inspira la Iglesia que está aún más bajo que el del Gobierno de España.

Supongo que una parte de tan sorprendente situación viene de lejos, de los siglos en que, con muy cortas interrupciones, el Estado y la Iglesia tendieron a ser una misma cosa y, con tan poca deseable promiscuidad intelectual, conformaron un mecanismo de poder en el que uno utilizó a la otra y ésta se sirvió de aquél. Así hasta llegar, bajo palio, al esperpento del nacionalcatolicismo que todavía, ya con treinta años de Constitución, colea, opera y está en el sustrato de muchos de los problemas básicos que nos afectan; desde el territorial, ya que los nacionalismos tienden a ser devotos, al educativo, en donde la inercia dificulta una praxis laica y los radicalismos tratan de impedir la natural influencia de la Iglesia frente a sus fieles.

El hecho de que las Universidades, masificadas en profesorado y alumnos y distantes de la pretensión de excelencia que marcó su pasado, ocupen el primer puesto de esa lista de confianzas nos invita a considerar que aquí somos poco confiados y muy recelosos. La experiencia lo justifica, la Historia lo acredita y, escaldados, estamos dispuestos a huir hasta del agua fría; pero algo habrá hecho la Iglesia, en la dimensión local que se concreta en la Conferencia Episcopal Española, para que el tiempo no difumine el pasado y sigan vivos y pujantes las notas del anticlericalismo con el que nuestros abuelos, algunos, se separaban, ya que no de Cristo, de sus ministros terrenales.

La visita al más pequeño pueblín español, como también ocurre en Francia e Italia, nos ofrece el espectáculo artístico y el síntoma social de que, salvo alguna excepción militar o nobiliaria, el más importante edificio del lugar, el más rico y sólido, el de máxima preeminencia, es siempre la iglesia del lugar. ¿Se trata de un testimonio de religiosidad pasada o es una reliquia del poder caducado? Por otra parte, el decaimiento de las bien formadas y sólidas órdenes religiosas en beneficio de las más ligeras congregaciones de fieles ha invertido una polaridad que acarrea, por lo que se ve, disposiciones sociales distintas, distanciamiento de lo que fue próximo y desconfianza ante lo que resultaba incuestionable. Doctores tiene la Iglesia que os lo sabrán explicar, pero sus grandes púlpitos mediáticos están ocupados en tareas más prosaicas y concretas.

Apagón olímpico

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:22 am

POR IGNACIO CAMACHO

Quince años exactos después de la inauguración de los Juegos Olímpicos, el apagón de Barcelona ha certificado con gran fuerza simbólica el agotamiento del rutilante esplendor del 92… y el fracaso de una creciente autonomía que, cada vez con más competencias y recursos, permanece a oscuras incapaz de gestionar el desarrollo de Cataluña más allá de un discurso reivindicativo que viene a demostrar su propia impotencia.

El victimismo nacionalista culpa al Estado de sus males sin pararse a mirar su propia responsabilidad en el abotargamiento de una metrópoli que hace tres lustros era un modelo de pujanza y ahora anda sumida en una crisis patente de personalidad, progreso y liderazgo. En este tiempo, la autonomía catalana no ha dejado de crecer en poder y autogobierno, hasta dotarse de un Estatuto cuyo carácter soberanista lo vuelve probablemente inconstitucional, pero sigue sin disponer de soluciones para los problemas ciudadanos y en cada crisis se vuelve hacia la Administración central con un tic reactivo que es su única respuesta para tratar de exonerarse a sí misma. Es posible que el balance de inversión estatal resulte insuficiente para las necesidades derivadas del crecimiento catalán, pero si el estatus cuasi confederal alcanzado por las instituciones autonómicas no basta para encontrar algún remedio a los desafíos cotidianos, habría que preguntarse para qué ha servido la centrifugación de un Estado que en Cataluña apenas tiene ya, según el anterior presidente de la Generalitat, una presencia meramente «residual».

Se trate del desastre del Carmel, del colapso del aeropuerto del Prat, de la plaga de robos domiciliarios o de este ignominioso «black out» sobre los restos del sueño olímpico, las instituciones catalanas no disponen de otro recurso político que la exigencia llorosa a ese Estado cuya estructura se han aplicado a desmantelar en su territorio. Mientras, por ejemplo, el AVE se acerca -con retraso indiscutible- a las puertas de una Barcelona incapaz de acordar el modelo urbano con que ha de acogerlo. Pero el nacionalismo que impregna a toda la clase política, incluido un socialismo progresivamente asimilado, sólo encuentra consuelo en la perpetua reclamación, entre reivindicativa y lacrimógena, de mayores techos competenciales que probadamente no sabe gestionar en beneficio de unos ciudadanos que no parecen -al menos en sus respuestas electorales- tan concienciados de la demanda soberanista.

Sensu contrario de este discurso victimista, habría que concluir que si el autogobierno catalán no halla el modo de demostrar mayor eficacia y camufla su debilidad en la delegación de responsabilidades, el régimen autonómico está naufragando en su endogamia, aplicado a la construcción ficticia de una nacionalidad que, en el fondo, constituye su prioridad política más allá de la necesidad de un buen gobierno. El apagón de Barcelona es la metáfora de un fracaso colectivo enzarzado en la mutua atribución de culpas mientras la gente se alumbra como puede para sobrevivir en medio del caos. El único punto objetivo de acuerdo es que Cataluña se ha estancado, pero visto su nivel de autogestión, algo tendrá que ver en ello la obsesiva cerrazón de un particularismo ensimismado.

Pizarro, ese saboteador

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:21 am

POR CARLOS HERRERA

Cuatro de la mañana. Disfrazado de Abeja Maya al objeto de pasar inadvertido, Manuel Pizarro avanza de salto en salto, de esquina en esquina, camino de la subestación de Endesa desde la que planea vengarse del pérfido pueblo catalán en el que mora la empresa que pretendió comprarle sus acciones en aquella opa tan del gusto del Gobierno, del Tinell y de La Caixa y de la tieta Meritxell. Una vez alcanzado el objetivo sin ser visto, el terco y obstinado presidente de la compañía que al fin pasó a ser repartida entre el Gobierno italiano y unos avispados empresarios amigos alcanza el cable gordo de la luz y le vierte una mezcla explosiva de Aromas de Montserrat y Rosquillas del Santo que consigue dejar a oscuras al instante a la capital catalana, que en ese momento descansaba de tanto trajín de celebración de aniversario de los Juegos del 92. Riéndose como Patán, el perro pulgoso de Pierre No Doy Una, vuelve a toda prisa a su furgoneta secreta y toma el camino de «Madrit».

A las cuatro de la madrugada de una pegajosa noche barcelonesa, Miquel Iceta, portavoz del PSC, se incorpora de golpe en su cama, sudoroso y agitado por la pesadilla, y grita: «¡Ya está! ¡Ya lo tengo! ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora? ¡Ha sido Pizarro!». Sopesando el beneficio que siempre reporta azuzar el victimismo de una población castigada por el desastre de infraestructuras que le rodean, urde el argumento y convoca a la prensa para revelar la auténtica razón por la que una de las ciudades más significadas de Europa sufre el calvario de tres días sin luz. No es el infortunio, el ensimismamiento de una clase política dedicada exclusivamente al petardeo verbal, cualquiera de los últimos ministros de Industria -todos catalanes- de los últimos gobiernos; ni mucho menos. Es Pizarro, el empresario que colocó el PP, cuando aún detentaba el poder, al frente de la perla codiciada de la energía española. Pizarro, molesto por el abordaje de la gasista, habría urdido una conspiración saboteadora para hacer pagar a sus clientes catalanes una operación que le creó no pocos dolores de cabeza. No importa que la oferta, por muy catalana, legítima y aplaudida que fuera, resultase poco atractiva para los intereses de los accionistas a los que representaba Pizarro. No importa que, en virtud del mercado libre en el que aún vivimos -para desespero de algunos sonámbulos de la política-, las maniobras del pertinaz presidente de Endesa hayan supuesto un incremento suculento de los beneficios de aquellos accionistas que estén dispuestos a vender. Para algunos firmantes del Tinell, el simple hecho de que el origen de la compradora fuera meramente catalán era suficiente argumento para que la operación se realizase sin más. El apoyo del Gobierno, en función de carambolas políticas no tan difíciles de explicar, incorporaba el definitivo argumento favorable a la operación. Oponerse era ejercer el cada día más proliferante anticatalanismo que últimamente explica cualquier cosa. La simpleza argumental de Iceta y de todos los que buscan, como locos, excusas que les permitan escurrir el bulto es un insulto a la inteligencia de aquellos a los que dice defender; pero, aún así, resulta triste comprobar que hay más de uno y de dos dispuestos a comprar mercancía tan averiada, explicación tan descabellada, propia de un mal sueño de verano.

«Jaque Mate catalán al Sector Energético Español», tituló la prensa catalana aquel día en que Gas Natural lanzó una opa sobre la eléctrica de moda. Era toda una declaración de intenciones que no resultó, finalmente, productiva. En vista de que la operación se quedó en un intento sin fortuna, los jugadores del siempre confuso ajedrez político del Principado se dispusieron a echarle las culpas al árbitro. Ahora que se ha caído un cable ya pueden respirar tranquilos: lo ha tirado Pizarro y ellos, una vez más, pueden demostrar que no tienen culpa alguna. Como siempre.

Esto demuestra una vez más lo desaconsejable de acostarse inmediatamente después de una cena copiosa sin la correspondiente sal de frutas.

www.carlosherrera.com

El Tour de Francia, en fase terminal

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:20 am

SE han cumplido los peores augurios. El Tour de Francia se acerca a su final entre escándalos que destruyen la competición deportiva y alejan a los espectadores, hartos de un fraude que nadie parece capaz de eliminar. El ciclismo ya estaba herido de muerte, pero la edición actual de la prueba por etapas más importante del mundo puede ser la puntilla definitiva para un deporte apasionante como pocos. Los hechos son contundentes. El gran favorito de la carrera, Vinokourov, pierde mucho tiempo al principio y se recupera luego de forma sorprendente, antes de dar positivo en el control. El líder, Rasmussen, es expulsado de la prueba por su propio equipo, a la vista de unas sospechas más que fundadas. Un joven corredor español, Alberto Contador, es ahora la última esperanza para dar ese ejemplo de honradez y limpieza que tanto necesita un deporte en fase terminal. A sus veinticuatro años, el ciclista madrileño tiene ante sí una gran oportunidad, pero también una enorme responsabilidad que no han sabido asumir otros ciclistas más veteranos. Alguien tiene que poner freno al desastre en que se precipita una competición, centenaria, que era seguida con pasión por muchos millones de aficionados. Este año ya no es lo mismo: la televisión pública alemana ha dejado de retransmitir la prueba y, pese al gran papel de los españoles, el Tour no figura entre los programas de mayor audiencia en nuestro país. Es muy lógico, porque -al igual que el Giro de Italia o la Vuelta a España- la ronda francesa produce en los últimos tiempos noticias más propias de las páginas de Sucesos que de la información deportiva.

Aunque el deterioro parece irremediable, es imprescindible un esfuerzo colectivo para salvar al ciclismo de la situación más grave de su larga y brillante trayectoria. Los organizadores de las pruebas deben reforzar más si cabe el rigor para la inscripción, aunque sea a costa de que falten corredores o equipos importantes. Los propios equipos deben extremar todos los cuidados al respecto. En este sentido, la expulsión de Rasmussen, a causa de las mentiras que había contado a sus patrocinadores, señala un camino apropiado. Tal vez la principal responsabilidad resida en los propios ciclistas. Hace tiempo que está superada la imagen tópica del corredor ignorante y fácil de engañar. Hoy día, en una competición muy tecnificada, hay muchos deportistas con estudios y conocimientos suficientes para ser responsables de sus propios actos y luchar desde dentro del pelotón contra las trampas y los engaños. Las administraciones deportivas, las federaciones y los propios medios de comunicación tienen una parte decisiva en este proceso de regeneración. No se trata de criminalizar a todos y de difundir sospechas indiscriminadas, sino de distinguir con claridad entre los deportistas que juegan limpio y los delincuentes que defraudan las esperanzas de muchos aficionados de buena fe.

De «El Jueves» a Anasagasti

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:19 am

EL juez Juan del Olmo concluyó el pasado miércoles la investigación por el presunto delito de injurias a los Príncipes de Asturias cometido por la revista «El Jueves» y, ayer, el Ministerio Fiscal decidió mantener la acusación contra los imputados, aunque retirando la de injurias al Príncipe de Asturias «en el ejercicio de su funcióninstitucional» (artículo 490.3 del Código Penal), que preveía hasta dos años de prisión. Las declaraciones que los acusados prestaron ante el instructor no podían tener más que un valor relativo, pues habría sido toda una sorpresa que hubieran reconocido que su intención era la de injuriar a los Príncipes de Asturias. Afirmaron que sólo querían criticar la decisión del Gobierno de conceder una ayuda de 2.500 euros por cada nacimiento. Cabe preguntarse si para esta finalidad, y aun concediendo a un caricaturista el más amplio margen de libertad de expresión, era necesario no sólo utilizar las imágenes de Don Felipe y de Doña Leticia, sino hacerlo de manera tan soez y difamatoria. Tales declaraciones no podían hacer cambiar de criterio al Ministerio Fiscal sobre el carácter delictivo de la viñeta.

En la polémica de «El Jueves» hay una enorme dosis de hipocresía. La corrección política y el oportunismo trapacero han hecho que, desde la derecha hasta la extrema izquierda, se apele a la libertad de expresión para cuestionar una acción penal totalmente justificada, incluido el secuestro de la revista, porque es el instrumento del delito. Es cierto que el efecto inmediato de esta medida cautelar ha sido una publicidad amplificada de la viñeta, pero, además de un coste inevitable si se quería hacer justicia, la responsabilidad de que así haya sido recae más en los medios que la han distribuido -sabiendo ya que estaba bajo secuestro judicial, alentando el morbo social y agravando el daño a la imagen de los Príncipes de Asturias- que en el fiscal y el juez que han actuado al amparo de la ley. En todo caso, por mucho que se especule en torno a la conveniencia o no de esta medida cautelar contra un medio de comunicación, la cuestión de fondo sigue siendo la misma. En este episodio ha habido una agresión intolerable a las personas de los Príncipes de Asturias, aprovechada por los pescadores en río revuelto, entre los que destaca, una vez más, un personaje tan mediocre y venido a menos como Iñaki Anasagasti, cualificado ventrílocuo durante años de Arzalluz y uno de los políticos menos legitimados para tachar a nadie de «vago e impresentable», ya que si por algo se ha caracterizado el dirigente nacionalista vasco es por haber vivido, sin grandes contrapartidas, a costa del erario público. Una sociedad libre no es aquélla que carece de reglas y límites y consiente las más bajas expresiones de mal gusto y ofensa delictiva, sino la que sabe distinguir el ejercicio legítimo de las libertades y derechos individuales frente a conductas delictivas.

Mejor detener que negociar

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:18 am

LA detención de tres terroristas en el sur de Francia, entre ellos el posible jefe del «aparato logístico», Juan Cruz Maiza Artola, demuestra nuevamente que un Estado democrático y de Derecho es más eficaz cuando persigue al terrorismo que cuando intenta apaciguarlo. El Ministerio del Interior está sumando éxitos en la lucha antiterrorista y lo obligado en este momento es reconocerlo sin matices, porque, al margen de las responsabilidades políticas derivadas del «proceso de paz» con ETA -que siguen vigentes y pendientes de depurar-, la sociedad española y su clase política deben mantener una actitud cerrada de apoyo a las Fuerzas de Seguridad del Estado. Igualmente oportuno es valorar de manera muy favorable el respaldo del Gobierno francés a las autoridades españoles, en consonancia con los reiterados compromisos públicos de Nicolas Sarkozy de perseguir a ETA y contribuir a su derrota. En definitiva, al Gobierno se le exigía presión y eficacia policiales y ambas se están dando, por lo que hay que congratularse de que finalmente haya confiado más en la aplicación de la ley que en la seducción del talante para erradicar a una banda de criminales. La sucesión de éxitos policiales no garantiza, en absoluto, que puedan evitarse todos los atentados de ETA: las dos pequeñas bombas que estallaron en la ruta del Tour de Francia, a su paso por el norte de Navarra, son un aviso de que, cuando una organización persiste en su voluntad criminal, al final consigue su objetivo. También cuando finalizó la tregua de ETA el 3 de diciembre de 1999, las Fuerzas de Seguridad del Estado evitaron tres atentados inminentes. En ese mismo mes fueron interceptadas en Zaragoza dos furgonetas con más de mil kilos de material explosivo. El 13 de enero de 2000, la Ertzantza localizó en Bilbao un coche con veinte kilos de explosivo, que había sido abandonado días antes por tres etarras, que fueron detenidos. El 22 de enero, ETA asesinó a su primera víctima, el teniente coronel Pedro Antonio Blanco García.

La fragilidad de la banda terrorista se está haciendo patente desde que el pasado 6 de junio anunciara la revocación del alto el fuego. En este nuevo escenario de firmeza antiterrorista, parece claro que lo único que puede hacer ETA es rendirse y entregar las armas, aunque nuevamente sea oportuno preguntarse dónde estaría hoy la banda terrorista si el Gobierno socialista hubiera desplegado contra sus miembros la eficacia policial que hoy está permitiendo la detención continua de terroristas. El tiempo y las energías perdidas por José Luis Rodríguez Zapatero en sus experimentos negociadores con ETA han aplazado la derrota de esta organización criminal en el plano policial, y la han complicado mucho más en el plano político, donde aún subsisten actitudes ambiguas por parte del Gobierno. No tiene justificación alguna que el fiscal general del Estado no haya instado la ilegalización de Acción Nacionalista Vasca, ni la del Partido Comunista de las Tierras Vascas, herramientas de la colonización terrorista en las instituciones democráticas del País Vasco. Las detenciones policiales multiplicarían exponencialmente sus beneficios si fueran acompañadas de un auténtica política antiterrorista, que es una estrategia mucho más ambiciosa que la meramente policial y que comprende la extensión de la ley a todos los rincones de la estructura etarra -principalmente los que aparentan ajustarse a la legalidad democrática-, así como la defensa activa y militante del constitucionalismo en las instituciones del País Vasco y de Navarra. Este último compromiso concierne plenamente al Partido Popular y al PSOE, y de forma especial a los socialistas, quienes parecen haber viajado al pasado para recuperar las fórmulas más fracasadas de contemporización con los partidos nacionalistas y con sus objetivos soberanistas.

Las Fuerzas de Seguridad del Estado y el Gobierno galo están cumpliendo con sus obligaciones. Ahora es el momento de que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y el PSOE rectifiquen los errores políticos del «proceso de paz» y reintegren al Estado toda la fortaleza perdida en estos tres últimos años.

La nueva asignatura: un debate tardío y hasta inútil

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:16 am

DEBO comenzar confesando que, quizá por aquello de la deformación profesional, me he leído, de la primera página a la última, uno de los libros sobre «Educación para la ciudadanía» que, no sin grandes controversias, parece que se establece a nuestros escolares a partir del próximo curso y con carácter obligatorio. A pesar de mi inicial ilusión, la verdad es que me he aburrido bastante con el tema. Una larga serie de temas ñoños, eso sí, llenos de estampitas, cuadros y flechitas. Una ausencia total a lo que es la España de nuestros días, tan necesitada de sólido reforzamiento. Algo bastante diferente a lo que por el mundo se entiende como «cultura cívica» (enseñando con ejemplos vivos, sacados de la realidad cotidiana, lo que se debe hacer y lo que no se debe). Y, como remate, algo más de quince páginas dedicadas a la democracia y a nuestra Constitución en un libro de 175. Para este viaje, sobraban las alforjas.

Por supuesto, no voy a entrar en la polémica política que la asignatura ha originado. Da igual. Para unos, puro «catecismo socialista» que se olvida de algunos artículos constitucionales y de toda dimensión sobrenatural o religiosa. Pero si la iniciativa hubiera surgido de «los otros», no me cabe la menor duda de que el calificativo hubiera sido el de «catecismo fascista» o algo similar. Por desgracia, la absurda incomprensión ante todo y por todo de los actuales partidos políticos está llevando a nuestra actual democracia a la penosa situación de desinterés ciudadano y total desencanto. Allá ellos con su gran responsabilidad histórica.

Lo que aquí me interesa es dejar algunas cosas medianamente claras. En primer lugar, el recordatorio de que todo régimen político, sea cual fuere su naturaleza, estructura e ideología, tiene la absoluta necesidad de divulgar y educar en los valores en que se asienta. Es un requisito básico para perdurar y sobrevivir a pesar del paso de generaciones. Dicho de otra forma, ningún régimen político puede estar largamente montado en el único recurso del uso de la fuerza. Durará lo que dicho empleo permita y lo que la vida de quienes la usan también dure. Creo que nos sobran los ejemplos en nuestro querido país. La pervivencia de un régimen está estrechamente unida al hecho de que los propios ciudadanos hayan asumido sus valores y los tengan como suyos. Por eso en EE.UU. nadie defiende el establecimiento de una Monarquía socializante y en la Gran Bretaña es la Monarquía la que resulta intocable, a pesar de todos los pesares.

Esto no es nada nuevo. Ya Platón recomendaba «lo que quieras para la ciudad, ponlo en la escuela». Y el mismo Aristóteles, con bastante asepsia, escribía así en su «Política»: «Pero entre todas las medidas mencionadas para asegurar la permanencia de los regímenes políticos es de la máxima importancia la educación de acuerdo con el régimen. Porque de nada sirven las leyes más útiles, aun ratificadas unánimemente por todo el cuerpo civil, si los ciudadanos no son entrenados y educados en el régimen, democráticamente si la legislación es democrática, y oligárquicamente si es oligárquica». Y consejos similares podríamos encontrar tanto en el mundo del pensamiento científico-político (Bodino o Montesquieu, por ejemplo) como en la práctica política: el pensamiento Mao en la China de hace algún tiempo.

Esta indudable tarea de un régimen para permanecer, llamada técnicamente «socialización política», tiene un largo trayecto y una amplia variedad de agencias o instancia en las que se lleva a cabo. Se suele decir que es tarea que acompaña al hombre «de la cuna a la tumba». Y se realiza en la familia, la escuela, el grupo de juego, la prensa que se lee, el club al que se pertenece, el trabajo que se realiza, la religión que profesa y, por supuesto, el partido político en que se milita. Así, entre supuestos paréntesis, nuestros actuales partidos no han llevado nunca a cabo esta misión: para ellos, las listas, las zancadillas y el cariño al sillón.

Lo que cabe preguntarse es cuál o cuáles de estas agencias resultan más eficaces en cada momento histórico para llevar a cabo esta tarea. Tradicionalmente, la respuesta ha sido la familia, la escuela y la Iglesia. Pero ya el sagaz Althusser puso hace tiempo en solfa la primacía de estas instancias. Y mucho más recientemente, el gran maestro Sartori ha destacado con énfasis la primacía del llamado «videopoder», es decir, el enorme peso de la televisión.

Y bien. No se olvide que estamos hablando de «régimen» (no de un gobierno) y de valores. Y esto, justamente esto, es lo que se olvida «la nueva asignatura». Por un lado, la educación en lo que significa una democracia se debió acometer hace no pocos años. Sobre todo, para cambiar la mentalidad heredada. Así lo desarrollé en una revista de prestigio nada menos que en 1980, sin el menor eco político, naturalmente. ¡Es lo habitual! Y se debió hacer como un tema de Estado, no de partido. La afirmación sirve para hoy si se quieren evitar calificativos. Una labor de todos y en todos los lugares. Entre otras razones porque nadie nace demócrata, sino que se hace demócrata. Y a lo peor el resultado es padecer una democracia sin demócratas.

En segundo lugar, no creo andar muy equivocado si afirmo que, para nuestros jóvenes, las dos principales agencias de socialización (y digo únicamente «principales», no exclusivas) son el grupo con el que conviven (eso que espantosamente llaman «cuadrilla») y la televisión. De qué valen los consejos de bien hablar si en dichos grupos aprenden lo «el co», «el guay» y el utilizar como insultos lo que son enfermedades («subnormal», «oligo») y clarísimas blasfemias defecándose verbalmente en lo que otros creen. Y de qué sirven las llamadas dibujaditas a ser buenos y pacíficos si encienden la televisión y únicamente ven puñetazos y tiros. La actual televisión que soportamos tirará por los suelos cualquier intento de una mejor ciudadanía. Y, hasta ahora, nadie se ha atrevido a su reforma.

Y por último, los valores. La democracia tiene los suyos, en los que aquí no puedo extenderme. Pero la gran labor educativa tiene que consistir muy prioritariamente en atacar y borrar los dos que hoy predominan fruto de la globalización imperante: el hedonismo (que suele acabar en erotismo) y el consumismo. Es decir, el olvido del esfuerzo personal para conseguir algo en la vida y, a la vez, ser útiles a los demás, y, en estrecha unión el compre-consuma y vuelva a comprar. ¡Vuelva a comprar algo que ya se tiene planificado para dentro de poco! Cualquier anuncio en televisión comenzará con algún desnudo o escena de cama para terminar… recomendando una nueva marca de coche. Si las cosas siguen así, si no se enseña el valor de la lectura, el deleite de la poesía, el aprecio a la música clásica o el saber quiénes han sido Vivaldi o Falla, la nueva asignatura se aprenderá como yo, en su día, tuve que aprender la raíz cúbica o la cotangente. Y les aseguro que nunca he visto a ninguna de las dos. Por eso el actual debate me parece que llega demasiado tarde y que, de entrada, resulta un tanto inútil.

MANUEL RAMÍREZ

Catedrático de Derecho Político

Una educación sentimental

Archivado en: General, Rajoy — África @ 7:12 am

Por Luis Margol

Alejandro es un chico madrileño de 16 años cuya vida se limita a aprobar, escuchar a Pink Floyd, releer alguna página del libro de poemas que le regaló su primera y única novia a los 14 y pasar los fines de semana destrozándose el hígado a base de botellones.

Si a todo lo anterior sumamos la insatisfacción que siente hacia su ciudad, un paraje yerto y oscuro, el leve desprecio no exento de arrogancia hacia sus padres, la dolorosa huella dejada por Elena y una crianza algodonada (academia de inglés, colegio privado, papás obsequiosos y liberales que nunca dicen “no”), tenemos ante nosotros el típico caso de niño malcriado necesitado de un urgente y contundente reality bite antes de que sea demasiado tarde…

A miles de kilómetros de casa (Nueva Jersey) y en un ambiente en el que el instinto de supervivencia lo es casi todo (el prestigioso colegio Salter School), Alejandro aprende en un año mucho más de sí mismo que en varios en España. Lo de menos aquí es la aparición de arrugas precoces –la capacidad de regeneración cutánea a los 17 es casi milagrosa–, pues lo que el protagonista consigue tras un año de suaves caricias y profundos zarpazos de la vida, amortiguados por una sólida red de amigos (too good to be true?), es iniciarse en una educación vocacional y sentimental autónoma cuyos significados intuye, aunque todavía sea incapaz de interpretarlos, como por otra parte es normal a su edad.

Esta ausencia de psicologismo en una novela sencilla (tiempo lineal, narrador omnisciente) sobre adolescentes es sin duda el mayor acierto de David Jiménez, quien, a pesar de su juventud (21 años ahora, 17 cuando escribió Salter School), conoce la ubicación de la fina línea que separa precocidad y pedantería, verosimilitud y artificiosidad. Sin embargo, cabe achacarle, además del excesivo número de comas, la abundancia de tacos en unos diálogos por lo demás ágiles, espontáneos y bien construidos. Tampoco es afortunado el uso del tiempo verbal condicional, que conviene recordar necesita apoyarse en otro para funcionar y que sólo expresa posibilidad en el pasado. No obstante, y esto es algo de lo que algunos escritores maduros, consagrados y sobradamente premiados deberían tomar nota, no encontramos en Salter School la fastidiosa autotraducción del inglés que tanto irrita a Francisco Umbral y a los implacables críticos de La Fiera Literaria, quienes podrán leer esta historia sin bufar ni llevarse las manos a la cabeza.

Además de no evitarles disgustos y maldiciones contra la Logse y los padres empeñados en conseguir que sus hijos manejen al menos un idioma extranjero –el uso que le quieran dar y lo que elijan olvidar de su lengua materna es otra cuestión–, esta novela les proporcionará muchas y útiles pistas sobre los usos y costumbres de los adolescentes actuales. Entre otras cosas, descubrirán que el problema de muchos jóvenes es menos simple de lo que parece. Todo padre con hijos cateadores que sin embargo se emocionan ante la posibilidad de trabajar de cajeros en el supermercado o que encuentran la felicidad limpiando piscinas en verano coincidirá con el autor en que lo que sobra a muchos jovencitos de nuestros días no es abulia ni pereza, sino un propósito, un objetivo que les haga pensar en el futuro.

Ésta es una de las primeras lecciones que Alejandro aprende en Salter School. La inmersión en el sistema académico norteamericano, competitivo y disciplinado por una parte pero liberal por otra, le hace pasar del “no sé qué quiero hacer; ni siquiera lo he pensado” de principios de curso al gradual descubrimiento de una vocación creativa que en Madrid yacía sepultada por causa de un sistema educativo inhibidor de la espontaneidad y de un entorno social algo abrumador.Las largas horas de tareas escolares y los fines de semana sin obligaciones familiares en el internado, la soledad al fin y al cabo, proporcionan a Alejandro la ocasión perfecta para encontrarse a sí mismo y así realizar esa ardua, a veces ingrata pero siempre imprescindible labor de introspección inherente a la maduración. Es irónico que la mayor utilidad de una educación extranjera se halle a menudo en una colección de ratos de soledad bien aprovechados. Que éste y otros jóvenes tengan que trasladarse cientos o miles de kilómetros, dentro o fuera de su país, para conseguirla es algo que cuestiona seriamente el aparente individualismo de nuestra sociedad.

Jiménez ha puesto el dedo en la llaga de lo que sólo es contradictorio en apariencia: una sociedad barnizada de autodeterminación en la que sin embargo cada día son más los que recurren al aislamiento en busca de algún trocito de self, que dirían en los años 60. ¿Demasiadas alforjas para este corto y circular camino?

Otra de las virtudes de Salter School es que éstos y otros asuntos son tratados con singular sutileza por el autor, quien por otra parte cae en ocasiones en un excesivo afán documentalista –hay párrafos que se leen como folletos publicitarios o guías turísticas; darling, who wants to know?–, aunque es de agradecer la gracia y concisión de los relatos futbolísticos, que entretendrán incluso a los que consideramos ese deporte como uno de los espectáculos más estúpidos que se hayan inventado jamás. Nunca pensé que la crónica deportiva pudiera resultar tan amena.

Volviendo a la educación sentimental, que no sentimentaloide, de Alejandro y sus amigos, esta historia conmueve, irrita e incluso excita –las escenas de sexo parecen escritas por alguien con amplia experiencia o lecturas sobre el asunto–. Salter School es una suave montaña rusa cuyas oscilaciones son capaces de penetrar el espíritu como un buen plato picante, poco a poco, de forma casi imperceptible, hasta que, tras un par de bocados –líneas, en este caso–, el lector queda sumido en un estado emocional completamente diferente al de unos segundos antes (too late to hold back; demasiado tarde). Destacan en este alarde de pericia, impropio de un escritor novel, los pasajes dedicados a las confidencias entre Alejandro y Joanna, su amor americano –no podría faltar– y ex novia de su problemático amigo John, un personaje tal vez demasiado esquematizado y a veces idealizado, aunque tratado sin la corrección política imperante.Asimismo, la intimidad y camaradería entre Alejandro y Gabriel, su compañero de habitación, y los diálogos entre el protagonista y Debbie, una compañera coreana cuya relación con Alejandro, quien decide quedarse en los EEUU tras su primer año en Salter School, intrigan desde la primera frase, sorprenden por su sensibilidad, agudeza y perspicacia. Un placentero ejercicio de lectura entre líneas en el que habrá tantas interpretaciones como lectores.

En su afán por contarlo todo, Jiménez incluye una serie de lecturas y piezas musicales que no siempre logran su objetivo, ya que a veces resultan excesivas y no aportan matices a la narración. Debería haber tenido más presente que este recurso es de gran valor cuando sirve para ilustrar una sensación determinada, sea mediante la analogía, la diferencia o el paralelismo. Aludir a tal canción, película o libro sin explicar en absoluto de qué trata o por qué es necesario que el lector sepa lo que un personaje está leyendo o escuchando puede ser contraproducente. Después de todo, los libros se leen, no se oyen.

No obstante lo anterior, la lectura de Salter School constituye una experiencia francamente agradable que trasciende con mucho el retrato costumbrista de la vida adolescente y la sociedad americana actuales. En este sentido, cabe decir que tiene una rara cualidad que se sobrepone a tal o cual técnica narrativa, o a las figuras a las que recurre el autor. Un raro vigor que confiere a las vicisitudes y conflictos de los personajes una atemporalidad que se echa de menos en buena parte de la literatura de los últimos años. Así pues, hay que felicitar a Jiménez por haber conseguido, en su primera obra, mantenerse a una distancia más que suficiente del costumbrismo vulgar y vacuo que tanto favorecen algunos editores españoles.

En resumen, David Jiménez ha emprendido una marcha que se irá enriqueciendo con las nuevas formas y universos que la experiencia, tanto propia como ajena –todo buen novelista debe ser ante todo un gran fisgón–, le proporcione. Uno desearía que creciera muy deprisa, que le ocurrieran muchas cosas, y que nunca le faltasen el tiempo y la concentración necesarios para contarlas con la misma mesura, sensibilidad y corrección de que hace gala en Salter School. Como seguro le dirán muchos de sus profesores (la editorial nos informa de que actualmente cursa Historia y Literatura en una universidad americana): keep it up!

DAVID JIMÉNEZ TORRES: SALTER SCHOOL. Martínez Roca (Madrid), 2007, 382 páginas.

El Estado contra el arte

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Por Carlos Semprún Maura

Muy mal traducido, me dicen (yo lo leí en francés allá por 1992, cuando fue publicado), este libro es sencillamente genial, y tan denso, tan rico, tan culto, que no se puede agotar su comentario en pocos folios. Me limitaré, pues, a señalar algunas pistas, con el ambicioso objetivo de alentar su lectura.

Tan complejo y genial es El Estado cultural, que en los analfabetos comentarios que he leído en la prensa española (en realidad, sólo dos) se afirma, sin rubor, que en sus páginas se expresa justo lo contrario de lo que real y tajantemente defiende Fumaroli.

O el autor, deslumbrado por la belleza de las Ramblas y la emoción aritmética de la sardana, se ha convertido súbitamente a la religión del Estado Cultural, o Ignacio Vidal-Folch, que le entrevista en Barcelona (El País, 20-VI-07), ilustra a la perfección el célebre dicho de “traduttore, traditore”. Incluso a la hora de hablar de televisión le hace decir exactamente lo contrario de lo que escribe. Por cierto, no es por capricho si Fumaroli, al comparar la televisión norteamericana con la francesa, elogia la primera: en gran parte, explica, por la ausencia de control burocrático del Estado federal en la televisión.

Lo mismo, o peor, resulta el comentario cerril de Bernabé Sarabia en El Cultural (21-VI-07): “Pese a que de una lectura precipitada de El Estado cultural podría deducirse que trata de disminuir la capacidad del Estado francés para incorporar la cultura a todos sus ciudadanos, la intención de Fumaroli es la contraria”. Nos da usted un buen ejemplo de “lectura precipitada”, o si no miente descaradamente; porque Fumaroli no hace sino condenar esa farsa de la “incorporación”, de la “cultura para todos”, del Estado Cultural, que, como Atila, lo arrasa todo.

Fumaroli aborrece los extremismos, y, cuando no se le lee precipitadamente, sus opiniones resultan evidentes: es partidario de un Estado modesto y de la democracia liberal, no en balde dedica su libro a “la memoria de Raymond Aron”; y cita elogiosamente a Jean-François Revel. Pero la cobardía y el conformismo intelectuales han alcanzado tales cumbres que nuestros críticos, cuando quieren hablar bien de un autor, niegan o disimulan su calidad de liberal, porque para el pensamiento cautivo el término liberal se ha convertido en sinónimo de serial-killer.

A contracorriente de muchas idées-reçues, Fumaroli reivindica la III República (1875/1940) como el periodo en que Francia disfrutaba de una verdadera democracia liberal. No existía, claro, el Ministerio de Cultura, sólo un secretariado de Bellas Artes, con un puñado de “artistas oficiales”, mediocres, no faltaba más, pero a los que nadie hacía el menor caso; en cambio, fue un gran periodo para las Artes y las Letras, pero también para la Sorbona y el Instituto Pasteur, por ejemplo. En pintura, ahí están el expresionismo, el cubismo, el surrealismo (que Fumaroli no aprecia, pero yo sí); en literatura, Proust, Gide, Apollinaire y un larguísimo etcétera; el teatro no tenía subvenciones, pero sí autores; había un cine incipiente, con gente como René Clair, Jean Vigo, Jean Renoir o Marcel Carné, que, sin ser geniales, lo son cuando se los compara con la subvencionada mediocridad actual. Etcétera.Claro, se podría preferir otros nombres a los aquí citados a vuelapluma, pero lo que nadie puede negar, sin mala fe, es que ese periodo de 1875 a 1940 fue incomparablemente más importante, desde el punto de vista de la creación artística, que el actual. Ahora bien: para Fumaroli no se trata solo del arte: la enseñanza, la ciencia, la industria, el nivel de vida y la douceur de vivre fueron ejemplares, en comparación con los de otras épocas.

Hay una pega, y Fumaroli lo sabe; y responde a los numerosos críticos de la III República, endeble, burguesa, liberal, afirmando que fue capaz de ganar la más importante guerra de la historia de Francia, la de 1914-18. Lamento tener que matizar su entusiasmo, porque sin la intervención militar de los USA, en ayuda, esencialmente, del Reino Unido, no es nada seguro que los Aliados hubieran vencido. Además, los críticos de la III República, si exageran sus defectos para exaltar el Estado todopoderoso frente al Estado modesto, no se equivocan totalmente cuando critican su ceguera ante el peligro nazi, y su rendición, prácticamente sin combatir, en la guerra de 1939-45.

Fumaroli es consciente también de que, después de la II Guerra Mundial, numerosos franceses, ciegos o cómplices ante el peligro nazi, se hicieron compañeros de viaje del totalitarismo comunista, que durante más de treinta años dominó la universidad, la cultura y buena parte de la vida política del país. Pero, las cosas como son, elude un problema esencial: ¿cómo ser liberal y a la vez capaz de combatir en defensa de la libertad? La III República no lo hizo. Churchill, Reagan y Thatcher, en cambio, sí.

Pero, claro, Fumaroli trata sobre todo de cuestiones culturales. Realiza un recorrido histórico apasionante, desde los clásicos griegos y latinos, recuerda la tradición francesa de las Luces y el pensamiento liberal de Montesquieu, Tocqueville, etcétera, y se detiene un momento en Bismarck, culpable de haber dado los primeros pasos hacia el Estado Cultural, con su Kulturkampf, en el marco de un Estado Todopoderoso.

Ahora bien, esa política cultural, estatal y burocrática sólo se desarrolla plenamente con los totalitarismos nazi y comunista. En Francia, incluso si con el Frente Popular, se constatan pinitos de dirigismo, son muy moderados, y hay que esperar hasta 1959 y la creación, por De Gaulle, del Ministerio de Asuntos Culturales, de corte soviético y dirigido por Malraux, para que se pueda hablar de y condenar al Estado Cultural, cuyo apogeo burocrático, a manos de funcionarios mandamases que asfixian la creación artística, tuvo lugar bajo la Presidencia de Mitterrand, con Jack Lang en el Ministerio de Cultura, que convirtió en Ministerio de Propaganda y endureció el control estatal con sus leyes sobre el cine, el precio único de los libros y demás aquelarres. Por cierto, comparto plenamente la peculiar antipatía de Fumaroli por el señor Lang.Con su estilo siempre brillante, Fumaroli, después de recordar que los grandes dramaturgos, como Ionesco y Beckett, fueron “descubiertos” en pequeños teatros privados de la Rive Gauche –antes de Malraux–, constata que Francia cuenta ahora con toda una red de teatros subvencionados pero carece de nuevos autores, que tiene más museos subvencionados que nunca pero no pintores. Y así con todo. Yo añadiría el cine, con un complejo sistema estatal-corporativo que permite producir unas cien películas al año sin el menor talento.

Los estragos del Estado Cultural, con su Décentralisation y su “cultura de masas” en manos de funcionarios mandamases, están a la vista de todos; pero se niegan, por pachorra y conformismo y porque muchos logran chupar del bote de las subvenciones. ¿Para qué angustiarse en busca de la calidad, de la novedad, de la obra maestra, cuando la nómina y la pensión están aseguradas? Hay que tener en cuenta, además o sobre todo, que la gente, mucha gente al menos, se acostumbra a la mediocridad, y como sólo ve películas mediocres y emisiones de televisión mediocres, y sólo lee novelas mediocres, etcétera, termina por sentirse a gusto con la mediocridad y teme el relámpago emocional de la verdadera obra de arte.

De manera harto convincente, Fumaroli demuestra que en los periodos y países sin Ministerio de Cultura la creación artística se porta mucho mejor, porque el Arte necesita libertad. Por otro lado, a través de su crítica al Estado Cultural, Fumaroli también critica la política francesa de estos cincuenta últimos años.

Concluiré con una cita: “La tercera vía francesa, ni comunismo ni capitalismo, ha terminado por dar a luz un monstruo que conjuga dos inmoralidades, dos esterilidades, la del comunismo y la del capitalismo de Estado de los nuevos conversos”. Amén.

MARC FUMAROLI: EL ESTADO CULTURAL. ENSAYO SOBRE UNA RELIGIÓN MODERNA. El Acantilado (Barcelona), 2007, 461 páginas.

La pérdida de la voluntad de razón

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Por Horacio Vázquez-Rial

Allá por 1953 Georg Lukács, un curioso ejemplar de marxista que fingió una ortodoxia de la que distaba muchísimo, nos convenció a unos cuantos de los méritos del realismo y consiguió hacer de Thomas Mann un escritor pesado, publicó El asalto a la razón, un excelente análisis del irracionalismo en la filosofía moderna y de su relación con el auge de la violencia como motor político en el nazismo y, más en general, en los fascismos.

Desde luego, como figura señera del revolucionarismo leninista que era, Lukács obvió toda referencia al comunismo, que cabría definir legítimamente como la defensa irracional de una doctrina de apariencia severamente racional. Ahora, Juan José Sebreli, el más importante pensador argentino contemporáneo (¡cuál no sería su fama si hubiese nacido en París!), en El olvido de la razón actualiza, completa y supera el proyecto de Lukács, muy ligado a las obviedades políticas de posguerra, al tomar como asunto central de su obra el triunfo del irracionalismo en nuestro tiempo, ya no por mediación de la violencia, sino por el simple, espantoso olvido al que la dinámica ideológica de un pensamiento intencionadamente vacuo, intencionadamente descontextualizado, ha condenado a la razón.

Sebreli (Buenos Aires, 1930) ocupó un lugar fundamental en la sociología y la historia argentinas ya en los años 60, con su clásico Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), un texto imprescindible para comprender la ciudad, a la vez que un modelo ejemplar de la llamada “sociología de la vida cotidiana”. Ya había hecho el repaso necesario del pensamiento nacional en Martínez Estrada, una rebelión inútil (1960), y pronto se lanzaría a la crítica de los clichés de las izquierdas al uso en Tercer Mundo, mito burgués (1974) y El riesgo de pensar (1984, recogido en 1997 en Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades). A la vez, trabajaba en la traducción de Kojève y de Lukács, tarea que no es ajena al conjunto de sus lecturas, que desembocan en El asedio a la modernidad (1991), ejemplar obra de madurez que, con El vacilar de las cosas (1994) y Las aventuras de la vanguardia (2000), abre el camino de la que hoy comentamos.

Muchos de los temas que alimentaban sus obras anteriores reaparecen aquí, en una forma nueva, más rica y elaborada. Por ejemplo, si el eje de El asedio a la modernidad era el Romanticismo como molde del relativismo cultural, en el nuevo libro la lectura de la oposición Romanticismo-Ilustración va mucho más allá, hasta la crítica de los fundamentos del psicoanálisis, religión del siglo XX en la misma medida que el marxismo. Sebreli, naturalmente, no hace una reivindicación global de la Ilustración, de cuyo árbol son ramas podridas el marxismo vulgar y el positivismo, nacidos de la deriva de la izquierda hegeliana hacia los totalitarismos; pero en toda la obra está presente el espíritu de Kant. (En cierta ocasión, un culto y digno dirigente del PSOE me dijo: “Yo sé que la verdadera izquierda viene de Kant y no de Hegel, como suponen los tontos”).

Como suele suceder con todos los textos realmente importantes, a medida que avanzaba en la lectura de El olvido de la razón, lápiz en mano y subrayando sin piedad ni descanso, me iba preguntando una y otra vez: ¿cómo es que no me había dado cuenta de esto? Porque parece evidente, en cuanto se lo piensa, que Freud estaba más cerca de Schopenhauer, padre del antisemitismo, que de Heine, por poner un ejemplo; tal vez el aire de los tiempos y el clima cultural general pesen más en la formación intelectual de un individuo que la propia tradición familiar.Considerando que el inconsciente es un producto del imaginario del Romanticismo más reaccionario, como propone Sebreli (exponiendo la genealogía del concepto y sus peripecias antes de llegar a Freud), uno comprende de pronto el ardor patriótico que rebosan las cartas del psiquiatra vienés durante la Gran Guerra, el orgullo con que dice a sus amigos que su hijo está en el frente sirviendo a Austria, y también lo mucho que le costó asumir que el nazismo era un realidad, que alguien, un austriaco como él, quería verdaderamente quemar sus libros y, en cuanto se le diera ocasión, quemarlo a él.

Es absurdo decir que Freud era judío, tan absurdo como decir que no lo era: era un hombre de su época, de la universidad de su época, de su ciudad, de su sociedad; es decir, era, como usted y como yo, querido lector, un mestizo ideológico, muchas veces, casi siempre, en contra de sus propios intereses, y no digamos ya de los de la ciencia. Freud, como usted y como yo, cayó en el olvido de la razón.

Pero la historia de Freud y la noción de inconsciente no es más que el principio. Ahí está Nietzsche, de quien su hermana, los nazis y, más tarde, la izquierda han hecho lo que han querido, siempre al servicio del irracionalismo, al que el hombre no era en absoluto ajeno. ¿Y Heidegger? ¿Vamos a seguir convencidos de que su afiliación al nacional-socialismo fue un pecado de juventud, “nada más que para conservar la cátedra”, como vilmente se lo justifica? Pues no: era un nazi redomado, entusiasta y proselitista. Sebreli cuenta los detalles, las piruetas intelectuales, las miserias prácticas del hombre al que Hanna Arendt, en pleno síndrome de Estocolmo, amó hasta el punto de aproximársele ideológicamente. Y después vienen Sartre, Levi-Strauss, Bataille, Barthes, Derrida, Lacan y otros más, tan fácil y acríticamente aceptados. El siglo XX fue el siglo del irracionalismo, que primero fue violento y luego devino impúdicamente perezoso, pero eso se gestó desde la falsa razón del XIX.

Recuperar la razón olvidada requiere dos cosas: abandonar las medias tintas, las negociaciones con la historia de la que venimos para hacerla más tolerable, por una parte; y leer o releer cuanto haga falta, hasta la extenuación, con la mayor honestidad, con voluntad de verdad. Quizás ese espacio de no pensamiento al que, a falta de un nombre mejor, llamamos posmodernidad sea únicamente eso: la pérdida de la voluntad de verdad y, como consecuencia, el olvido de la razón.

JUAN JOSÉ SEBRELI: EL OLVIDO DE LA RAZÓN. Debate (Madrid), 2007, 448 páginas.

Pinche aquí para acceder a la página web de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL.

vazquez-rial@telefonica.net

El socialista imaginario

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Por José María Marco

Hay en esta excelente biografía del socialista Fernando de los Ríos, escrita por Octavio Ruiz-Manjón, un buen surtido de fotografías. Me han llamado la atención dos. Una, la de la sepultura de De los Ríos en el Cementerio Civil de Madrid (civil, insisto), en la que se ven al menos seis cruces, incluida una con un Cristo: ¿falta de arrestos ante la prueba fuerte del más allá, caridad de la familia, panteísmo krausista? Que el lector decida. La otra es la de la casa de don Fernando, en el barrio de Salamanca, uno de los más caros de Madrid incluso cuando éste se instaló allí, a principios de los años 30.

Es una de esas casas majestuosas que abundan en dicho barrio, sobre todo en su parte más moderna, y da la medida exacta de hasta qué punto este socialista, sin duda con toda la buena fe del mundo, consideraba compatible el más refinado confort burgués, incluida su punta de lujo, con su consideración de la economía capitalista como una forma de esclavitud.No han faltado los estudios dedicados a Fernando de los Ríos: ahí están los que le ha dedicado otro socialista, Virgilio Zapatero, el primero de los cuales data de 1974 y el último de 1999; la de Octavio Ruiz-Manjón, sin hacer olvidar estos trabajos anteriores, más centrados en la evolución ideológica del personaje, quedará como la biografía definitiva.

Ruiz-Manjón, estudioso del partido de Lerroux, del republicanismo, también de Ortega, conoce como pocos la historia de la Institución Libre de Enseñanza y la intrahistoria de las complicadas relaciones entre la vida intelectual y la política en las primeras décadas del siglo XX español. Con esta nueva obra culmina y hereda merecidamente el puesto que ocupó Vicente Cacho Viu. Se advierte aquí la misma intimidad que mostraba el maestro con algunos aspectos fundamentales de la historia de España, la misma pulcritud, el mismo respeto.

Curiosamente, y no por responsabilidad de Ruiz-Manjón, la figura sigue escapándosenos, o por lo menos ésa es la impresión que yo he sacado al final del libro. Es imposible una mayor exhaustividad en la exposición de la vida pública, y de la privada, de un personaje. Todo está relatado con soltura y elegancia. Ruiz-Manjón da cuenta de la familia de De los Ríos, de su juventud y de sus muy tempranos escarceos con los krausistas; de la fascinación que sobre él ejerció Giner de los Ríos (hasta el punto de que se modificó el apellido, que antes era Del Río); de cómo aceptó el papel que le había caído como representante ejemplar del institucionismo; de su interés por el socialismo, que le llevó a ingresar en el PSOE; de su carrera universitaria; de su célebre viaje a Rusia, del que volvió curado de cualquier tentación comunista, aunque no inmunizado del todo ante lo que el socialismo representa de peligro para la libertad; de su participación en las conspiraciones contra Primo de Rivera; de sus discrepancias con el PSOE en asuntos tan relevantes como la colaboración de este partido con el dictador, primero, o, más tarde, a partir del 34, la deriva bolchevique.Su trayectoria como ministro de la República, en circunstancias dramáticas desde el principio, y completamente contradictorias con los ideales infinitamente armónicos de la Institución, está bien relatada, incluso con algunos testimonios, no precisamente caritativos, de ciertos conmilitones suyos, como Azaña. El texto se relaja, después del terrible drama de la Guerra Civil, en los años del exilio, cuando De los Ríos rompió con el PSOE… para volver luego al redil y terminar sus días como profesor en Nueva York.

Pues bien, de todo este minucioso y bien articulado relato se deducen algunas preguntas esenciales para comprender al personaje biografiado. ¿Cómo es posible que este hombre honrado, preocupado por la ética, no viera el fanatismo profundo, esencial, del socialismo español? ¿Y cómo, elogiando la tolerancia, la tradición de los disidentes y heterodoxos españoles, participó en una empresa tan radicalmente intolerante y antidemocrática como la Segunda República?

Tampoco se entiende bien, y Ruiz-Manjón lo apunta con acierto, qué le llevó del institucionismo krausista, con su culto sobreactuado a la austeridad y a no se sabe muy bien qué Dios impersonal, a un socialismo tan burdo como el español, para templar el cual De los Ríos, como Besteiro, bien poco pudo hacer. Es cierto que ambos se prestaron a salvarle la cara a aquel socialismo antisistema, bien triste papel, pero ¿de verdad quisieron ejercer una influencia moderadora? En el fondo, ¿qué creerían estos intelectuales que era el socialismo español? No son respuestas que el historiador pueda dar, porque entran en el terreno de las hipótesis. A veces se nota que el autor se retiene a su pesar, como cuando, con algún comentario tajante, enjuicia las almibaradas expresiones de su personaje.

Nosotros, simples lectores en este caso, podemos apuntar algunas propuestas. Por ejemplo, que el institucionismo krausista no elabora una ética. Que infunde en quienes participan de la secta una visión estética de la vida, como el culto a ciertas manifestaciones, muy escogidas, de lo popular, o la aversión al gusto burgués, siempre pésimo pero que no evita, ni qué decir tiene, los grandes pisos en el barrio de Salamanca. O que la naturaleza del panteísmo krausista no parece incompatible con formas muy primitivas de anticlericalismo.A su vez, la primacía de la dimensión estética de la vida acaba inmunizando contra cualquier sensibilidad ante hechos que en buena lógica deberían provocar auténtica aversión. En el fondo, el problema parece ser que ese proyecto de manipulación sectaria que es la Institución Libre de Enseñanza anula la sensibilidad moral de aquellos a los que Azaña llamaría sus “secuaces”. Así es como este “socialista de guante blanco”, que prodiga manifestaciones de sensibilidad tan cursis como es tradicional en la Institución, llega a asumir, como ministro, auténticas barbaridades. Se da cuenta de lo que está haciendo, incluso llega a arrepentirse, pero no puede romper el hilo que le une a quienes lo cometen. Queda el problema de las responsabilidades, muy serio, en particular ahora, que se habla tanto de culpas retrospectivas…

No es fácil, como apunta Ruiz-Manjón, comprender el lazo –a mi entender esencial en la historia de la España reciente– que une a la Institución Libre de Enseñanza con el PSOE. Pocos personas son más diferentes que aquellos a los que llamaban los dos “abuelos”, el catedrático don Francisco y el tipógrafo Pablo Iglesias. El caso es que un sectarismo reforzó a otro y las dos corrientes se alimentaron una a otra en al menos una de las bases de sus respectivos idearios, el antiliberalismo. De los Ríos, por ejemplo, alaba el liberalismo, pero para justificar el intervencionismo económico y la censura de prensa. ¿Les suena? Este libro, entre otras virtudes, ayuda a situar este asunto, lo que es un paso gigantesco para aclarar el misterio.

El único reparo a esta biografía –menor, pero digno de ser apuntado– es que Ruiz-Manjón no cita ni en el texto ni en la bibliografía algunos estudios que obviamente conoce acerca del personaje y la época que le ocupan. No aparece Pío Moa, por ejemplo, ni mis propios trabajos sobre Azaña y Giner de los Ríos. Lo que resulta comprensible en los muchos historiadores infantilizados a fuerza de fanatismo que pueblan la universidad española, y disculpable en el doctorando que habrá de enfrentarse a los Juliá o a los Álvarez Junco de turno a la hora de hacer carrera universitaria, resulta poco decoroso en un historiador veterano y serio como Octavio Ruiz-Manjón.

OCTAVIO RUIZ-MANJÓN: FERNANDO DE LOS RÍOS. UN INTELECTUAL EN EL PSOE. Síntesis (Madrid), 2007, 411 páginas.

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El debut

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Tony Blair busca residencia en Jerusalén, o buscaba porque parece que ya se ha decidido. Se ha encaprichado de un fantástico palacio en el Este de la ciudad y orgullo de la diplomacia británica hasta que en 1948 pasó a manos de Naciones Unidas. Está situado en un lugar llamado La Colina del Mal Consejo (Hill of Evil Counsel), un nombre quizás inapropiado para la residencia del nuevo representante del Cuarteto para Oriente Medio. Se dice que fue allí donde Judas cerró con los Fariseos su traición a Jesús.

Los servicios de seguridad le han advertido que la desmesurada residencia no es la más adecuada para estar a salvo de la ira de los extremistas palestinos. En el recién estrenado viaje de Blair a la zona, los servicios israelíes de seguridad han tenido que extremar las medidas por miedo a un atentado. Muchos siguen enfadados con él por su papel en la guerra de Irak: “Es como si el asesino volviera a la escena del crimen”, ha dicho un rotativo. Su credibilidad en el mundo árabe está minada pero intentará compensarla con su refinada retórica, su encanto personal y su tenacidad.

Pero el principal obstáculo con el que Blair se dará de bruces es el propio mandato que le ha sido asignado. Su capacidad de maniobra está limitada a movilizar la ayuda internacional para los palestinos, apoyar la reconstrucción de sus instituciones, promocionar su desarrollo económico y colaborar con otros países para que apoyen los objetivos del Cuarteto. Pero el mandato no dice nada de cuestiones políticas ni de un papel negociador entre las partes, que sigue siendo una labor de las secretaria de Estado norteamericana. Su predecesor en el cargo, James Wolfensohn, ha dicho a un periódico israelí que a Blair le han dado el mismo encargo que a él, que consiste en ayudar a los palestinos pero nada de negociar la paz. Él mismo renunció a su cargo hace más de un año por frustración, según sus propias palabras.

En su debut como representante del Cuarteto, Tony Blair ya ha dado muestras de que quiere más protagonismo –algo similar al que tuvo en el proceso de paz de Irlanda del Norte– lo que significaría pasar por encima de la secretaria de Estado de Bush. “El Cuarteto ha dejado muy claro su mandato. La verdadera tarea política la lleva Washington”, ha dicho Rice.

El nuevo empleo de Blair ha sido un reconocimiento a su lealtad a Estados Unidos. Tras su primera visita como representante de Cuarteto a Israel y a los territorios palestinos, Blair ha dicho haber percibido la posibilidad de alcanzar la paz, aunque para ello se deba trabajar duro, lógicamente. A ver hasta cuando le dura el optimismo y sobre todo su lealtad. Esperemos que la elección de su residencia no sea un mal presagio.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

La progresía cursi

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Miguel Ángel Manjarrés

Los buenos tiempos de la izquierda se acabaron cuando la obrerada pudo poner en casa un microondas para calentarse el desayuno. Los señoritos repeinados y abusones dejaron de confiar en la sociedad moderna desde que sus colonos empezaron a comprar coches de igual potencia y televisores de no sé cuántas pulgadas. La izquierda y la derecha (ya saben: esas dos maneras que tiene el hombre, como otras muchas, de caer en la estupidez) cambiaron poco a poco el atrezzo y se fueron diluyendo en una clase media amplísima, apacentada y huera, que se convirtió como por espontaneidad en la materia prima de un buen sistema democrático. Las dos tendencias políticas de nuestra edad contemporánea han venido al final a confluir en una gruesa amalgama de burguesitos que, en los momentos de normalidad social, capitanean ciertas opciones de tono gris y gestión más o menos acertada, pero que, cuando arrecian alguna vez la trascendencia y el entusiasmo, se tornan demiurgos decididos a procurar el bien definitivo a la población, removiendo el sosiego y, en suma, haciéndonoslas pasar putas.

Los rasgos característicos de tales iluminados, que vienen a concordar con los odiados demagogos de los griegos, varían según el momento y las circunstancias. En los lugares de menos desarrollo la solución suele ser drástica y directa: un chiflado, a menudo militar o apegado a la milicia, alcanza el poder per fas aut nefas y revuelve el cotarro para el bien general y la excelencia patrimonial. En sitios de aburrida democracia la cosa se vuelve más sutil: unos cuantos empresarios influyen lo suficiente en un partido para convencer a un pobrecillo de sus dotes de estadista que, por unos u otros motivos, acaba recibiendo los votos y apoyos suficientes para ponerse a destrozarlo todo y, de paso, enriquecer a sus colegas y valedores. En ambos casos los protagonistas pueden venir de uno u otro flanco político, aunque en el asunto se verifica cierta ecuación casi inefable: a más conciencia de izquierda, más verborragia, blandura y cursilería. No falla.

Pero debe matizarse, en todo caso, el contenido de la izquierda práctica (la teórica marxista, como tesis filosófica, sigue teniendo su atractivo) de acuerdo a los distintos panoramas sociales existentes. En las dictaduras se mantiene, con variantes más parcas o de mayor sonsonete barroco, el horrendo agit-prop del estalinismo y el maoísmo (China, Cuba). En las semidemocracias, a las ambiciones totalitarias se une el descaro demagógico, amparado por lo común en una retórica de baratija que se engola a nada que tenga delante y muestre audiencia (Venezuela, Bolivia). En las democracias jóvenes, pero engreídas, la hinchazón lingüística cede terreno a la inconsistencia gramatical, y prevalecen así los usos de ciertas fórmulas huecas repetidas ad nauseam en cualquier circunstancia, junto a un apego gestual y legislativo a grupos variopintos y a menudo sometidos a marginación, desde teocracias brutales a terroristas, nacionalistas, homosexuales o feministas desatadas (España). Por último, en las democracias consolidadas suele dominar un sentido práctico que se impone sobre cualquier otra posibilidad, acompañado de una pretendida grisura expresiva y una contención vigilada (Inglaterra).

Sea como fuere, en nuestro Occidente civilizado la evolución de la izquierda tradicional ha desembocado definitivamente en progresía: un grupo heterogéneo de gente bien asentada, con suficientes y hasta sobrantes posibles, sin apenas dificultades ni compromisos reales a lo largo de su vida, que exhibe una delicadeza algodonosa por los menos favorecidos, se entusiasma con clichés lingüísticos sin apenas significado concreto (paz, libertad, amor, democracia, etc.), hace sin sonrojo bandera de la cursilería y ofrece atrevidas lecciones de civismo y praxis política confiada en una intuición perfectamente analfabeta. Si tuviéramos que personalizar la concreción humana de la postura progre, cómo no pensar en la homérica oquedad de nuestro Zapatero o, por irnos a la extranjería, en la faraónica banalidad de la Royal francesa. En ambos casos, la estrategia es más o menos idéntica: armados de un lenguaje vacío, sin apenas capacidad oratoria ni inteligencia real, consiguen tener adeptos de todas las clases (muchos analfabetos, pero también intelectuales, ricos aprovechados, artistas, farándula) explotando sin recato la blandenguería y la cursilada, fórmulas actuales de la demagogia (tan abajada anda la parroquia democrática). No hay progre, pues, que no sea pacifista, feminista, antiamericano, respetuoso del islamismo, antijudío, gustoso de homosexuales, anticatólico, partidario de la paridad sexual por ley, republicano de oídas, confiado de los nacionalismos, amante del género humano y, si se puede, cliente de restaurantes michelin, viajero de hoteles de siete estrellas y padre de hijos formados en los USA.

Quienes de vez en cuando seguimos leyendo, por entretenimiento intelectual, la literatura marxista del siglo xix, no podemos por menos que llevarnos las manos a la cabeza y sujetar mal que bien unas cuantas carcajadas de desolación: si estos profetillas de soflama imposible son el resultado real de las elucubraciones políticas y filosóficas de Carlos Marx, cuánto mejor habría sido que se hubiera dedicado a otra cosa. Cuando se escucha a Zapatero proclamar al amor, así como suena, como el más eficaz y exclusivo instrumento de la izquierda, o a su ministro Caldera decir que con la ley de paridad “ha amanecido una primavera de igualdad en España”, a uno le entran ganas, como a Huysmans, de darse un tiro o tirarse al monte. Aunque también cabe la posibilidad, para quien quiera ser más útil, de buscar su rechazo con la ley. Para todo hay gustos.

La portada negra

Archivado en: General, Rajoy — África @ 6:58 am

Antonio Robles

El 23 de julio de 2007 pasará a la historia de Barcelona como uno de los días más negros de su historia. Un accidente eléctrico enterró a la ciudad en un agujero negro. Peor que la noche, negro como el fondo de un pozo negro. Días durará la reparación; las caceroladas se multiplican y las pérdidas económicas son incalculables. Las causas y las consecuencias de semejante disparate deberían ser el objeto de este artículo. Pero lo será un hecho más trivial. Me refiero a la portada del día siguiente de El Periódico de Catalunya.

Portada negra al completo, dos fotografías, un antetitular: “Las compañías eléctricas dejan Barcelona a oscuras”; un titular: “No es de recibo” y de subtitular lo siguiente: “Catalunya paga el 25 % de la factura eléctrica española pero recibe el 15 % del dinero destinado a mantener la red de distribución”.

¡Increíble! Hace meses, Félix de Azúa acusó a ciertos medios y a algunos políticos nacionalistas de ejercer la “pedagogía del odio” contra todo lo que no fuera nacionalista o se vinculara con la cultura española. Esta es una de tantas muestras.

Como en todas las catástrofes, siempre deambulan carroñeros en busca en fortuna. La portada de El Periódico es una perfecta muestra de ello. ¿A qué viene culpabilizar a España de la tragedia que ha provocado un accidente y que depende de empresas eléctricas privadas?

Reparen, la abultada factura eléctrica de Cataluña (el 25%) no necesariamente ha de ser un mal. Si Cataluña paga un 25% es porque tiene mucho consumo y si lo tiene es porque hay más actividad empresarial y bienestar que en algún otro lugar de España. Comparar la facturación con el montante que recibe para el mantenimiento de la red (15%) es cuanto menos pintoresco. Podría ser discutido con todos los datos sobre la mesa. Tampoco es este el objeto de este artículo. Sólo quería resaltar que en Cataluña cualquier circunstancia sirve para sacar a pasear a la Inquisición nacionalista lanzándola contra la pérfida España. No es la responsabilidad de una empresa eléctrica privada, ni un fatal accidente los que provocan esa terrible tragedia, sino la puta España que nos roba el 10% de la factura que pagamos y no recibimos. Y todo en portada.

El Periódico nos tiene acostumbrados a eso. No es el único, pero sí el peor por mucho que se empeñe el Avui en su editorial con la teoría de la conspiración: a Renfe y Aena ahora se le ha sumado Red Eléctrica Española. Y como un mecano, ERC a través de Portabella asegura un día después que la absorción de Fecsa por Endesa y “el desplazamiento de los centros de decisión de Cataluña a Madrid” son las causas del desastre.

¡Qué feliz es la infancia! Achacar una y otra vez a España los desastres del sistema educativo, las deslocalizaciones de empresas, la mala gestión de cercanías y la derrota en la liga del Barça puede ser muy literario, pero la ciudadanía acabará por hartarse.  Tiene razón El Periódico: “No es de recibo”, pero por cosa distinta a lo que cuenta su literatura nacionalista. Lo que no es de recibo es que se deje a miles de ciudadanos sin luz, a miles de hoteles y restaurantes sin energía y se arruinen ganancias y seguridades.

Otro ejemplo. Hace unos días, daban la vuelta al mundo unas imágenes a través de Youtube del derrumbe de la Sagrada familia. No es objeto de este artículo tampoco el fondo del problema, sino esa obsesión para arremeter contra todo lo español como epicentro del mal. Decía así el texto: “El Estado español quiere construir un túnel para un tren de alta velocidad que pasará por debajo de la obra del catalán, Antonio Gaudí, la Sagrada Familia. Eso pone en grave peligro este edificio declarado patrimonio de la humanidad. Evitémoslo, ayúdanos a difundirlo en todo el mundo”. Lo firmaba sossagradafamilia.org.

Si en la portada de El Periódico se utiliza el imperialismo, el robo, el timo, etc. para arrojar el descontento del apagón sobre el imaginario de España, en el caso del vídeo de la Sagrada Familia aprovecha el descontento y el miedo de miles de barceloneses para concretarlos nuevamente en España (en esta ocasión “Estado español”), mientras la víctima una vez más es Cataluña (“la obra del catalán, Antonio Gaudí”).

Son sólo dos ejemplos, pero cada día fabrican miles. Un grano no hace granero, pero si un ciento.

antoniorobles1789@hotmail.com

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