Desde que María España nos contó la forma en que había muerto Umbral, intentando en vano dictar su última columna, me ha venido una y otra vez a la memoria la agonía de Jovellanos, empitonado por una pulmonía en el puertecito asturiano de Vega cuando trataba de emprender viaje hacia Cádiz para sumarse a las labores de las Cortes. No sólo por el hecho de que él tampoco consiguiera su propósito de que se entendiera su postrer testamento, sino por la estrecha similitud del significado de las escasas palabras inteligibles que pudieron ser escuchadas de labios de ambos en medio de sus respectivos delirios.
En los dos casos, junto a la evocación íntima de todo lo que se les escapa -«desdichado de mí…», exclama Jovellanos; «las uvas doradas…», musita Umbral- hay claras alusiones al debate sustancial que dominó la dimensión pública de sus vidas. Y en los dos casos el resumen del resumen, esas únicas palabras que se abren camino entre la confusión y el desvarío reflejan los dos polos de un conflicto que lo engulle todo. Umbral funde varios siglos de la historia de la literatura en una sola yuxtaposición cuando dice: «Romanticismo… clasicismo…». Jovellanos sintetiza su dilema entre ilustración y patriotismo cuando contrapone con angustia sus representaciones más concretas: «la Francia… Junta Central…»
Pero Umbral sólo añade: «Punto» -así es como termina un escritor-, y en cambio Jovellanos deja paso entre sus balbuceos a la más escueta y precisa crónica de una época, tal vez de todo un siglo: «Nación sin cabeza». ¿No es acaso ésta una imagen anticipadamente umbraliana? ¿No encontramos algo muy hondo en común en la mirada y el sentimiento de estas dos figuras, por tantos motivos dispares, cuando nos fijamos en la resignación melancólica del uno en el famoso cuadro de Goya y en la melancolía resignada del otro, acariciando a su gata Loewe, en la gran fotografía de Carlos Miralles que ilustraba el impecable obituario de Javier Villán -en The Times no le habrían tocado ni una coma- el otro día en EL MUNDO?
¡Nación sin cabeza! ¿No estamos hermanando, al glosar en paralelo sus últimos suspiros, dos de las desapariciones más empobrecedoras para sus contemporáneos, dos de las versiones más vaciadoras en la Historia de España de ese momento inexorable en el que el sueño de la razón saca su bandera blanca y entrega sus últimos baluartes a la barbarie de la muerte? «Lo satánico de la enfermedad es que cambia al ser humano por un desconocido, antes de asesinarlo para siempre», escribió Umbral en El hijo de Greta Garbo hace ya un cuarto de siglo. Pero como también advirtió él mismo, «Don Quijote se salva cuando se echa a los caminos a ser apaleado». ¿No estamos hablando, en el fondo, de las mismas desventuras de la libertad?
En las palabras que España me pidió que pronunciara en el crematorio de la Almudena incluí deliberadamente el único verso certero y discreto del aparatoso poema leído por Zorrilla en el entierro de Larra: «Acabó su misión sobre la tierra». Y lo hice enfatizando el concepto de misión porque comparto al cien por cien la denuncia de Villán: «Con Umbral se intentó hacer algo parecido a lo que se hizo en su día con Larra: declararlo maestro del idioma y silenciar su pensamiento». O como él mismo decía en un Ser de Lejanías: «Alaban mi estilo los que quisieran matar mi pensamiento».
La clamorosa ausencia de la izquierda política tanto en la capilla ardiente como en la emotiva ceremonia fúnebre en la que despedíamos a quien durante buena parte de la Transición había sido uno de los más entusiastas compañeros de viaje del Partido Comunista, fue la mezquina culminación de ese proceso. El ministro de Cultura cumplió con el ritual del pésame a la familia más como ex compañero de Diario 16 que como alto cargo y ahí quedó reducido -tópicos telegramas aparte- todo el tributo oficial al que ha sido uno de los mayores escritores españoles del siglo XX. Rajoy, Gallardón y Esperanza Aguirre vibraron por un día con un mismo latido durante el adiós a este gigante, pero la izquierda analfabestia ni estuvo ni se la espera.
Como Larra, Umbral se impuso una misión literaria que resultó ser subversiva en lo político. Durante la dictadura, su ácida ironía hizo más por desnudar las falsificaciones que servían de pilares al régimen franquista que todos los manejos de los miembros de las direcciones del PSOE y el PCE juntos. Fueron sus columnas de esos primeros años las que hicieron ver a los españoles de mi generación que aquello era una monumental impostura y que como todos los decorados de cartón-piedra terminaría pronto en la hoguera o en el camión de la basura de la Historia. Como se acaba de recordar, Jorge Guillén le acusó una vez de «jugar juzgando» y Umbral se lo tomó con lucidez como un piropo.
Jovellanos y Umbral. Dos figuras por tantos motivos dispares, pero unidas -aunque a comienzos del XIX aún no se hubiera inventado la palabra- por un mismo sentido del dandismo. He aquí la descripción de Jovellanos en el momento de ser enviado a su prisión en el castillo de Bellver: «Un señor hermoso y alto, muy limpio y aseado y que gastaba gran chorrera, casaca, calzón corto y hebilla muy resplandeciente en los zapatos». ¿Alguien duda de que, de haber vivido entonces, Umbral se hubiera apuntado a la «gran chorrera» y a la «hebilla»? Y he aquí parte del contenido de los cinco baúles que seguían desde Gijón a Jovellanos en su abortada travesía hacia Cádiz: «Doce vestidos o trajes completos, cuatro de ellos de gala y uno negro; varias chupas y calzones sueltos; ropa interior y de cama y útiles de aseo, tales como cinco bolsas para el pelo y tres jícaras de arena para limpiar los dientes, además de una muy numerosa mantelería y vajilla de plata y ordinaria». ¿Qué más habría añadido Umbral sino media docena de bufandas de tres colores diferentes?
Pero, además del dandismo, hay algo mucho más profundo que hilvana a estas dos figuras -lo digo por tercera vez para que nadie me llame ni sacrílego ni idólatra- por tantos motivos dispares: el sentimiento nacional. «España no lidia por los Borbones ni los Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados imprescriptibles… España lidia por su religión, por su constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra, por su libertad…», le explicó Jovellanos a su amigo Cabarrús cuando, en la dramática encrucijada del verano de 1808, éste requería su colaboración con la modernidad encarnada en el bando josefino. Su imaginación volaba por doquier, pero a la hora de la verdad -y que María me perdone la broma- también Umbral se quedaba siempre con España.
No me sorprende que los independentistas catalanes más atrabiliarios y mezquinos hayan celebrado su muerte como la de un enemigo. Umbral no era un patriota convencional ni ha dejado una obra ensayística articulada, pero nadie ha fustigado con más tino y constancia todas las memeces reaccionarias del integrismo identitario de la hoz y la capucha. No es casualidad que los personajes políticos a los que sucesivamente ha ido brindando su apoyo literario fueran Tierno Galván, Carrillo, Alfonso Guerra y Rajoy. Los cuatro han tenido una visión de conjunto y un proyecto ideológico basado en una clara noción del significado histórico de España. No es cierto, querida Carmen Rigalt, que Paco «se quedara flaseado» el día que conoció a Rajoy como podía haberle ocurrido con la última de sus musas, sino que se dio cuenta, mediante ese radar tan especial que en medio de su sordera siempre detectaba lo esencial antes que nadie, de lo mismo que descubriera Churchill y dice haber descubierto Rosa Díez, aun quedándose a mitad de camino: que llega un momento en el que para seguir defendiendo las mismas ideas no hay más remedio que cambiar de caballo.
Umbral siempre alegó que «ser de izquierdas no es instalarse en la izquierda, sino la desinstalación permanente». O sea una manera de pensar con libertad. Y, efectivamente, él fue el más libre de los pensadores. Por eso mientras algunos colegas se quitaban de en medio para que el descubrimiento de la realidad no les estropeara sus prejuicios -«Yo no leo EL MUNDO porque no quiero correr el riesgo de que lo que publicáis sea cierto y encima enterarme», me explicó una vez un conocido pope de la gauche divine-, Umbral salió enseguida al encuentro de la corrupción y el crimen de Estado. Sus columnas de esos años y alguna que otra crónica del desengaño en forma de libro perdurarán como el mejor «no es esto, no es esto» que puso en su sitio al felipismo. Gracias a él, del heróico Felipe González de los 80 ya sólo quedan las raspas del encogido Glez. de los 90.
Si a Umbral no le gustó nunca Zapatero fue tal vez porque le pilló ya demasiado mayor para hacer el oficio de niñera. Le irritaba la superficialidad pueril de su estrategia oportunista y fue dejando huella de ello columna tras columna: «Tenemos un gobernante indeciso, inmaduro, rectificativo, inseguro, un poco tonto… tenemos una España trampeante dirigida por un chico dubitativo como un Hamlet del ciclo goticoleonés», «ZP está en el bachillerato político, o sea que cree en la bondad vecinal», «ahora el nene nos ha salido anarquista o no sabe lo que dice» o «ZP, el Niño Jesús de Praga, con su socialismo poco hecho, vuelta y vuelta… juventud, divino tesoro que, afortunadamente, se derrocha pronto».
Umbral consideraba a Zapatero un gobernante tan frívolo e inmaduro como sagaz y habilidoso. Sólo se ponía, más que serio, severo con él, cuando debía referirse al daño profundo que estos cuatro años están causando a los fundamentos de nuestra democracia: «Lo que no dicen las computadoras a sueldo, con el cómputo apalabrado de antemano, es por qué ZP no explica el contenido concreto de sus pactos entornados con el carlismo marxista de las tierras vascas. No puede decirlo, sencillamente, porque sería intolerable. Lo suyo es una sabia e inteligente ambigüedad que va llevando a todos por la senda inconstitucional de la Constitución amaestrada y renovada. Tenemos todo un político, todo un presidente, pero nada más».
Nación sin cabeza. Lo que nos dice Paco es que Zapatero podrá ser un jefe del Gobierno legítimo, con aciertos y desaciertos en su juego maniobrero, pero, aunque repita en el cargo, jamás será la cabeza dirigente que necesita la nación. Su papel nunca pasará ya de gestionar con mayor o menor fortuna la decadencia de la España constitucional, fruto de sus propias concesiones, transigencias y complejos ante los nacionalistas. ¿O acaso alguien cree que en la próxima legislatura se izará la bandera, se respetará la verdad en los libros de Historia y todos los catalanes, mallorquines, vascos y gallegos que así lo deseen podrán escolarizar a sus hijos en la lengua de Cervantes, de Quevedo y de Umbral?
Pero esta falta de peso, de empaque, de envergadura en nuestra vida política -pensándolo bien, ¿por quién hubiera estado representado el PSOE en el entierro de Umbral?, ¿por Pepiño Blanco?, ¿por uno que se llama Villarrubia?, ¿por un tal Oscar no se qué?- no es sino el fiel reflejo del conformismo, la mediocridad y la abulia general de una sociedad que se moviliza mucho más por la súbita muerte de un joven futbolista que por el óbito del mayor de sus escritores. Se dice que cuando murió Victor Hugo el gentío que acompañó a su féretro alcanzó los dos millones. Con Umbral estuvimos unos cuantos menos y, desaparecido también Cela, en la España actual ya no queda nadie que cumpla su papel de intelectual con proyección popular.
«Cabezas, señor, cabezas, que esto es lo que no hay», le escribía el Conde Duque de Olivares al Cardenal Infante, hermano de Felipe IV, explicándole en una carta fechada el 25 de mayo de 1636, cuál era la mayor carencia del Reino. Casi cuatro siglos después, la sensación vuelve a ser muy parecida. Es tan escaso el talento en grado sumo que, cuando desaparece alguien como Umbral, no queda otro remedio que salir a las calles, a los teatros y a las plazas, exclamando como aquel pobre personaje de Novecento que ni siquiera terminaba de comprender que estaba anunciando el fin de un siglo y el comienzo de otro: «Verdi è morto!… Giuseppe Verdi è morto!».
pedroj.ramirez@el-mundo.es