España es una merienda de negros

julio 21, 2007

Una nación conservadora

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 5:56 am

EDUARDO

SAN MARTÍN

SON firmes partidarios de la pena de muerte, se oponen al control de las armas de fuego, son contrarios al aborto «en cualquier circunstancia», desprecian la ONU y apoyan sin reservas la política exterior de su presidente, George Bush. ¿Palurdos criados en una granja del sur nada interesados en el mundo exterior? ¿Devotos oyentes de sermones telepredicados en cualquier ciudad perdida del Sun Belt? Nada de eso. Son licenciados por las muy liberales universidades de la Costa Este, han pasado algún tiempo en Europa, colaboran con frecuencia en proyectos humanitarios en algún país perdido de África y se disponen a incorporarse al mundo del trabajo en una ciudad de un Estado importante. Son, eso sí, profundamente conservadores.

Cuando los europeos observamos el auge del conservadurismo en Estados Unidos incurrimos en los mismos prejuicios que no nos perdonamos cuando analizamos las singularidades de otras culturas no occidentales. Dicho de otro modo: repudiamos el eurocentrismo con el que, según los más multiculturalmente críticos de entre nosotros, analizamos determinadas culturas bárbaras, pero somos incapaces de juzgar con parámetros que no sean los propios a un pueblo que, a pesar de pertenecer a nuestro tronco común de civilización, se resiste a ser encapsulado en las esclerotizadas categorías con las que aún hacemos mucha sociología política de barra de bar.

Para quien quiera conocer un poco más a fondo las peculiaridades de una revolución social, demográfica e intelectual que ha dado la vuelta al establishment político norteamericano en menos de cuarenta años, ahí tiene el excelente estudio Una nación conservadora, de los periodistas británicos John Micklethwait y Adrian Wooldridge, en absoluto apologistas de la realidad que describen. El primero es director de The Economist desde marzo de 2006 y el segundo, jefe de la sección de América de la revista. Ambos han vivido y trabajado en Estados Unidos los años suficientes como para poner en cuarentena los prejuicios al uso a un lado y otro del Atlántico. O como ellos escriben en su ensayo, para no concluir que «George Bush es un vaquero imbécil obsesionado con el petróleo, o que los franceses son unos cobardes monos comequesos».

Naturalmente, no toda la derecha americana responde al perfil descrito: el reaccionarismo más rancio anida en centenares de asociaciones culturales y religiosas que han declarado la guerra total al gobierno de Washington y a los «deleznables liberales» del noreste. Como tampoco se puede identificar a la gran mayoría del pueblo americano con esa «nación conservadora». Las dos últimas elecciones presidenciales son una muestra de hasta qué punto las políticas del segundo Bush encuentran fuerte resistencia popular, y no sólo en los estados ilustrados de la Costa Este. Pero, como explican Mickelthwait y Wooldridge, el conservadurismo americano «ocupa el lugar del conductor» desde hace ya varias décadas y condiciona la agenda política: hasta los aspirantes demócratas asumen como propios principios del «moralismo» conservador, se han olvidado de Keynes y sólo han cuestionado abiertamente la guerra de Irak cuando lo han hecho las encuestas.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta del siglo pasado, el pensamiento dominante en Estados Unidos emanaba de la Liga Ivy (las ocho universidades más prestigiosas del noreste). Hoy, el aliento conservador invade la academia y muestra su vigor en un sinfín de publicaciones y grupos de pensamiento. Puede que no sea lo que más nos guste en la muy keynesiana y elitista Europa, pero, muy al contrario que la extrema derecha europea, xenófoba, enemiga declarada de la libertad y eternamente nostálgica del pasado, el conservador americano, aun a su manera, es un defensor intransigente de la libertad, mira más al futuro que al pretérito y asume hoy sin problemas el melting pot en que consiste la nación americana. Y no son, desde luego, el enemigo a batir. Ese está mucho más cerca, en nuestros propios barrios.

P.S. Matas, Piqué. Lo tiene dicho un sabio superviviente de la derecha europea, Mario Andreotti: «El poder desgasta… sobre todo al que no lo tiene».

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