España es una merienda de negros

septiembre 24, 2007

Himnos

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:46 am

POR FERNANDO CASTRO FLÓREZ

Ni se movieron. Unos soldados italianos, en medio de una batalla, escuchan la orden de un capitán: «¡Soldados, ¡ataquen!». Nadie reacciona. De nuevo, con más potencia, la llamada al combate atraviesa el espacio del miedo. Y, de pronto, un comentario extemporáneo surge de la trinchera: «¡Che bella voce!». Este lance patético-militar nos viene que ni al pelo para advertir que cuando prestamos atención a la voz en vez de al mensaje estamos ingresando en el terreno, verdaderamente inútil, de la estética. Seguramente los defensores del «jogo bonito», nostalgia pura de un estilo brasileño que ya no existe, son los que no vibran, como suele decirse, en los estadios. Desde la distancia emocional importa poco quien gane, lo que interesa es la forma, el arabesco, el virtuosismo. Para los demás, la aplastante mayoría, lo único que hay que conseguir, cueste lo que cueste, es la victoria. Cada uno siente sus colores como si, en realidad, fueran una piel que nadie podría arrancarles so pena de un dolor mortal. Cuando los diputados agitan, como posesos, las camisetas «autonómicas» en el Congreso, me siento un marciano o un apátrida del deporte.

Con todo, tengo que confesar que a mi lo que más me emociona son los himnos. Desde el «You never walk alone», la cima del sentir colectivo, hasta la música atronadora de la «Champions» existe una continuidad empática que me eleva, desde el sofá, a las alturas de lo sublime. Soy tan ecléctico que me da igual el tarareo asemántico del himno español o la escalada onomatopéyica que profieren los All Blacks en su danza amenazadora sobre el épico césped del rugby. De verdad, el momento mágico de la historia de la Super Bowl es cuando Whitney Houston realizó su particular versión del himno de los Estados Unidos. Sin esas melodías que fundan comunidad tan sólo estaríamos asistiendo a la pachanga. Menos mal que después de que Jorge Lorenzo hace sus teatralizaciones extravagantes del éxito suena el himno y que, a pesar de las chorradas de Alonso haciendo quién sabe qué con las manos como si fueran orejitas, volvemos al tachin-tachin.

Mi fascinación melómana por esos momentos de grandeza está siendo masacrada impunemente por culpa de un tal Melendi. Se me revolvieron los higadillos el día que, haciendo zapping, tropecé con su cantinela de «Me gusta el furbo». El tipo sale en un descampado o en una obra, rodeado de obreros pasados de peso, con una pala como guitarra rumbera. Ya emplearon su música, si tal calificativo se le puede aplicar sin grima, para la Vuelta a España. Me temo que terminaremos viendo los mates de Gasol con el espeso condimento de este «coleguilla». Por lo menos Georgie Dann tuvo la decencia de no dejarse rastas; sofocaba, en pleno verano, al personal con preguntas retóricas sobre lo que el negro quería pero no irrumpía a traición en el sacrosanto terreno del deporte. En un chiringuito todo, hasta lo más cutre, puede ser soportado, pero en el momento de la proeza corporal, cuando el récord está punto de caer, no cabe otra cosa que el furor del himno. Hace pocos días me sorprendí, supongo que en estado febril, tarareando lo de «Dios en casa por un día, sentadito en mi sofá, veo la Champions y la liga». Comprendí que el virus había hecho efecto. Supongo que para esta dolencia no hay antídoto. Por si las moscas, en plan dj-futbolero, he puesto a todo volumen el pegadizo himno del Barca. Mi vecino, que es merengue hasta las cachas, ha reaccionado, lejos del pánico italiano, y ha montado el contra-ataque con el del Madrid en la versión estereofónica de Plácido Domingo. Así se arreglan las cosas, en pleno «diálogo de civilizaciones». Mejor las «bellas voces» que el vozarrón marcial o parlamentario. Lo que no quiero, por favor, es volver a escuchar al Melendi de marras, con deje fiestero y jeta de complicidad extrema, apostillando su desbarre con «ni mucho menos un gol».

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