España es una merienda de negros

septiembre 24, 2007

Zapatero se queja

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 7:14 am

JAVIER ZARZALEJOS

En pleno esfuerzo por reinventarse en el final de la legislatura, José Luis Rodríguez Zapatero no duda ya en recurrir hasta al victimismo. «Me echan la culpa de todo», se quejaba el presidente ante su audiencia en Barcelona. Rodríguez Zapatero insistía en exhibir sus heridas al reprochar al Partido Popular no haber expresado «ni una sola vez» apoyo al Gobierno, construyendo así un discurso entre mitinero y autoexculpatorio que viene a confirmar la insólita precocidad con la que el presidente manifiesta todos los peores síndromes que se atribuyen a los gobernantes con mucha más larga trayectoria en el poder.

Sin embargo, para un amplio sector de la opinión pública, Rodríguez Zapatero carece de credibilidad como víctima. El jefe de un Gobierno y secretario general de un partido que ha practicado de manera obsesiva la culpabilización de su predecesor hasta límites delirantes y grotescos no está en la mejor posición para quejarse de que se le tenga por responsable de lo que él, ya en el poder, ha protagonizado, subrayando su marca personal en la sucesión de iniciativas fallidas cuyas huellas ahora se pretende borrar. En el mismo orden de impostura hay que situar las quejas contra el Partido Popular cuando proceden de quien ha hecho de la exclusión y el aislamiento de este partido un objetivo estratégico para el que ha reclutado todas y, entre ellas, muy poco recomendables complicidades.

Ligereza, adanismo o frivolidad, cualquiera que sea la caracterización de la actitud que Rodríguez Zapatero ha desplegado sin recato durante la legislatura, lo cierto es que al presidente del Gobierno le resultará extremadamente difícil eludir su responsabilidad en una acción política a la que se ha entregado con el entusiasmo de quien se ha creído refundador de la democracia y demiurgo de un nueva – y a la vez profundamente arcaica- fórmula de Estado sobre la coartada de la fragilidad de la nación española cuya realidad lisa y llanamente niega, degradándola a la condición de hipótesis de trabajo de muy improbable verificación. Emancipador autoproclamado de ciudadanos demediados hasta que accedió al Gobierno, Rodríguez Zapatero no ha llegado todavía a dejar su impronta de pacificador en procesos que, huelga decirlo, según el triunfalismo presidencial en nada se parecían por su ambición, brillantez y garantías a los torpes ensayos anteriores. Rescatador de la memoria histórica, no se ha privado de manifestar su deseo de ajustar cuentas con la Transición y de exhibir como un trofeo de su gestión el corte con el que insiste en quebrar la continuidad generacional del consenso constitucional en el Estado y en la sociedad española.

Seguramente, la prueba más elocuente de esa responsabilidad que Rodríguez Zapatero quiere nublar recurriendo al victimismo es el decreto de silencio que se ha impuesto sobre lo que hace ya casi cuatro años se presentaba como una deslumbrante obra de Estado. Para ser justos, hay que reconocer que eso de airear lo de ‘Gobierno de España’, venga o no a cuento, o asegurar que será ‘implacable’ con ETA es una forma de renunciar a que los españoles le agradezcan lo que Zapatero imaginó que generaría a su favor una deuda de admiración que los ciudadanos verían como impagable elección tras elección. Por lo menos, Rodríguez Zapatero ya no parece aspirar a que los votantes le den su confianza por sus dotes de estadista, simplemente busca que tengan un detalle hacia él cuando reciban los diversos aguinaldos que van jalonando el camino hasta las elecciones.

El repudio por parte de Rodríguez Zapatero de su propio legado da sentido a las advertencias que se le hicieron desde procedencias muy diversas sobre los riesgos de ‘abrir el melón’. Pues bien, el melón ya está abierto y, como ocurre con la pasta de dientes cuando se sale del tubo o con el genio que se escapa de la botella, volver atrás en esos juegos resulta un ejercicio costoso con escasas posibilidades de éxito.

Regar el país de subvenciones es un intento de anestesiar el creciente malestar de los ciudadanos y apuntalar unas expectativas en progresivo deterioro con la perspectiva -seguramente ya más preocupante de lo previsto por los socialistas- de seis meses en los que no se pueden esperar noticias especialmente positivas para el Gobierno. Pero ni el ‘cheque bebé’ constituye una política de apoyo a la natalidad, ni subvencionar con 210 euros el alquiler de un piso a un determinado sector de la población electoralmente sensible para el PSOE articula una política de vivienda. De igual manera, acordar bilateralmente incrementos, al parecer espectaculares, de la inversión estatal en Cataluña no facilita sino que hace más complejo el ‘sudoku’ de la financiación autonómica que suscita tanta preocupación en el vicepresidente Pedro Solbes pero no fortalece su autoridad en el control de las cuentas públicas.

Las promesas de política innovadora, la pretendida superación de viejos hábitos en la vida pública y toda la retórica que se ha vertido desde el socialismo gobernante mientras improvisaba la búsqueda de referencias ideológicas se han quedado en eso, en la vuelta a las prácticas inveteradas de la izquierda más rancia. El gasto, la subvención, el subsidio precisamente en un momento de inflexión en las tendencias de nuestra economía en las que el superávit -lo acaba de recordar el gobernador del Banco de España- habría de ser una garantía central de resistencia en los tiempos de dificultad que se auguran. Si España tuviera petróleo, no hay duda de que Hugo Chávez habría encontrado un duro competidor en la lucha por el socialismo global.

¿De qué se queja el presidente del Gobierno? ¿De que esta ‘second life’ que fabrica desde el fracaso de la larga y variada negociación con ETA no les parezca a muchos todo lo real y fiable que a él le gustaría? Hace cuatro años CiU -ganadora de las elecciones autonómicas- rechazaba la reforma del Estatuto catalán por innecesaria, ¿a quién habrá que atribuir la luz verde a un proceso que lejos de promover el famoso ‘encaje’ de Cataluña en España ha convertido a esta comunidad en un pieza suelta dentro del chirriante engranaje nacional? ¿Alguien ha visto la no menos famosa carta de ETA que la exégesis del presidente el Gobierno, por sí y ante sí, convirtió en la póliza que aseguraba el final feliz del alto el fuego? Ni siquiera la eficaz sonrisa de Zapatero es suficiente para recuperar su inicial imagen de ‘bambi’. El victimismo del presidente no es otra cosa que un juego de sublimación de su propio temor a que el armario en el que guarda los varios esqueletos que ha ido acumulando -todos ellos de su estricta y personal factura- se abra en el momento más inoportuno.

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