España es una merienda de negros

septiembre 25, 2007

Adolfo Suárez, en su 75 cumpleaños

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:59 am

Jaime Lamo de Espinosa
Se cumple el 75 aniversario de Adolfo y tal fecha merece algunas líneas, unas cuantas palabras, tal vez pocas entre todas aquellas que me gustaría decirle ahora si él fuera capaz de retenerlas y mantener después de la conversación que hoy nos falta a todos los que le queremos.
   Hace muchos años destaqué, al glosar la figura de Adolfo, una peculiaridad que se ha acentuado con los años: sus silencios. Desde hace ya años, Adolfo no está en la política, su gran pasión y allí donde lucía sus mejores habilidades e inteligencia, pero forma parte de la política y, según avanza el tiempo, se convierte en un referente más crucial e indiscutible. Y desde hace años esos silencios, antes voluntarios, hoy obligados por la maldita enfermedad que le mantiene en su mundo ensimismado, se han vuelto clamorosos, sonoros. Todos desearíamos hoy oír su voz y conocer su opinión sobre la forma en que su obra -la suya y la del Rey, la Transición- es seguida y valorada, aunque todos sabemos, sin escucharle, cuál sería su juicio en esta materia.
   Hace pocas horas se reproducían en otro medio unas declaraciones del año 1980 que jamás se publicaron y que corresponden a un par de meses antes de su dimisión. Su lectura me ha estremecido. Yo le acompañé en su coche aquella mañana desde Moncloa a Zarzuela, donde iba a presentar su dimisión minutos después. Hablamos en el trayecto sobre lo mismo que habíamos conversado durante las dos horas anteriores en su despacho de Moncloa: las razones de su dimisión. Y algunas de las palabras que entonces escuché las he vuelto a leer, menos explícitas tal vez, pero tan elocuentes y dolorosas como entonces. «Mi mayor preocupación actual es la convivencia… Que discrepen, pero civilizadamente… Que no traslademos al país nuestro rencor personal…”.
   Adolfo alcanzó su momento estelar en la Transición. Logró que todo el mundo, todas las personas renunciaran a algo en favor de los intereses comunes del Estado, de la nación española. Logró llevar a España de una orilla a otra pero no como el alacrán sobre el lomo de la rana, sino como el auriga sobre una cuadriga de caballos de diferente doma. Y con el tiempo jugando en contra, pues había que hacerlo rápido ya que el pueblo español no esperaba. La necesidad era perentoria. Era precisa la celeridad, sí, pero también el consenso, la no exclusión y sobre ella, la renuncia, el sacrificio. ¿Hay que recordar, una vez más, la solemne y dolorosa renuncia de Don Juan, la del Rey a sus propios privilegios cercenados por la Constitución con su aquiescencia, las de las últimas Cortes franquistas, las de ciertos partidos -viejos y nuevos- a ciertos símbolos y valores propios, las de una buena parte de la Iglesia o de las Fuerzas Armadas, etc.?
   Todo aquello lo hizo Adolfo con el pleno apoyo del Rey y con una identificación total con el mismo. Su lealtad hacia el Rey fue incontestable. Tal vez porque tampoco hubo en el Rey fisuras cuando entre tantos políticos del régimen anterior eligió a aquel sin el cual la obra a desarrollar jamás hubiera sido posible. Más tarde, el 23-F, ambos en la distancia, conjugan el mismo principio. Suárez elige entre la libertad y la vida y siguiendo el consejo de Don Quijote decide que «por la libertad se puede y se debe aventurar la vida». Y en ese momento tan crucial le acompaña el Rey, en aquella noche aciaga, aventurando su destino también en pro de la libertad y la res pública.
   Se han querido ver muchas veces enfrentamientos entre el Rey y Suárez. Creo estar en condiciones de afirmar que jamás los hubo tan graves como para ocasionar un distanciamiento profundo entre ambos. Aunque hubiera en algunos momentos diferencias de procedimiento, que no de tiempos, en la ejecución de tal o cual acción política. Y como todo el mundo conoce, una buena amistad no se cimenta sin discrepancias ocasionales. He oído muchas veces a Adolfo hablar, entonces y hasta mis últimas conversaciones con él, de sus relaciones con el Rey. Jamás hallé en ellas nada que no fuera lealtad, reconocimiento, afecto y entusiasmo por su figura. El otorgamiento por el Rey del ducado de Suárez con grandeza de España a su cese y el reciente Toisón de Oro -veinticinco años por medio- debieran servir como pruebas incontestables de la muy singular, leal y afectuosa relación entre ambos.
   Es una pena que ahora, cuando Adolfo cumple su 75 cumpleaños, no esté en condiciones de apreciar el respeto ganado, el aprecio y la consideración que algunos españoles -pocos- le negaron en aquellos meses de finales del ochenta, el amor de tantos españoles hacia su persona y su figura ganados en el tiempo con el homenaje a su obra y con la estima por el dolor sufrido en la enfermedad y muerte de su mujer y de su hija Mariam. Pero aunque él no lo pueda valorar, nosotros sí podemos y debemos expresarlo. Ese, y no otro, es el motivo de estas líneas.
   *Lamo de Espinosa fue ministro con UCD y es catedrático de la UPM

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