España es una merienda de negros

septiembre 25, 2007

Satélites o mantequilla

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:28 am

POR JOSÉ Mª GARCÍA-HOZ

PRIMERA parte. Son tantas las novedades tecnológicas que cada día entran a formar parte de nuestra vida que no les damos importancia.

Subes a un taxi, das una dirección imposible y el taxista, imperturbable, enciende el GPS y en treinta segundos no sólo localiza la calle desconocida, sino que también sabe el camino más corto para llegar a ella. Esta operación, que hoy es rutinaria, hace sólo cinco años habitaba en los arcanos de la ciencia-ficción: los taxistas circulaban con un tomo del callejero, pero pobre de ti si dabas con un novato y tu destino estaba fuera del estricto término municipal. Naturalmente, la rutinaria seguridad con la que en cualquier gran ciudad occidental circula de un punto a otro un taxi, o un autobús, o un coche privado, es de una sencillez sólo aparente: el Global Positioning System (más conocido por GPS) cuenta con una red de veinticuatro satélites que pueden facilitar la posición simultánea de millones de puntos móviles o inmóviles y sin coste alguno para el usuario, lo cual, dicho sea de paso, resulta incluso mucho más asombroso que cualquier innovación tecnológica.

Pero no todo puede ser tan bonito, y el GPS tiene un lado oscuro: es, como internet, de invención, propiedad y gestión de los Estados Unidos y, por si fuera poco, su origen es militar. Americano y de origen militar, dos características que resultan inaceptables para la sensibilidad política y tecnológica europea, y por eso, en la alborada del siglo XXI, la UE anunció su propósito de poner en marcha el Galileo, un sistema de navegación auxiliado por satélite alternativo al GPS. Contaría con más satélites, treinta en lugar de veinticuatro, y más precisión, ya que su margen de error sería de un metro, frente a los cinco metros del GPS. El primer satélite del Galileo se lanzó en diciembre de 2005; del segundo, previsto para el otoño de 2006, nunca más se supo; por lo dicho, el aparato tuvo algunos problemas técnicos y, por lo visto posteriormente, la realidad fue que el proyecto embarrancó financieramente. El pasado mes de junio, las ocho empresas implicadas -británicas, alemanas, francesas, italianas y españolas- se retiraron porque no veían claro el negocio. Total, que seguimos dependientes de los norteamericanos, que cualquier día apagan la red de satélites y los taxistas europeos se quedan sin saber por dónde ir.

Segunda parte. Después de dedicar años, muchos años y dinero, cantidades ingentes de dinero, a subvencionar a los agricultores europeos garantizándoles la compra de sus productos, e impidiendo la entrada de la competencia extracomunitaria, resulta que en la Unión Europea el precio de los productos alimenticios ha subido y ya no quedan stocks. Aquellos lagos de leche y montañas de cereales que, según «The Economist», conformaban el paisaje de la Europa Verde han desaparecido. La UE ya no debe subvencionar los productos agroganaderos, porque la producción de los países europeos es insuficiente para atender a la demanda y los agricultores están satisfechos de los precios que cobran, aunque como es inevitable siempre se quejen, porque nadie mejor que ellos sabe que el que no llora no mama. O sea, que tantos años defendiendo la Política Agraria Común y ahora resulta que en la PAC sobran subvenciones, mientras que el proyecto Galileo se queda sin fondos. Pero el cambio de aplicación de los fondos de una partida a otra no es tan fácil: todavía está fresco el recuerdo de las durísimas negociaciones entre los diferentes países: Gran Bretaña no renunciaba a su cheque, Francia no modificaba la PAC y Alemania se negaba a pagar la factura. En 2005, burócratas y políticos de la UE llegaron a un acuerdo ramplón, que apenas dos años después se ha demostrado completamente irreal para afrontar cualquier desafío tecnológico y para atender las necesidades de la agricultura. Aprendices de brujo que quedan atrapados en sus propias disquisiciones político-presupuestarias.

Conclusión y moraleja. Quizá los políticos europeos deberían desistir de planificar el futuro económico de la UE y los recursos dedicados a la reglamentación igualitaria, convertirlos en esfuerzos por superar nacionalismos desconfiados de forma que el Viejo Continente llegue a ser un mercado efectivamente único y abierto. O sea, que en lugar de planificar, se fíen de la gente y de sus iniciativas y acabarán por estar tan adelantados como los americanos.

josemaria@garcia-hoz.com

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