España es una merienda de negros

septiembre 25, 2007

Suárez, entre la niebla

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:26 am

POR IGNACIO CAMACHO

EL tiempo y la Historia tienden a remansar el juicio sobre los dirigentes políticos al atenuar la tensión que genera en la opinión pública el debate inmediato de la lucha por el poder. Así ha empezado a ocurrir con González, cuyo ominoso perfil de los últimos años sale muy mejorado de las comparaciones con Rodríguez Zapatero, y sucederá más pronto que tarde con Aznar, en cuanto se difumine la bruma de la guerra de Irak y resplandezca su hercúlea tarea reformista y el vigor de su gestión económica. Adolfo Suárez, vilipendiado en su momento con una dureza devastadora por propios y extraños, ha acabado reconocido con la misma unanimidad como el artífice de una gesta política esencial cuya memoria ya no puede alcanzarle: envuelto en la nube borrosa del alzheimer, el piloto de la nueva democracia española ni siquiera recuerda que fue presidente del Gobierno.

Por muy propio que resulte de la condición humana, hay algo de obsceno en este elogio colectivo casi póstumo en el que muchos de los que demolieron su figura con sañudo encono entonan ahora el cántico conmemorativo de alabanza sin asomo de remordimiento ni atisbo de palinodia. Puede que Suárez no recuerde, pero a los demás aún no se nos han podrido las neuronas lo bastante como para olvidar el acoso brutal, la cacería salvaje con que lo cercaron hasta ponerlo al borde de un colapso moral del que, como se aprecia en la excelente entrevista inédita de Josefina Martínez del Álamo, él era perfectamente consciente en los crispados meses previos a su renuncia. Y no sólo fueron sus rivales quienes se aplicaron con crueldad a aniquilar el mismo liderazgo que hoy ponderan con hipócrita objetividad retrospectiva; es bien sabido que lo que de verdad le hizo caer fue la conspiración cainita de los suyos, la encarnizada conjura de sus propios tribunos que le clavaban en la turbulencia crítica de los años más duros los puñales de la soledad, la deserción y el engaño. Los mismos, por cierto, que añoran y celebran ahora sin pudor aquella época liminal de aventuras y consensos de los que ellos se borraron en una miope, cuando no infame, turbamulta de intrigas, defecciones y deslealtades.

Nadie, quizá ni el propio Adolfo, torturado de dudas y devorado por los manifiestos errores de su osadía, quedó a salvo de aquella convulsión que pudo dar al traste con el sueño democrático, tan encarecido en esta hora triste de innecesario y resentido revisionismo zapaterista. Pero es menester que cada cual se mire en el espejo de su responsabilidad antes de condecorarse a sí mismo con las galas de una clarividencia histórica que quizás hiciese sonreír de sarcasmo a su beneficiario si se hallara en condiciones de contemplar tanta avenencia tardía. Desde la maldita niebla mental con que hoy soplará, si puede, las velas de su 75 cumpleaños seguro que ha absuelto ya a los cínicos panegiristas de su legado; quién mejor que él, tan pragmático, tan audaz, tan utilitarista, tan atrevido, tan maniobrero, tan vivo, tan jugador de fortuna, podría comprender con cierta piedad las turbias, viscosas, envilecidas miserias de la política.

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