España es una merienda de negros

septiembre 25, 2007

Suárez, un español leal al Rey

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:50 am

POR CONSUELO ÁLVAREZ DE TOLEDO

Cumple hoy setenta y cinco años. Por lo menos cuarenta de ellos dedicados a lo que más le apasiona: España. Porque Adolfo Suárez –imposible retratarle con una sola imagen, calificarle con un simple adjetivo, hacerle justicia en novecientas palabras- es un español por los cuatro costados; y sobre todo, un hombre bueno.

Bueno en el sentido del amor certero. Adolfo dejó el poder por más de una razón. Ya sería importante la de preservar la democracia, cuyos intríngulis todavía quedan por desvelar. Y comprensible la desolación del líder que se siente «totalmente desprestigiado», como contaba ayer en ABC. Pero es que además había otras pequeñas razones que se clavaban en el alma de un padre de familia. Un mensaje de su hijo en la almohada fue igual de dirimente. Es el factor humano de un Adolfo Suárez apenas vislumbrado. Amor de padre y esposo compensado después hasta la extenuación: «por ti lo dejo todo». Y así fue.

Llevaba en la sangre la política desde que dio su primer vagido allá en Cebreros, bajo la mirada atenta de Doña Herminia. Nacido en una España partida por el corazón helado de una guerra entre hermanos, Adolfo Suárez creció entre las murallas de una dictadura larga, con fríos bajo cero de libertades, en el recinto del Ávila que parecía fuera del tiempo real. No pertenecía a ninguna de las élites de España y quizás por ello tuvo que aprender muy pronto a sentir los pies sobre la tierra. Algunos llamarían a esto pragmatismo; otros, ambición. Pero él sólo sabía que tenía que llegar a tiempo a su cita con el destino.

Alejado de los cenáculos

Crecido a golpes de osadía, acampó en los vericuetos de la dictadura y como tantos otros se dio cuenta de que asistía a la muerte anunciada de un régimen sin horizonte. Intuitivo, supo adelantarse a los tiempos del franquismo. Él no estaba en las quinielas, no cultivaba los cenáculos madrileños, no formaba parte de las conspiraciones. Era «un azul» guapo y simpático; ninguna amenaza para quienes albergaban ambiciones sucesorias. Era un hombre normal que quería para España lo que en otras latitudes era simplemente normal. Y apostó con todas sus fuerzas por un proyecto de España en libertad a sabiendas de que contaba con muy pocas lealtades.

Pero tuvo, eso sí, la confianza imprescindible de quien pudo y supo designar. Ahora años después algunos se empecinan en manchar la relación de Adolfo Suárez con el Rey sin entender la clave arquitectónica que permitió construir la democracia: lealtad como palabra enteriza y sin ambages, que implicó siempre el valor sobreentendido de que por encima de cuestiones personales estaba en juego la reconciliación y la concordia. Para ello era imprescindible un «desclasado» capaz de superar las dos Españas, y también tener una idea muy cierta, clara, de España, de una España de concordia, plural, libre y más justa.

Ligero de ataduras, sin rencores familiares, sin lastres ni bagajes, libre para el camino. Porque Adolfo Suárez ha sido además un hombre libre. Sin más memoria histórica que la conciencia ampliamente compartida por la mayoría de que aquella guerra civil jamás se debería repetir. Encelado en la idea, comenzaron los tiempos trepidantes de una transición complicada, a veces casi de película. Ahí apareció el Adolfo Suárez más complejo. Razonar, convencer, negociar a derecha e izquierda; gobernar con unos cuantos convencidos de tener más méritos que él para ocupar la Presidencia; soportar el menosprecio de los suyos, resistir el juego sucio de los otros.

Era gobernar siempre al límite del riesgo que olvidaba con pequeños placeres de la vida: el humo de un cigarro, las películas en casa, los amigos de verdad, para acabar siempre hablando de política. La Constitución trabajosamente elaborada hasta altas horas de las noches de La Moncloa. Es el Adolfo de los Pactos y el consenso, el presidente seductor, el jugador de mus capaz de echar un órdago a la chica para ganar el juego después.

Una época admirada

La Transición y la Constitución de España serán, desde entonces, admiradas. Y el presidente del Gobierno vivirá sus mejores momentos de estadista. Años después algunos hablarán de segundas transiciones, como si aquella hubiera sido una aventura inacabada; ignorando que el gran éxito de la Constitución fue integrar y no excluir, ceder para obtener, una gran «puesta en común» que requería hablar y convencer, negociar, volver a hablar. Negociar otra vez y consensuar los Estatutos, las leyes, los presupuestos…

Gobernar así, de esta manera, convertiría a Suárez en objeto de oscuros deseos y ambiciones entrelazadas hasta el tragicómico golpe de Tejero. Y allí fue donde Adolfo demostró que además era un valiente. Erguido frente a las pistolas, sabedor de lo que él todavía representaba, con su gesto habitual de abrocharse el botón de la chaqueta, salvó la dignidad de una democracia todavía balbuceante. Días antes se había confesado el «más desprestigiado»; desde aquel instante, Adolfo Suárez comenzó a caminar por los senderos de la historia. Y hoy es el más prestigiado de nuestros políticos. Feliz cumpleaños, señor presidente.

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