España es una merienda de negros

octubre 1, 2007

Elogio al pragmatismo

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 8:18 am

CASIMIRO GARCIA-ABADILLO

La escenografía es crucial para los partidos nacionalistas. Nada como un buen mitin en una idílica campa, banderas al viento, para sentir que uno forma parte de algo diferente, distinto y, en definitiva, mejor. «Lehendakari aurrera», gritaban ayer los miles de militantes del PNV que acudieron a Foronda a escuchar a su líder tan sólo 48 horas después de que éste propusiera poner en marcha el camino hacia la secesión de España.

«¿Qué hay de ilegal en preguntar a la sociedad, en solicitarle que nos abra la puerta para iniciar un camino? Si es ilegal consultar a la sociedad vasca, ¿de qué sirve el autogobierno vasco, de qué sirve ser lehendakari?», se preguntó Ibarretxe como si hubiera olvidado de repente que la Constitución que él pretende violar es la que le ha permitido ser el presidente de los vascos, de todos los vascos.

La determinación de Ibarretxe para cumplir su plan (dijo que no le iba a «temblar el pulso» a la hora de convocar la consulta) contrasta con la débil respuesta que ha dado el Gobierno a ese inaudito reto institucional y político.

Piensa Zapatero que unas palabras suyas bastarán para aplacar las ansias soberanistas del lehendakari. Sostiene su vicepresidenta que, «más que un desafío, la propuesta de Ibarretxe es un desvarío». El mensaje del presidente ayer en Silleda (Pontevedra) va en la misma dirección. Al tiempo que afirma que Ibarretxe «se equivoca de país, de continente y de siglo», rechaza el «alarmismo y las exageraciones» generadas por sus desvaríos.

¿Es que están ciegos? No, sencillamente es que han optado por no asumir su responsabilidad. Es decir, por ignorar que lo que está pasando no es ni más ni menos que la consecuencia directa de ese rediseño del Estado que Zapatero puso en marcha originariamente, no como un planteamiento definido y meditado, sino como pago de su deuda política con Maragall.

Pero no, señores del Gobierno. Esto no es una broma. La propuesta de Ibarretxe es el reto más importante al que ha tenido que hacer frente nuestra democracia desde el golpe de Estado del 23-F. El lehendakari, a diferencia de la indefinición de su anterior plan, ahora ha puesto fechas a su delirio soberanista. Y ha dicho en el Parlamento vasco que llevará adelante su proyecto con o sin acuerdo con el Gobierno. Es decir, que habrá un referéndum el 25 de octubre de 2008. Es consciente de que se trata de una consulta ilegal, inconstitucional, pero eso no le importa, porque él niega la mayor, como ayer se encargó de reiterar en Alava.

Si el Gobierno pone en marcha los mecanismo legales para impedirlo, Ibarretxe tendrá una coartada. Por ello, ha fijado la fecha de las elecciones autonómicas para después del referéndum.

Sin embargo, no sólo se trata de una jugada electoral destinada a permanecer cuatro años más en el poder. Eso es sólo una consecuencia, un daño colateral de un proyecto que somete al Estado a una tensión permanente. ¿Por qué? Sencillamente porque el gobierno que salga de esas elecciones sólo tendrá un fin: la independencia. Y porque el PNV recupera así la idea de reunificar, liderándolos, a todos los nacionalistas, incluyendo a Batasuna.

Como el Gobierno no puede ceder al chantaje (ya se encargó ayer de recordárselo el presidente del Supremo, Francisco Hernando), e Ibarretxe lo sabe, le está dando implícitamente una justificación a ETA para seguir asesinando en nombre del pueblo vasco y de sus pretendidos derechos históricos.

Josu Jon Imaz decidió abandonar la presidencia del PNV precisamente porque sabía lo que el lehendakari se traía entre manos y que él, como líder del partido, no tendría más remedio que apoyar, como ha hecho el acomodaticio Urkullu. Ayer, Imaz insistió en sus planteamientos, que consisten en edificar el proyecto nacionalista con el concurso de otras fuerzas políticas. Pero, el pragmatismo de Imaz es incompatible con el iluminado discurso de Ibarretxe. «Nos tienen que brillar los ojos, hay que estar ilusionado para levantarnos de la cama cada día», clamó.

Lo que tenemos enfrente es, ni más ni menos, un PNV y un Gobierno vasco que, por primera vez, han puesto fecha a su desenganche con España. Y eso no es como para tomárselo a chacota.

Zapatero ha jugado desde que accedió a La Moncloa a aprendiz de brujo. Y se ha equivocado constantemente. Coqueteó con el PNV, pero cuando Otegi le remitió su halagadora carta (la que le invitaba a ser «el Blair español»), el presidente dejó colgado a Ibarretxe. El líder de Batasuna le puso en bandeja el cebo de lograr el «final dialogado de la violencia». De ahí nació el ahora olvidado por fracasado proceso de paz.

¿Qué le ocurrió con Maragall? Tres cuartos de los mismo. Tras aceptar poner en marcha el Estatuto catalán (decisión que es el origen de muchos de los males que ahora le acechan), coqueteó con Artur Mas. Hasta el punto de pactar con él en secreto y darle esperanzas de que sería el futuro presidente de la Generalitat. Como ha recordado la pasada semana Montilla, él no sería president si ello hubiera dependido de la dirección socialista.

Todo es cortoplacismo en la política de Zapatero.

Tirar de chequera para ganar las elecciones, recurriendo a improvisadas políticas sociales, no le va a ser suficiente como para obviar el debate político de fondo.

La clave del éxito de nuestra transición política fue el pragmatismo. Probablemente, Suárez no era el mejor político que haya dado la España moderna. Y tal vez, ni siquiera Avila. Pero sabía que para salir de aquel atolladero, lo mejor que se podía hacer era partir de cero y hacer que todos (comunistas, franquistas, monárquicos, republicanos, nacionalistas, etcétera) renunciasen a una parte de sus principios con el fin de garantizar la convivencia. El Rey Juan Carlos le ayudó en el difícil frente de los militares.

Pues bien, Zapatero se ha cargado de un plumazo aquel espíritu. Ha pretendido refundar España apoyándose en los que no creen en ella. Ha machacado al PP, el único partido con el que puede pactar políticas de Estado, y ha fomentado debates artificiales como el de la recuperación de la memoria histórica.

Bueno, pues ahora tiene que lidiar con las consecuencias de su irresponsable política.

El reto al Estado de Ibarretxe no va a ser flor de un día. Pronto tendremos a los republicanos de Carod-Rovira pidiendo tres cuartos de lo mismo. Y al BNG pugnando por no quedarse atrás.

Zapatero tendrá que montar una consulta en La Moncloa para recibirlos a todos ellos e intentar apaciguarlos. Pero ni siquiera Freud sería capaz de dar satisfacción a los calenturientos sueños que alimentan hoy los líderes de los partidos nacionalistas.

¿Cómo creer en la sinceridad del presidente si es su partido el que gobierna con ellos en Galicia y en Cataluña? ¿Cómo no dudar de su capacidad para resolver este gran sudoku si ha sido él que ha dado cuerda a la fiera de la confrontación con España? ¿Cómo darle la confianza para gobernar una nación cuya esencia ha sido puesta en duda por él mismo?

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