España es una merienda de negros

octubre 1, 2007

La traición de «Lizarra»

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 8:23 am

J. P.

MADRID. En agosto de 1998, poco más de un año después del secuestro, tortura y asesinato de Miguel Ángel Blanco, ETA, PNV y EA firmaban, en una reunión clandestina celebrada en Francia, un acuerdo político a espaldas del Estado de Derecho y, por supuesto, de la propia sociedad vasca.

El acuerdo sentaba las bases para la constitución de un «estado vasco independiente». El precio que debían pagar el PNV y EA a cambio de que ETA anunciara «un alto el fuego indefinido» era su compromiso de «abandonar todos los acuerdos» que mantenían «con las fuerzas cuyo objetivo es la destrucción de Euskal Herria y la construcción de España (PP y PSOE)». Por aquel entonces, el PSE formaba parte del Ejecutivo Ardanza, mientras que nacionalistas y constitucionalistas compartían la vigencia del Pacto de Ajuria Enea.

La prueba de que el PNV y EA se comprometieron a traicionar a los «españoles» estriba en que pocos días después, el 12 de septiembre, ETA anunciaba una tregua indefinida y las formaciones nacionalistas y abertzales escenificaban el pacto de Estella.

La deslealtad del PNV y EA cogió por sorpresa al Gobierno de Aznar. Aún así accedió a hablar con ETA para transmitirle con nitidez que en ningún caso iba a aceptar una negociación política, que no reconocía ni en la forma ni en el fondo el pacto de Estella y que tan sólo estaba dispuesto a hablar de «paz por presos». Y como certificado de su propuesta acercó a varios de ellos desde Canarias, Ceuta, Melilla y Baleares a prisiones de Andalucía. Era un primer gesto.

Convencidos de que el Ejecutivo de Aznar no estaba dispuesto a pagar un precio político, los cabecillas de la banda no acudieron a un segundo encuentro previsto en Suiza.

Pese a ello, representantes del PNV y EA, a quienes se sumó un interlocutor de IU, mantuvieron las reuniones secretas con los dirigentes etarras. Pero cuando en julio de 1999 «Mikel Antza» les forzó a comprometerse con un calendario concreto que llevara al País Vasco a la independencia, PNV, EA e IU pusieron las negociaciones en punto muerto para, después, dar marcha atrás.

Al final, los cabecillas de la banda consideraron que la estrategia de los nacionalistas había tenido como objetivo «ganar tiempo» para que la «izquierda abertzale» se acomodaran en un escenario de ausencia de violencia y se desmovilizara, de tal forma que a ETA le resultara cada vez más difícil reanudar la actividad terrorista. Sin embargo, lo que frenó al PNV y EA fue la exigencia de los terroristas de romper frontalmente con la legalidad para echarse al monte. Una huida hacia adelante que en ningún caso hubiera sido secundada por la sociedad vasca, incluso por amplios sectores del nacionalismo. En septiembre, ETA les citó, de nuevo, en la clandestinidad de Francia. «Antza» envió a dos «correos» para que reprocharan a los nacionalistas su «traición» y les trasladaran el inminente fin de la tregua. Pero la auténtica traición estuvo en que ni el PNV ni EA informaron al Gobierno de las malvadas intenciones de la banda.

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