España es una merienda de negros

octubre 1, 2007

Yo tenía un camarada

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 9:51 am

Por César Alonso de los Ríos

El 10 de noviembre de 1946 Informaciones dedicó un número especial a “la conmemoración de la muerte de José Antonio”, cuyos restos habían sido depositados la víspera en el Monasterio del Escorial. Los titulares iban a toda página. Los artículos de la primera iban firmados por el director, Víctor de la Serna, y por el muy joven secretario de redacción: Eduardo Haro Tecglen.

El texto es una pieza que la llamada memoria histórica no puede dar de lado. Se trata de una muestra de la mejor literatura falangista (…) El artículo se titulaba “Dies irae”, y decía así:

La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona célebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronado por el águila del Imperio que se elevan en la Basílica lloran esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánima, la muerte del Capitán de España.

Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el cielo gris de la niebla y a lluvia, y cae sobre la ciudad –lacrima coeli– una lluvia fina y gris.

El instinto, el subconsciente, nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida; de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina… La doctrina del fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene valor de vida en la de todos los camaradas de Falange.

Se nos murió el Capitán pero el Dios misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de sentido y enderezador de la historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.

Y así, en este día de dolor –Dies irae–, a las once, once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas –cirios encendidos en sus manos–, ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositado sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Cristus Vinci (sic) y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse de allí donde el mármol vela su cuerpo.

Una alegría tenemos: la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.

Pocos textos de los recogidos por Mainer en Falange y literatura o por Rodríguez Puértolas en su más generosa antología de la literatura fascista son superiores a éste en calidad literaria. Era también un texto de alto significado político. Había que enterrar definitivamente a José Antonio porque la garantía del Movimiento estaba asegurada por Franco.

Eduardo Haro Tecglen, “el niño republicano”, como se llamó a sí mismo, era hijo de un marino nacido en Frómista (Palencia) que dejó su profesión para dedicarse al periodismo y que, en tiempos de la II Republica, llegó a ser subdirector de La Libertad, de Juan March (antes de Santiago Alba). El abuelo materno de Haro fue el maestro Tecglen, músico silbante, letrista de cuplés tan famosos como Vino tinto con sifón, de obritas para los cafés cantantes, en los que triunfaba entonces el género psicalíptico.

Terminada la guerra, “el niño republicano” se hizo del Frente de Juventudes y comenzó a trabajar, por necesidades económicas (el padre había sido detenido por haber seguido trabajando en el periódico después de haber sido tomado por el Frente Popular). Haro se estrenó en ¿Qué pasa?, que era un semanario brutal, dirigido por Pérez Madrigal, el ex diputado radical-socialista conocido en las Cortes republicanas como el Jabalí. Pronto pudo pasar a Informaciones, de Víctor de la Serna. No le siguió a éste a la aventura de La Tarde. Prefirió seguir haciendo su carrera en el Informaciones nacional-católico de los Sáez Díez, donde llegó a ser subdirector y corresponsal en París. En 1960 sucedió a Manuel Cerezales en la dirección de España de Tánger por designio del ministro Arias Salgado. En este periódico llevó adelante la delicada tarea de servir a los intereses de España en una plaza tan complicada como Tánger. Nudo de espías, territorio clave para España y para la monarquía alauita. Como director, Eduardo Haro valoró la “vía constitucional” de aquélla, esto es, de los reyes Mohammed V y Hassan II. En 1962 José Angel Ezcurra le ofreció la subdirección retórica de Triunfo y el trabajo real como comentarista de política internacional.Triunfo era un semanario dedicado a los espectáculos, al cine especialmente. Había sido una concesión del Régimen a la familia Ezcurra en agradecimiento por los servicios prestados por ésta en la posguerra. El director fue desde el comienzo Luis Ángel Ezcurra, y lo seguiría siendo hasta el final del semanario. ¿Por qué pasó a ser Triunfo un semanario de información general, y por qué pudo deslizarse poco a poco hacia posiciones progresistas?

En 1962 el semanario fue comprado mayoritariamente por Movierecord, que era una empresa de comunicación con voluntad de grupo multimedia (publicidad, prensa, cine, discos, televisión…) dirigida por el belga Jo Linten. En efecto, Movierecord se hizo con Estudios Moro, montó Movieplay y entró en el mundo de la prensa a partir de Triunfo. Posteriormente sacó Mundo Joven y Teleprograma.

Y ¿quién era o había sido Jo Linten? Un periodista de la confianza política de León Degrelle que un buen día pudo escapar de Bélgica, aterrizó en la Concha de San Sebastián y se acogió a la protección del régimen de Franco. Paradójicamente, iba a ser un antiguo rexista el que impulsara el cambio de contenidos de Triunfo y favoreciera el deslizamiento de la publicación hacia la izquierda. Movierecord necesitaba dar una imagen abierta, no franquista, en las convenciones europeas e internacionales. También fue posible el cambio gracias al equipo de técnicos que asistía a Linten, y que respiraba por la izquierda: Álvarez, Ducay. Así que Triunfo no fue un terminal del PCE, ni la estrella de cinco puntas tuvo el más mínimo simbolismo. Fue un ex nazi, en los buenos tiempos todavía del franquismo, el que hizo posible la creación de la revista cultural de la izquierda. Triunfo es una prueba de la capacidad del sistema para la metamorfosis (…) El sistema se abría, los profesionales también, el público era cada vez más permeable al exterior. En el caso de Haro y de Ezcurra, su progresión ideológica fue tortuosa. Eran “hijos de la guerra”, los “hermanos menores”.

Nunca llegaron a creer que el Régimen se dejara manejar hasta el punto de dar paso a la democracia. Haro pasaba de las citas de Spengler a las de Toynbee. Iba avanzando a tientas y siempre con retraso respecto a sus compañeros de generación (Alfonso Sastre, Juan Antonio Bardem, Fernando Fernán Gómez…), y acuciado por los que veníamos detrás, que ya pertenecíamos a otra generación, a la de los sesenta. Próximo a Ezcurra, José Monleón fue el hombre clave en el traslado del Triunfo de Valencia a Madrid, en el salto informativo del semanario y en la contratación de firmas como las de Haro o Miret Magdalena. Crítico de teatro, inexcusable a la hora de explicar la evolución de éste. Fue el que montó Primer Acto y Nuestro cine, y el que explica la presencia en Triunfo de César Santos Fontenla y Jesús García de Dueñas.En Triunfo íbamos a integrarnos periodistas que, por razones de edad y de formación cultural, no teníamos que ver con el clima de la inmediata posguerra. Después de Santos Fontenla y Dueñas fuimos llegando, por este orden, Eduardo García Rico, Víctor Márquez Reviriego y, juntos, Nicolás Sartorius y yo, que veníamos de Siglo 20, una hermosa revista de Barcelona, decididamente de izquierdas, que hicieron Manuel Vázquez Montalbán, Guillermo Luis Díaz-Plaja, Ángel Abad, Salvador Clotas, José Agustín Goytisolo… Y que yuguló Manuel Fraga poco antes de poner en marcha su Ley de Prensa. Todos nosotros estábamos ya tocados por la política. Sartorius y yo habíamos sido procesados y encarcelados por haber militado en el FLP (Frente de Liberación Popular), Víctor no disimulaba sus simpatías socialistas y César y Jesús se movían en la órbita del PCE, al que pasaríamos enseguida Nicolás y yo. En Triunfo fue redactor jefe Pablo Corbalán, que había hecho la guerra en el lado republicano y que al final de ésta había sido acogido en Informaciones por el magnánimo Víctor de la Serna.

A todos nosotros, y a los colaboradores que hacían posible la publicación, iba a encontrarse Eduardo Haro Tecglen cuando dejó España de Tánger para trasladarse a Madrid, ya en torno al 68. Durante varios años vivió con desconcierto la evolución de la sociedad española, sin conseguir hacerse a la idea de una posible transición. Por esto el discurso de Triunfo fue quedando en mera retórica, en los últimos tiempos del franquismo. Ocurrió luego que, una vez hecha la transición, Haro se invistió de “niño republicano”, rojo más que de izquierdas, hasta el punto de olvidarse del pasado totalmente, del traslado de los restos de José Antonio al Escorial, de sus viejos camaradas. Quiso rescatar de la II República un radical amoralismo. Sólo quedó de su hombre viejo la defensa de las tres unidades en el teatro, la incapacidad para entender la vanguardia teatral, como demostró sobradamente en su sección de El País. Se quedó en Ruiz Iriarte y en el mundo de su abuelo Tecglen, el músico silbante. Su padre nunca llegó a estrenar una comedia titulada El torerillo de Chamberí. Su gran maestro había sido Alfredo Marquerie. Su ilusión, haber salido al proscenio a saludar mientras sonaban los “bravos”. Odiaba la política internacional.

NOTA: Este texto pertenece al capítulo XI de YO TENÍA UN CAMARADA, la más reciente obra de CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS, que acaba de poner a la venta la editorial Áltera.

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