España es una merienda de negros

octubre 3, 2007

En Madrid se está cociendo un rabo

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 7:36 am

IGNACIO RUIZ QUINTANO

A vacas gordas, toros flacos. Es una ley sociológica que los sociólogos no logran entender: la intuyó Ortega cuando dijo que nuestra historia no se entendería sin los toros. Y es que al español, en cuanto pilla dinero de bolsillo, le encanta irse a los toros a alternar. Una vez en la plaza, para celebrarlo, se mata a pedir orejas y, si la señora que lo acompaña se pone de antojo, rabos.

El rabo, pues, es un estado de ánimo. Ya lo dijo Félix Rodríguez de la Fuente: «Si el ser humano estuviese provisto de rabo, podríamos conocernos mejor y saber la disposición anímica de nuestros semejantes, según su posición: si lacio, tranquilidad; si erecto, agresividad.» ¿Será el rabo una reminiscencia caníbal, como el beso?

Yo creo que un rabo tiene algo de indicador económico. En ese sentido, los rabos de Madrid serían como los cometas, que aparecen cada tantas décadas para anunciar catástrofes. El rabo de Palomo Linares fue el fogonazo de magnesio al «boom» económico de Fabián Estapé, y el rabo de José Tomás, que es ese rabo que ya se está viendo venir, será el fogonazo de magnesio al «boom» económico de Pedro Solbes, el ministro tancredizado que en cuatro años sólo ha abierto la boca para decir que el aznarismo dejó la despensa vacía, y si lo que quisiera decir es que con el aznarismo menguaron los chorizos, tampoco le faltaría razón al ministro tancredizado, que habla de despensas como si fuera Joaquín Costa, para quien España no era más que una proyección de Europa sobre un lienzo:

-Soy la sombra de un lacayo con la sombra de un cepillo cepillando la sombra de una carroza.

El español, para «desasombrarse», necesita pararse en París. Costa se paró pensionado por la Diputación de Huesca, y a orillas del Sena cogió la perra de la escuela y la despensa. Cúchares se paró invitado por la emperatriz Eugenia, organizadora de la corrida parisina, y ante el palco imperial, ocupado por el emperador, la emperatriz y el heredero -un niño-, observando que a todo el mundo se le llamaba «vous», que él oía «Bu», improvisó su brindis inmortal: «¡A Bu, a la señora de Bu y al Busito chico!» Y lo que luego, según Bergamín, para los franceses empezó con la torre Eiffel, empezaría para los españoles con Don Tancredo.

-Francia tiene un papel fundamental en la idea universal de la Fiesta.

Eso ha dicho el sociólogo de cabecera de Sarkozy, Pierre Giacometti, cuyo cartel ideal para 2008, el año del rabo en Madrid, lo componen, «primero, y muy por delante», José Tomás (el sociólogo abreva, como es natural, en las páginas taurinas de «Le Monde» y «Liberation»), y luego, El Juli y El Cid. Para redondear el cartel, debería proponer los toros de más respeto, que son los victorinos, y así, el que más naturales pegase, capador. Hombre, si el gobierno de Aguirre pusiera los toros y el gobierno de Sarkozy los toreros… ¡menuda goyesca del Bicentenario de la Independencia saldría! Mas no nos caerá esa breva, porque lo que nos tiene que caer es un rabo, pero no de toro victorino, sino de buey Kobe, raza más sometible a la caricatura del quietismo, que el quietismo -«sed de espacio, hambre de muerte»- también es un invento español. Hoy no hay empresario ni presidente ni veterinario ni tendido ni Miguelín que se oponga al destino manifiesto de desrabar a un buey Kobe en Madrid. Un rabo al carisma, que nunca es lo que uno tenga, sino lo que los demás le quieran dar.

-¿Quién tiene razón -preguntó Bergamín-, el torero que burla al toro con una maravillosa, exacta, matemática precisión de un perfecto juego de movimientos, con una dinámica actividad ajustada, armoniosa, o, por el contrario, el Don Tancredo inmóvil, fijo, que concentra todo su afán humano, desde el temblor, el estremecimiento del miedo inmediato, hasta el del mismísimo temor de Dios, para poder estarse quieto? ¿Quién tiene razón, el torero Don Juan Tenorio o la tancredizada estatua del Comendador que lo mata?

Pero la gente no quiere razones; la gente quiere rabos.

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