España es una merienda de negros

octubre 7, 2007

“SI MITRIDATES LEVANTARA LA CABEZA…” POR PEDRO J. RAMÍREZ

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:25 pm

En una muy comentada crónica, publicada el domingo pasado, nuestra corresponsal política Marisa Cruz recogía la interpretación voluntarista de «un miembro del Gobierno» sobre la escalada de ofensas de los nacionalistas radicales contra el Rey, la bandera y demás símbolos del Estado: «Lo importante no es el veneno, sino las dosis… El veneno en pequeñas dosis no sólo no es letal, sino que puede incluso curar».
Eso mismo pensaba Mitridates VI, rey del Ponto, quien, tras haber accedido al trono en medio del reguero de cadáveres formado por sus propios padres, hermanos, tíos y demás familia -última cosecha de las guerras fratricidas entre clanes tan habituales en esa zona del norte de la actual Turquía-, y viendo o intuyendo por doquier las orejas del lobo de la traición, decidió convertirse en inmune a los venenos mediante la ingesta paulatina de pequeñas pero progresivas dosis de cuantas sustancias tóxicas iba conociendo.

A partir de este punto la historia y la leyenda se confunden pues los más reputados tratadistas de la época no logran ponerse de acuerdo sobre cuál era su modus operandi. Según el epicúreo Celsus, precursor de la literatura médica, el protagonista de las bautizadas en su honor como Guerras Mitridáticas que mantuvieron en jaque a Roma durante casi un cuarto de siglo, habría ido utilizando a los prisioneros condenados a muerte como cobayas de los distintos remedios contra los venenos hasta inventar una especie de antídoto universal o mitridato formado por 36 ingredientes disueltos en miel que incluirían la albahaca, el perejil, el cardamomo, el anís, los nardos, la resina, las semillas de zanahoria o la raíz de genciana.

Plinio el Viejo eleva el número de componentes de la pócima milagrosa hasta 54, añadiendo entre otros la sangre de pato, mientras que para Aulus Gellius se trataría de una receta mucho más modesta -hallada en poder de Mitridates en el momento de su muerte-, a base de dos avellanas secas, dos higos y 20 hojas de ruda prensadas con sal. Uno y otro coinciden, eso sí, en que después de ingerir tan pintoresco antídoto, el rey del Ponto ponía cada día su eficacia a prueba, suministrándose una dosis limitada de algún veneno.

Tal práctica ha pasado a la historia como mitridatismo -así consta en el diccionario de la Academia- e incluso en tiempos recientes ha sido, al parecer, ejercitada por cuidadores de parques zoológicos, artistas circenses e incluso investigadores obligados a trabajar con serpientes u otras especies venenosas. En francés se emplea el término mithridatisation y, según una enciclopedia contemporánea de fácil consulta, «l’expression s’utilise parfois pour d’autres intoxications, idéologiques par example».

De ahí la pertinente pregunta que cabe formularse en la España de hoy: ¿está siendo adecuada, inteligente y eficaz una forma tan temeraria de luchar contra la «intoxicación ideológica» nacionalista como la que -reflejando sin duda el más íntimo sentir de Zapatero- le describió ese «miembro del Gobierno» a Marisa Cruz?

También aquí existen discrepancias sobre el nivel de consistencia y sofisticación del presunto antídoto universal con que Zapatero protege el estómago político de la nación de los venenos que seguidamente nos obliga a engullir a todos. Para sus más crédulos partidarios el republicanismo cívico con sus leyes de Dependencia e Igualdad, su Educación para la Ciudadanía, su matrimonio homosexual, su Alianza de Civilizaciones, sus cheques-bebé, sus planes sobre la eutanasia y sus ayudas al cine forma ya una sólida, resistente e impermeable película de moderna ideología progresista que preserva su proyecto ante cualquier producto tóxico por alto que sea su poder corrosivo. Cada vez somos más quienes, reconociendo sus aportaciones positivas desde el punto de vista de los derechos civiles, la multilateralidad o la protección social, no vemos, sin embargo, en todo eso sino una mera capa de pintura sobre un trivial parcheado de ocurrencias, fácilmente perforable por la audacia contaminante de cualquier agente externo medianamente agresivo. Tal vez ésta sea la explicación de por qué el presidente tiene un alto índice de simpatía, pero un muy bajo nivel de prestigio.

El caso es que cada mañana, como si fuera el más osado de los tragasables, el más audaz de los comedores de fuego o aquel reverendo Jones de la Guyana que un día que se le fue la mano llevó a sus seguidores al suicidio colectivo, Zapatero ha estado liderando la ingesta de cantidades limitadas de todo tipo de preparados potencialmente letales, procedentes siempre de las reaccionarias retortas del separatismo. Un buen lunes se nos suministra una pizca de arsénico en forma de declaración sobre lo «discutido y discutible» de nuestro propio ser; un martes unas gotas de cianuro sobre el «derecho a decidir de los vascos»; un miércoles unos gramos de belladona con formato de negociación política secreta con ETA-Batasuna; un jueves una cápsula de ácido prúsico para ayudar a digerir la inmersión lingüística obligatoria en catalán; un viernes una jícara de láudano para amenizar el cántico de himnos contra los invasores españoles en las galescolas de la Xunta; un sábado un chupito de estricnina para olvidar las multas a quienes no cumplan las normas de rotulación en los escaparates; y un domingo un granizado de cicuta para sobrellevar el bochorno por la discriminación del castellano en la feria de Fráncfort y su justificación por Carod con el ejemplo de que tampoco Alemania estaría representada por quienes escribieran en turco.

Hasta ahora el inicial efecto adormidera, común a todos estos venenos, ha funcionado con puntual regularidad en la España del ladrillo y del tomate. Cuando el PP, algunas organizaciones cívicas o algunos medios de comunicación hemos instado al cuerpo social a no aceptar lo inaceptable, a preservar la integridad de nuestra entraña y vomitar la ponzoña que se nos suministraba, ahí estaba la guardia de corps del Mitridates leonés para exigirnos que no interrumpiéramos el experimento, aceptáramos las tragaderas de los demás y dejáramos de crispar, desestabilizar y amedrentar a los ciudadanos entretenidos en pagar la hipoteca de la casa de la playa o en entontecerse con la telebasura.

Sólo en las muy contadas ocasiones en las que el obligado a pasar por el aro de los envenenadores no reúne ninguno de los estigmas que le harían merecedor de casi cualquier trato vejatorio -alguien que se sienta muy español, profese ideas conservadoras, forme parte de una familia convencional y albergue convicciones religiosas tiene todas las papeletas en la Cataluña del tripartito-, sólo cuando al Ghota progresista no le queda más remedio que admitir que quien está a punto de ser víctima de la alta toxicidad ambiental es uno de los suyos, entonces se abren durante unos instantes las aguas del Mar Rojo para que la hija del pueblo elegido pueda ser rescatada, siquiera sea de forma precaria, a través del pasillo de la solidaridad.

Pero ni siquiera esto podrá estar garantizado en un futuro no lejano, a medida que un cuarto de siglo de manipulación escolar siga obrando sus efectos y el tumor del nacionalismo lingüístico continúe extendiéndose de unos órganos vitales a otros. Tal vez Cristina Peri Rossi pueda recuperar temporalmente su condición de tertuliana de la radio pública, pero llegará un momento en el que la idolatría del proceso de nation building, que obliga a postrarse de hinojos ante el Ser Supremo de la patria catalana, alcance tal nivel de virulencia que -como queda de manifiesto estos días sobre el escenario del Liceo-, ni aun llamándose uno Andrea Chénier, ni aun estando uno en condiciones de exhibir la más limpia y hermosa hoja de servicios a la causa del progreso y la razón, podrá permitirse incurrir impunemente en pecados de lesa lengua.

De momento el Gobierno pide silencio para que cualquier sobresalto en el proceso de asimilación de dosis paulatinamente crecientes de veneno quede amortiguado por una general modorra. Que no se hable del incumplimiento de la ley de banderas -no vaya a ser que alguien haga el cálculo de cuántos alcaldes socialistas catalanes y vascos las ponen y cuántos no-, que no se publiquen noticias sobre jóvenes descarriados que mandan balas incrustadas en retratos de adversarios políticos, ni menos aún fotografías de muchachos aislados que dan rienda suelta a su ansia de notoriedad quemando imágenes del Rey o incluso ahorcándolo en efigie ante varios centenares de compañeros. Ojos que no ven, corazón que no siente. Entre otras razones porque -según la doctrina del magistrado Andrés Martínez Arrieta, avalada por la Sala Segunda del Supremo- la pasividad de los Mossos d’Esquadra demuestra que no se produjo ningún acto delictivo. Item más: la negativa del Parlament a condenar los hechos, diluyendo su retórica demanda de «respeto» en una apelación al recuerdo de cuando también eran profanados los sagrados símbolos de Cataluña y en una petición de «proporcionalidad» -o sea de lenidad- en el castigo a los implicados, prueba que en realidad tampoco es tan grave que la libertad de expresión se ejerza a través de la dialéctica de las cerillas, los cordeles y la tintura de sangre a la altura del corazón.

Por esa regla de tres, si los medios de comunicación dedicáramos poco espacio a los atentados terroristas o al menos tratáramos el vandalismo callejero según los parámetros de la prensa de Barcelona -tan impregnada de la doctrina del Nuevo Orden Informativo Internacional que propugnara aquel Director General de la UNESCO senegalés, Amadou- Mahtar M’Bow, para dosificar o censurar las noticias según la conveniencia de los poderes locales del Tercer Mundo-, ETA renunciaría a la lucha armada o al menos se extinguiría la kale borroka.

Yo, en cambio, creo de modo ferviente en el «efecto vacuna» que es exactamente lo opuesto al mitridatismo. En lugar de ir acostumbrando al organismo a que lo trague y lo asimile todo desde la rutina y el silencio, se trata de aprovechar los perfiles más antipáticos de las manifestaciones más ofensivas contra nuestra identidad para poner el foco sobre ellas y generar la repulsión y la movilización defensiva de la mayoría sana, al modo en que lo hacen los anticuerpos de una persona vacunada. Funcionó contra el golpismo militar -los gobiernos de UCD también nos pedían discreción para no dar alas a la minoría que agitaba los cuarteles y si por ellos hubiera sido la cámara de TVE no hubiera retransmitido nunca el 23-F- y estos días ha funcionado en el caso de la Corona.

Ha bastado difundir las imágenes violentas del fanatismo juvenil, incubado por los aliados del Gobierno, para que se haya generado un muy positivo cierre de filas de la España democrática en torno a la institución monárquica y su titular. Es tan obvia además la inconsistencia del reproche de pasividad dirigido contra un Rey al que el artículo 61 de nuestra Carta Magna encarga la misión de «hacer guardar la Constitución y las leyes» sin darle a continuación ningún instrumento tangible para ello, que de repente la figura de Don Juan Carlos ha reactivado el consenso de la Transición entre los dos grandes partidos, siquiera sea para reconocer que, en efecto, su conducta ha constituido un elemento decisivo para la «estabilidad» del sistema.

He aquí el concepto clave: la democracia ha quedado arraigada en España desde el mismo momento en que esa estabilidad institucional ha sido percibida como una garantía simultánea de la prosperidad económica y de la libertad política. Es tan profundo el anhelo de la inmensa mayoría de los ciudadanos de que todo continúe igual durante el mayor tiempo posible, que estoy seguro de que a la postre irán respaldando aquella opción electoral que más identifiquen con esa «estabilidad». A corto plazo, este mecanismo de apego a lo ya conocido juega a favor del mitridatismo a la española que practica Zapatero, pues mucha gente está dispuesta a tragar cada día un poquito de veneno, edulcorado con talante, bajo la consigna de que algo -en el fondo muy poco- debe cambiar para que todo siga siendo esencialmente igual. ¿Lo ven? Se ha aprobado el Estatuto catalán y España no se ha roto.

Sin embargo la más densa sombra de la sospecha empieza a cernirse sobre esa terapia desde el mismo momento en que su gran prescriptor parece haberse visto obligado a cambiar de caballo en el momento decisivo de vadear el río. El presidente abusa del vicio nacional de la desmemoria, pero ya que en su día pusimos el ejemplo de la fascinación que los intelectuales de la izquierda exquisita norteamericana sentían hacia los Panteras Negras, hay que decir que lo que acaba de hacer Zapatero con la cúpula de Batasuna, a través de su Pascual, criado ya veremos si leal, de la Audiencia Nacional, equivale a que Leonard Bernstein, al final de su polémica fiesta de agasajo a los radicales negros implicados en actividades terroristas, hubiera llamado a la policía para que los detuvieran. Desde su propia lógica ellos habrían podido declararse víctimas de la más artera de las trampas, pues en definitiva eran los mismos al llegar que al marcharse de aquel rutilante penthouse de Manhattan.

No seré yo quien le ponga un solo pero a que los cónsules etarras estén al fin en el lugar que se merecen. Sin embargo, no podemos por menos que recelar de esta especie de yenka antiterrorista que ha pasado a practicar el presidente, sobre todo si el Código Penal se transforma en un utensilio más al servicio del sentido de la oportunidad electoral. Sobre todo porque los que fueron elevados a la condición de interlocutores necesarios sin que ETA abandonara las armas ni expresara la menor voluntad de hacerlo, podrían recuperar tal condición -a la vez que la libertad- tan pronto como su carcelero supere la cita con las urnas. Algo así como cuando las dictaduras limpian las calles de elementos indeseables durante los días en los que tiene lugar un acontecimiento especial o la estancia de un visitante ilustre y luego todo vuelve a la situación anterior.

A medio y largo plazo nada debería preocuparnos más que la incoherencia. Aunque en el pecado encontró su penitencia, pues cuando fue derrotado por Pompeyo e intentó suicidarse mediante el envenenamiento no logró su propósito y tuvo que pedir que lo acuchillaran, Mitridates, rey del Ponto, fue consecuente con su plan hasta el fin de sus días. Se había convertido ya en un saco de veneno andante, pero había mantenido y expandido su reino con mayor éxito y longevidad que ninguno de sus antecesores. Lo que de ninguna manera habría aguantado su organismo hubiera sido la intercalación espasmódica de periodos de envenenamiento y periodos de brusca desintoxicación. Hubiera muerto mucho antes por las convulsiones de una sobredosis o la desesperación de la abstinencia.

En la España de Zapatero la transformación a conveniencia de unos villanos en compañeros de viaje y socios potenciales para devolverles luego a su condición original es la última demostración de cómo el aprendiz de brujo puede jugar a la vez a una cosa y a su contraria. Por eso el Gobierno trata de que el Estatuto de Cataluña sea declarado simultáneamente constitucional e inconstitucional mediante una sentencia interpretativa. Por eso Solbes cuenta los días para salir corriendo y que sea otro el que tenga que negociar el nuevo sistema de financiación autonómica condicionado por compromisos bilaterales incompatibles entre sí. Por eso a las pocas horas de que el PSOE e IU hayan pactado la patética Ley de la Memoria Histórica ya difieren diametralmente sobre cuál será el efecto de sus acuerdos.

Si Mitridates levantara la cabeza, la volvería, claro, a declinar exhalando vapores mefíticos. Pero tal vez tuviera tiempo antes de advertir que lo que está ocurriendo en España desborda con creces su estrategia. Y es que de la misma forma que la estupidez puede ser lo único peor que el crimen, sólo la chapuza tiene efectos potenciales más devastadores que el envenenamiento.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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