España es una merienda de negros

octubre 9, 2007

Los olvidados de la ONU

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:12 am

Ethel Bonet
Rawalpindi- Mohamed Khan llegó hace ocho años junto a otras veinte familias que se instalaron a un lado de la carretera que va desde Islamabad hacia la vecina Rawalpindi. Una vieja vía de tren separa la calzada de este asentamiento ilegal de refugiados afganos, en donde se han levantado medio centenar de viviendas de adobe con tejados de paja y sin agua corriente ni electricidad.
   Al acercarnos al campamento no somos bien recibidos, los afganos son muy desconfiados de los extraños, pues temen ser denunciados a la Policía. Pero después de presentarnos al cabecilla de este pequeño clan tribal de la región de Pakha, al sur de Afganistán, nos dan la bienvenida. Los niños corren a nuestro encuentro y las mujeres se tapan el rostro con la «dipata» (fular) o se esconden dentro de las casas.
   El paisaje es tan árido que uno se pregunta cómo han podido resistir aquí durante casi una década. Las temperaturas que se alcanzan en verano son tan altas que provocaron la muerte de tres ancianos en el mes de agosto. «Nadie nos ayuda, ni el Gobierno, ni las organizaciones humanitarias», se queja Khan.
   Este afgano nos explica que hace cuatro años un equipo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) se personó al campamento y les dijeron que los asistirían: «Nos prometieron ayudas, medicinas y una escuela para nuestros hijos, pero aquí no ha vuelto nadie».
   Khan denuncia que «huimos de Pakistán hace más de 25 años y nuestros hijos, que han nacido aquí, ni siquiera están censados». Oficialmente, se calcula que hay cerca de dos millones de refugiados afganos en Pakistán, pero al no estar registrados, el número podría aumentar hasta cuatro millones aproximadamente.
   La primera oleada masiva de afganos llegó a Pakistán después de la invasión soviética en 1979, a las que le siguieron muchas otras por la constante inestabilidad que se vive en el país.
   Al principio los exiliados se instalaron en la conflictiva zona fronteriza de Waziristán (al norte del país), donde se libran combates entre el Ejército y combatientes protalibanes. Pero debido a la inseguridad y a la falta de trabajo, muchos decidieron emigrar a zonas más estables y con mayores recursos como Rawalpindi, a 10 kilómetros de la capital. En esta localidad hay más de 2.000 familias, con una media de 6 hijos, distribuidas en decenas de asentamientos ilegales. Los refugiados afganos son la mano de obra barata de Pakistán. La mayoría trabajan como peones de la construcción o como jornaleros del campo. También son los encargados de hacer las alfombras y de la venta ambulante. Los niños no suelen ir al colegio porque tienen que trabajar o porque el centro escolar más cercano dista varios kilómetros de sus asentamientos.
   Sin protección
   Como no están debidamente protegidos por la justicia, la Policía suele hacer registros en los campamentos en busca de talibanes, y detiene indiscriminadamente a los afganos, incluso en algunos casos, son torturados o piden sobornos a sus familiares para ponerlos en libertad. El hijo mayor de Khan, Kayun, nos cuenta que fue detenido por un agente que le obligó a pagar 100 dólares porque, de lo contrario, iba a conocer «la verdadera hospitalidad en las cárceles paquistaníes».
   Sin embargo, muchos prefieren no regresar a su país por los problemas de violencia que se viven en Afganistán, pero ésta no es la única causa, ya que en parte también es porque «en Pakistán es más fácil conseguir trabajo», según nos explica Hauri Gulam, de 81 años. Este anciano tiene claro que «morirá aquí». Afirma que «antes, la vida era hermosa en Afganistán, el clima es muy bueno y hay abundante agua para regar los campos», recuerda, mientras agrega «primero, los rusos mataron a mi hermano y a mi primo, y ahora no quiero que los talibanes maten a mis nietos».
   Aun así, no pierde la confianza en el futuro: «Claro que tengo esperanzas de que un día se acabe la guerra y podamos regresar en un futuro a nuestra patria». Desde que cayó el régimen «talibán», en el año 2001, las autoridades paquistaníes apremian a los afganos para que vuelvan a su país, pero resulta imposible por las decenas de miles de personas que cruzan la frontera desde y hacia su país todos los días. Por eso, desde principios de año, el Gobierno decidió registrar a esta gran masa de gente para poder controlarlos.
   A los afganos se les dará una cédula de identidad que les permitirá permanecer en el país otros tres años. Esta medida se ve también como un primer paso hacia su repatriación ya que pone fecha final para su estancia en el país. Transcurrido ese tiempo, Pakistán espera cerrar todos los campos de refugiados y repatriar a los afganos hacia su territorio.

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