España es una merienda de negros

octubre 10, 2007

¡Che, qué murga!

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:52 am

I. RUIZ QUINTANO

ARGENTINA ha dado a los pobres del mundo dos grandes campeones: Evita y el Che. Evita salía al balcón de la Casa Rosada y gritaba:

-¡Y ahora, todos a coro, maldecid conmigo a las cien familias que explotaron a Argentina durante dos siglos!

El Che, algo más «sonso», escribió una frase -«un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal»- que no tiene la exactitud poética de la de Marx -«las aguas heladas del cálculo egoísta»-, pero que vuelve locos a sus camiseteros: la embajadora de la Onu para la paz Angelina Jolie, el ex futbolista Maradona, el torero José Tomás o el etarra Iñaqui Bilbao, ése que, envuelto en la camiseta del Ché, ante los jueces de la Audiencia se pone como la niña de «El exorcista», profiriendo palabras «ofensivas y amenazantes, como las que hacían referencia al kilómetro 105 de mis cuernos» (Garzón) y palabrotas propias de un síndrome de Tourette progresista: «Fascista, cobarde, fascista, torturador, fascista, asesino, fascista…»

Locos por los pobres, como dicen estar todos estos, ¿por qué se ponen la camiseta del Che, quien, al fin y al cabo, tras de haberlos creado, no tuvo tiempo de socorrerlos, en lugar de la de Evita, quien, después de todo, tenía algo del cuadro «Santa Isabel de Hungría socorriendo a los pobres»? La respuesta no es que, a estos, Korda les parezca mejor retratista que Murillo; la respuesta es que, llegado el caso, no sabrían decir si Evita es con hache o sin hache, cosa que el Che…

El Che, además, era doctor, como Llamazares. Una mezcla de la boina de Josu Ternera y la labia de Valdano. El enredador Ricardo Bada ha recordado cómo Joseph Brodsky, en su discurso de recepción en Estocolmo, dijo que lo primero que había que preguntar a un posible dueño de nuestros destinos no es cómo imagina su política exterior, sino cuál es su actitud frente a Dickens. ¿Dickens?

-Creo que, para quien ha leído profusamente a Dickens, disparar contra el prójimo en nombre de una idea es más problemático que para quien no ha leído a Dickens.

¿Cuál hubiera sido, como pistolero, la actitud del Che frente a Dickens, nuestro Homero de los pobres? Cualquiera sabe. El propio Brodsky reconocía que una persona culta es capaz no sólo de matar a su semejante, sino de sentir, al hacerlo, un éxtasis de convicción. Lenin, dice, era culto, Stalin era culto y Mao incluso escribía versos, mas lo que todos estos hombres tienen en común es que su lista de disparos es más larga que su lista de lecturas, y eso que las lecturas de un tipo como Stalin, según el inventario de su biblioteca privada publicado por «Pravda» en 1994, venían a ser madalenas, lazos, rosquillas, tortos y galletas variadas: Espinosa, Descartes, Kant, Pushkin, Flaubert, Maupassant, H. G. Wells, Jack London y, por supuesto, Dickens, con entrañables anotaciones al margen, como la de «extraordinariamente original» donde Anatole France escribe que las flores, al contrario que los seres humanos, muestran orgullosas sus órganos reproductores.

Parece ser que en el diario de lecturas del Che había obras de Lenin y Engels, pero también, qué le vamos a hacer, de Goytisolo. Como ministro de las cuentas de Cuba, el Che inventó el intercambio comercial de azúcar de La Habana por máquinas quitanieves de Moscú, pero es que él era un idealista. Un amigo cubano de Zoé Valdés atribuye «toda esta euforia maricona» con el Che, que era homófobo, a los «Diarios de motocicleta» de Walter Salles, donde muchos homosexuales interpretaron que el Che era loca porque lo interpretaba Gael García. A los cuarenta años de la muerte del Che, en España, Gutiérrez, de las Juventudes Socialistas, ya sabe, gracias, quizás, a la Educación para la Ciudadanía, que el Che «sigue siendo el paradigma del joven comprometido que lucha para acabar con el totalitarismo» (sic), y Aragonés, de las juventudes de la Esquerra, sabe también que el Che es «un referente para los que somos jóvenes, izquierdistas y patriotas de naciones oprimidas y dominadas» (sic). Que así es como estos dos muchachos se aseguran una nómina del Estado para toda la vida.

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