España es una merienda de negros

octubre 10, 2007

GUERRA CIVIL. TESTIMONIOS. José Ramón Calparsoro

Filed under: General,Rajoy,Zapatero — África @ 6:55 pm

http://www.elmundo.es/especiales/2006/07/espana/guerracivil/hist_calparsoro.html

Perteneciente a la alta burguesía vasca. En 1936 regentaba una fábrica papelera en Tolosa. Unos meses antes del alzamiento, sus trabajadores se pusieron en huelga y le amenazaron de muerte por lo que tuvo que abandonar la fábrica. Poco después, se alistó en infantería y partió al frente. Tras la liberación de San Sebastián, se presentó como voluntario en el aeródromo de Lasarte para ser piloto de bombarderos. Pese a su poquísima experiencia de vuelo fue aceptado y acabó siendo el piloto de bombarderos más condecorado y con más horas de servicio durante la contienda. Fue también el primer español destinado a la Legión Cóndor. Cuando terminó la guerra, dejó el ejército y reanudó su actividad empresarial en la industria del papel.

Todo lo que he hecho en la vida, lo he hecho por mi libertad. Unos días antes de empezar la guerra, siendo gerente de la fábrica de papel de Tolosa, los obreros me amenazaron de muerte: «Pollo, su vida no está tan segura como usted se cree». Yo me alisté para defenderme. No me dejaron otra opción. Había estudiado en los jesuitas de Orduña. Estuve interno seis años y, al salir, intenté entrar en la Escuela de Ingenieros de Bilbao, pero como no me admitieron, me fui a Francia para completar mi educación, luego estuve en Lausana y concluí mis estudios en Alemania, donde incluso me contraté en una fábrica para aprender el oficio. Me hice ingeniero. Soy hijo y nieto de papeleros, pero era el menor de los hermanos, y la fábrica de mi padre le correspondía al mayor, por eso me tuve que poner a trabajar en la papelera de Tolosa.

Cuando estalló el Movimiento el 18 de julio, que era sábado, yo residía en San Sebastián. A mediados de junio, los obreros se me habían declarado en huelga y me habían amenazado de muerte, por lo que tuve que irme de Tolosa. Las cosas estaban muy revueltas desde que había ganado las elecciones el Frente Popular. La UGT y la CNT querían trato directo con la empresa. Me tenían enfilado y en el periódico Euskadi Roja se referían a mí como el perro hitleriano.

Precisamente, el 18 de julio por la mañana, iba yo al Gobierno Civil a denunciar que había aparecido en la prensa la noticia de que los obreros se iban a incautar de mi fábrica. En aquel momento me enteré de lo que estaba sucediendo. El gobernador civil me dijo que lo de los obreros no era para tanto. Todos los diputados vascos (los padres de los que ahora quieren ser independientes) apoyaban al gobierno. En ese momento se me cayó la venda de los ojos, y dije: «Aquí no tengo nada que hacer».

Al salir me encontré con mi padre y nos fuimos a Tolosa a comer juntos. Después cogí mi coche y a un amigo, Joaquín Abeín, arquitecto de Tolosa, y nos marchamos a Biarritz. Fuimos al aeródromo, donde yo estaba haciendo un curso de piloto, y allí me acogí al Movimiento. El día 22, miércoles, cogí mi coche y me marché a Stuttgart para ver a unos amigos. De allí me trasladé a Berlín. Iban a empezar las Olimpiadas. Me presenté a los jefes de la empresa en la que me habían enseñado, que tenía su sede en Berlín, y me acogieron como un exiliado español, me regalaron las entradas y pude ver a Jessie Owens batir el récord del mundo.

El 13 de agosto me enteré de que Tolosa había sido liberada y regresé. Me presenté en casa de mi padre y tras comprobar que estaban todos bien me fui a la fábrica. Allí me encontré con que no estaba ninguno de los 180 obreros que tenía, así que me fui a la comandancia militar, me presenté al comandante y le dije: «Mi comandante, soy José Ramón Calparsoro, gerente de esta fábrica y como aquí no tengo nada que hacer, déme usted un fusil, que me voy al frente». Así empecé la guerra. Me influyó el hecho de que por el camino había visto a una compañía de carlistas que iba al frente, ¡con una fe y una devoción!, que me llegaron mucho.

Entonces me fui a las trincheras del monte Burunza, donde permanecí hasta que entramos en San Sebastián el 14 de septiembre. Entré con un fusil al hombro. El 15 de septiembre me voy al hipódromo de Lasarte, que se usaba como aeródromo, y me encuentro con un joven de mi edad que me dice que es piloto. «Yo también», le dije. «¿Cuántas horas tienes?» pregunté. «Yo cuarenta», dijo. «Pues yo, treinta y ocho». Mentimos los dos. Luego, cuando nos hicimos amigos, confesamos. Yo tenía ocho y él doce. Lo que sí era verdad es que entre mayo y junio de 1936 yo había hecho un curso de aviación civil en la escuela de pilotos de Biarritz. «¿Quién manda aquí?», preguntamos. «Paco Ansaldo». Nos presentamos y le dijimos que éramos pilotos, y que deseábamos ingresar en el Ejército del Aire. ¡Así fue como la Mula (Javier Allende) y yo entramos en el Ejército. Fuimos a Logroño y nos presentamos al teniente coronel Whitte. «¿Pilotos, eh? ¿Cuántas horas?» «Cuarenta horas». Nos mandaron a servir como ametralladores en un Fokker trimotor.

¡La madre santificada! ¡Estábamos haciendo la guerra!, ¡Nosotros! Por supuesto no sabíamos disparar la ametralladora; íbamos de paquetes. ¡Menos mal que no hubo incidentes y no tuvimos necesidad de utilizarlas! A primeros de octubre, nos trasladaron al aeródromo de Tablada, en Sevilla, y allí nos dieron algunas clases en un Breguet. El día que me soltaron en el Breguet, me entró pánico. Me temblaba todo, pero, al fin, conseguí tomar tierra. Como habíamos mentido sobre nuestras horas de vuelo, nos trataban como si fuéramos expertos. Estuve volando con ese avión desde octubre a diciembre, en Andalucía. Me destinaron a una unidad de Breguet 19, donde me encomendaron mi primer servicio: «Vaya usted a Don Benito, a ver si hay caza enemiga en el aeródromo». «Capitán Soler, si vuelvo es que no hay», contesté. «¿Ves el avión 157? Ése es el tuyo. Cógelo y vete». Sin más. ¡Hasta tuve que preguntar dónde tenía que pulsar para disparar la ametralladora! En los siguientes servicios fuimos al frente de Málaga. Volábamos siempre tres aparatos juntos. Así estuvimos entre Sevilla y Córdoba hasta fin de año. Esa época fue maravillosa, porque hacíamos lo que nos daba la gana. Nos habían dado unos monos de piel alemanes. Nos levantábamos, nos lo poníamos encima del pijama y ¡hala! A volar. Hacíamos uno o dos servicios al día. No tuve ningún período de instrucción. Insensateces las hicimos todas, pero con el ánimo que teníamos, nos comíamos el mundo.

El 31 de diciembre de 1936 me enviaron a Zaragoza y, durante todo el año 37, volé con las famosas pavas (Heinkel 46), con las que actué en los frentes de Huesca, Alcubierre, Belchite y Teruel. Aquí modifiqué los aviones para poder incrementar su potencia bélica. Yo inventé las bombas de cincuenta kilos para los aviones. Le dije al capitán Pedrezuela: «¿Nos estamos jugando la vida para lanzar diez bombas de diez kilos? Déjeme usted». Y, por mi cuenta y riesgo, cargué dos bombas de cincuenta kilos a las pavas. Yo, en toda mi vida, desde que me dijeron «coge esa escoba y a limpiar», no he sabido perder el tiempo. Durante la guerra, tomé muy pocas cervezas en la cantina. Hacía otras cosas. Un día, le dije a Fitz, que era el ingeniero de los alemanes: «Oye, yo no me juego la vida con diez bombas. Ponme un lanzabombas y vamos a ponerle dos bombas de cincuenta kilos a mi 157».

Hice la primera prueba y solté una, pero la otra se quedó colgando. Todos tomaron tierra y me quedé solo. La bomba no se soltaba y a mí se me acababa el combustible. Me vi obligado a realizar un aterrizaje. Tomé tierra con todo cuidado y… no pasó nada. Salté, miré y ¡no estaba la bomba! Lo que había pasado era que se había desprendido justo antes de tocar tierra. Una bomba tiene una hélice en la parte delantera que, con un número x de vueltas, libera el seguro. En ese momento el percutor queda libre y alumbra el cebador, que es el que produce el chispazo que la hace estallar. Todo es muy rápido. Como mi bomba cayó desde poca altura, no tuvo tiempo de activarse. Me salvé de milagro.

Durante toda esta etapa, actuamos en el frente de Huesca. Íbamos al cerco de Huesca dos o tres veces al día. Vivíamos en Zaragoza, en el Gran Hotel. Yo me alojaba en la habitación 109. Los días que librábamos salíamos por la ciudad. Un día, un compañero, Ignacio Jiménez, me presentó a una chica. Nos hicimos novios y el 23 de octubre de 1937 nos casamos, aprovechando que me habían desmilitarizado para que volviera a poner mi fábrica en marcha. Para disgusto de mi mujer, el 8 de noviembre me volvieron a llamar, y me tuve que reincorporar. Estuve en Belchite, en Alcubierre y después en la ofensiva de Teruel, que duró de noviembre del 37 a febrero del 38. En Teruel, el día de mi cumpleaños, el 26 de diciembre, hizo -18 ºC, la temperatura más baja que se recordaba en la zona. Todo este tiempo coincidí con García Morato, que de vez en cuando me pedía el coche para irse de planes. También trabajé como intérprete de los alemanes. Yo les decía: «Vosotros venís aquí a aprender, porque si quisierais terminar la guerra, acababais con todo esto en dos días, pero no os conviene». Era verdad.

En febrero de 1938, me destinaron a la Cóndor. A partir de ese momento, mi mujer vivió siempre engañada. La convencí de que yo era únicamente un intérprete y de que no volaba. Fui el primer piloto español en la primera escuadrilla. Yo creo que la razón por la que me incorporaron a la Cóndor no fue por mis conocimientos de alemán, sino por mi forma de volar. A mí me llamaban el Tío Manitas. Fui un caso único, se peleaban por tenerme. Hasta García Morato me solicitó, pero aunque en mis informes se leía «muy apto para cazador», yo no era cazador. No mataba ni a una perdiz. ¡Cómo iba a disparar a otro piloto en otro avión!

Me destinaron a Alfaro, al grupo bombarderos K-88, el más moderno del mundo. Era el único español. El jefe de mi grupo era el capitán Schulz. Desde el primer momento me pusieron a volar y al poco me destinaron al Heinkel 111. Me dieron unas clases, me soltaron y al siguiente servicio estaba volando solo, con tripulación alemana. A principios de junio me enviaron a la Escuela de vuelos nocturnos de Olmedo. Hice el curso de vuelo sin visibilidad como alumno e intérprete del comandante alemán Zellman, el piloto personal del general jefe de la legión Cóndor, que me tomó bajo su protección. Tenía un Junker especial, dotado de depósitos suplementarios de gasolina para grandes distancias. Con Zellman realicé la siguiente práctica: Salimos de Olmedo a las cinco de la mañana. Fuimos a Sanjurjo, en Zaragoza. Después tomamos tierra en La Cenia, en el Mediterráneo, y nos fuimos a desayunar. De ahí nos dirigimos a Palma, donde llegamos a las diez de la mañana y nos acercamos a Capitanía para ver a Ramón Franco. Después, cogimos el avión y nos trasladamos a Melilla. Desde allí nos fuimos a dormir a Tetuán. ¡Para que me digan a mí de horas de vuelo y de historias! Además, todo ese itinerario lo hice con las cortinas cerradas y volando sólo con los instrumentos. El primer vuelo nocturno que hice solo, como piloto, fue de Sevilla a Tetuán, ida y vuelta, el día 14 de julio de 1938. Después de estar todo el día volando, me dijeron: «Hoy es tu suelta».Así que a las once de la noche despegué de Tetuán y a las doce aterricé en Tablada. A las doce y diez salí de nuevo hacia Tetuán, donde llegué a la una de la madrugada y a las cinco ya estaba volando: Tetuán, Tablada, Salamanca y Zaragoza. Al llegar me fui a ver El Pilar y a comer a La posada de Huesca, un restaurante en el que se comía muy bien. Entonces, llamé a la fábrica para ver cómo iban las cosas y me dijeron que mi mujer estaba de parto. Conseguí llegar a las diez y cuarto de la noche. Mi hijo había nacido a las diez. ¡A mí me hace mucha gracia eso del jet-lag! Antes no existía. Volví a Tetuán y a los pocos días me incorporé a la primera escuadrilla de la K-88. Mi llegada el 25 de julio del 38 coincidió con la ruptura por parte de los rojos del frente en Mora de Ebro. Nos trasladaron a Zaragoza. A partir de ese día todo fue muy duro. Hasta tuve una caída en barrena de casi tres mil metros.

A principios de 1939 se creó en Valencia la primera escuadrilla española adjunta a la Cóndor, a la que me incorporé. Estuve en Valencia, posteriormente nos mandaron a Vall de Uxó y finalmente a Cariñena. Allí me pilló el final de la guerra. Mi último servicio fue en febrero del 39. Me tocó ir a la bahía de Rosas. Ese día averiguó mi mujer que yo volaba. ¡El último día! En total hice más de cuatrocientos servicios. En febrero del 39, en Tolosa, me había encontrado con un amigo que me había comentado que la fábrica papelera de Burriana estaba a la venta porque habían asesinado a su dueño. Al siguiente permiso, cogí mi coche, un Ford que me había comprado con el primer dinero que gané y con el que hice toda la guerra, y me fui a Burriana a arreglar el trato. La guerra se acabó el primero de abril, el día 6 de abril solicité el permiso para abandonar el Ejército y el 23 de abril estaba ya haciendo papel en Burriana.

En el año 41, Paco Mira, que ya era general jefe de Valencia, me localizó para comunicarme que me habían concedido la Medalla Militar por la campaña. Fue última vez que me puse el uniforme. Me ascendieron a capitán. Además de la Medalla Militar, algo muy poco común en pilotos de bombardero, tengo dos Cruces Rojas al mérito militar, y dos Cruces de Guerra. También tengo la Orden del Águila alemana. A pesar de haber realizado el servicio militar en San Sebastián, en el año 1931, nunca juré esa bandera ni, hasta hoy, la bandera nacional. Posteriormente, pese a haber sido admitido en aviación, tampoco recibí título alguno como piloto de aviación militar ni como piloto de vuelos nocturnos. Únicamente tengo el título de piloto de la Deutsche Luftwaffe.

Hace unos años, hacia 1988, me llamaron del Museo del Ejército para pedirme la hélice de mi viejo Heinkel. Desde que acabó la guerra no había vuelto a recordar estas historias. Yo no pienso en la guerra. Yo de toda esta historia no me he acordado para nada. ¡Para nada! Tengo más de noventa años, de modo que la guerra no ha sido más que un 3 % de mi vida.

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